Tribuna abierta

Dinosaurios

21.08.2020 | 23:53
Dinosaurios

Lo relevante es levantar el velo que en relación al Borbón y a su dinastía tiene activado el poder establecido. Aplicar a la Casa Real y a sus miembros los mismos criterios de transparencia que la sociedad exige a cualquier representante público. Y en definitiva, hacer realidad la afirmación de que la justicia es igual para todos

Cuando leí los pasados días la noticia de que un grupo de exministros e intelectuales apoyaban al Borbón, me acordé inmediatamente del dinosaurio y de Monterroso. Siempre supimos que estaban aquí. De vez en cuando se dejaban ver y sentir, como el intento de revivir un poder fáctico que dirija, como sanedrín áulico, lo que consideran descarriada democracia.

Instantáneamente, pensé en que al frente de ese parque jurásico estaría Alfonso Guerra. Y no me equivoqué. Tampoco cuando un segundo nombre, Martín Villa, fluyó en mi cabeza. Ambos son como dos diplodocus que creíamos extintos pero que aún defecan en público de vez en cuando al expresarse. Sobre todo Guerra, quien ha señalado que los "ataques contra Juan Carlos I son en realidad ataques contra la Constitución" y ha lanzado al aire una de sus ocurrencias tradicionales al estimar que España "bien pudiera considerarse una república coronada".

Pero volvamos al manifiesto. Ex altos cargos del Estado, comprometidos con gobiernos socialistas, populares o de la UCD en su exponente más antiguo, se han unido para defender el legado de Juan Carlos I , "la etapa histórica más fructífera que ha conocido España en la época contemporánea".

Los firmantes, que hacen un alegato por defender la "presunción de inocencia" del anterior jefe del estado, resaltan que la llamada transición "propició la reconciliación entre españoles y un gran acuerdo nacional que cumplió con la voluntad del rey de que España fuera un país europeo e iberoamericano, conforme a su vocación histórica". Y finalizan su manifiesto llamando a partidos políticos y organizaciones a que "defiendan por todos los medios democráticos a su alcance la integridad política y territorial de la Nación y el buen nombre de las personas e instituciones que han hecho posible estos últimos cuarenta años de historia común".

El documento suena a defensa corporativa, a un alegato por no perder el prestigio colectivo de una clase dirigente (ellos mismos) que protagonizaron unos avatares históricos que los comportamientos incívicos del hasta hace poco portador de la corona han emborronado hasta causar un desapego social que tiende a hacer tabla rasa con todo vínculo que represente a ese pasado.

Faltan entre los firmantes dos jarrones chinos: José María Aznar y Felipe González. No dudo que comparten, al ciento por ciento, la literalidad del escrito, pero imagino que su posición en el escalafón protocolario les debe ofrecer mayores posibilidades de notoriedad pública en declaraciones hechas en solitario.

Lo que llama la atención del pronunciamiento pactado y hecho público –además de la defensa de la presunción de inocencia de alguien que ellos mismos han hecho "inviolable" judicialmente– es el llamamiento final a la "integridad política y territorial de la Nación". Ya se sabe, en la España eterna todo conduce a su "unidad" y al riesgo cierto, según sus apóstoles, de la fragmentación y del separatismo. Ahí están las esencias que los padres de la patria representados en este pronunciamiento están juramentados a defender.

El texto huele a alcanfor, a autoprotección, a un intento desesperado por blindar el statu quo del que gozan los firmantes ya que como bien dijera en una entrevista reciente Iñaki Gabilondo, "todo esto –la crisis levantada por Juan Carlos I– ha abierto un capítulo de vergüenza que ha degradado a mi generación públicamente. Se ha degradado él –el emérito-, ha degradado la institución, y con él nos hemos degradado los que acompañamos el proceso. Hemos sido desnudados y yo me siento avergonzado".

Gabilondo se ha sentido avergonzado. Los exministros e intelectuales firmantes del documento se han sentido amenazados. Dos maneras diferentes de entender una crisis cuya evolución no ha hecho sino empezar. Y no es por dar verosimilitud a las revelaciones de Corinna Larsen, quien ante la investigación abierta ha comenzado a hablar –otra cosa distinta será presentar pruebas– indicando que como la reserva bancaria del Borbón en Suiza "habrá cientos de cuentas en otras jurisdicciones".

Con quién se encama el campechano será un tema jugoso para quienes admiran la salsa rosa, pero resulta intrascendente a la hora de clarificar la responsabilidad del coronado en tramas presuntamente corruptas e ilegales.

Lo relevante es levantar el velo que en relación al Borbón y a su dinastía tiene activado el poder establecido –el gobierno, la oposición, los medios de comunicación, el Ibex 35€– Aplicar a la Casa Real y a sus miembros los mismos criterios de transparencia que la sociedad exige a cualquier representante público. Y en definitiva, hacer realidad la afirmación de que la justicia es igual para todos.

La crisis de Estado que se avecina parece no tener parangón. Se trata de una crisis larvada desde hace tiempo, que pretendió ser apagada con decisiones intermedias, como la abdicación, pero que ante la bochornosa trayectoria del Borbón, antes y después de su reinado, no habrá cortafuego que soporte una salida no rotunda si lo que se pretende salvar es la monarquía.

Es uno de los múltiples paradigmas pendientes en el Estado (la configuración plurinacional del mismo es otro) que se ha dejado pasar hasta pudrirse.

La reacción de los dinosaurios ante la perspectiva de un terremoto que afecte a la jefatura del Estado y a su propia estabilidad como poder en la sombra ha llamado la atención mediática en este verano atípico. Pero hay más. La existencia de movimientos tectónicos soterrados que buscan la posibilidad de un acuerdo sólido entre los dos principales partidos españoles –socialistas y populares. Probablemente, ambas formaciones negarán esta aproximación pues cada cual deberá mantener firme su posición política para defensa de sus respectivas parroquias. No obstante, existen presiones constatables para fomentar una nueva política de colaboración consentida –no de apoyo explícito– de los conservadores al Gobierno de Sánchez. Los movimientos internos de Casado buscando, al fin, la centralidad, los acuerdos puntuales en el ámbito sanitario y europeo de la "reconstrucción"; la búsqueda de nuevas interlocuciones que abran puertas hasta ahora cerradas; la caída final de Ciudadanos y la decadencia de Podemos, apuntan, a medio plazo, a una recomposición política del tablero español. Estabilidad y bipartidismo que recobre la solvencia de España. Veremos los primeros movimientos en los pasos previos a los presupuestos, a la distribución de los poderes en el terreno judicial o en la determinación de los fondos europeos de cara a la recuperación. Y es que el dinosaurio sigue estando ahí.

En paralelo, Euskadi tendrá, en breve tiempo, un nuevo gobierno. Se ultiman los detalles para hacer posible un ejecutivo de coalición fuerte que aborde los desafíos latentes que apremian tras la pandemia; la seguridad sanitaria con servicios públicos capaces de abordar la gravedad de la enfermedad y las políticas de apoyo al empleo y la competitividad que revitalicen la maltrecha economía tras la inactividad obligada por el confinamiento.

La coyuntura no es, para nada, favorable para el optimismo (quiero recordar en este caso a los iluminados que se negaban a celebrar elecciones en julio afirmando, como Nostradamus, que en septiembre estaríamos infinitamente mejor). Los rebrotes de una segunda ola de contagios nos remiten de nuevo a la incertidumbre y la inseguridad. Y todo ello a la vuelta de la esquina de lo que debiera ser el comienzo del curso escolar, con miles de niñas-os y jóvenes pendientes del retorno presencial a las aulas. Y sin que nadie –nadie en el mundo occidental– sepa cómo afectará la enfermedad en el nuevo curso académico. Nadie, salvo quienes siempre han exigido la responsabilidad ajena. Esos pedirán que se garantice la seguridad de los alumnos y profesores. Exigencia sin aportar propuesta realista alguna que ayude.

Ellos solo saben de crítica. De denunciar a un gobierno "sin volante" que dirige el país "criminalizando a la juventud" y a los locales de ocio. Pasma la falta de dudas o las verdades absolutas en las que viven estos profetas. Lástima que su reino tampoco sea de este mundo. Son, salvando las distancias, nuestros dinosaurios particulares. Sabemos que seguirán estando ahí. Pero , afortunadamente, en este nuevo ciclo, su obstruccionismo no impedirá que el nuevo Gobierno vasco gobierne.

Miembro del EBB de EAJ-PNV