Tribuna abierta

El futuro será digital o no será

27.03.2020 | 01:29

La transformación digital se ha convertido en un tema clave. Ante los cambios en el entorno –económico, en las cadenas de valor, los nuevos entrantes en modelos de negocio que mutan permanentemente–, la transformación de las organizaciones adquiere un protagonismo para poder responder estratégicamente a las necesidades presentes y futuras de las organizaciones

Recientemente se ha tenido ocasión de compartir el diagnóstico sobre la digitalización de la sociedad y la economía vascas a partir del índice DESI (Comisión Europea) que elabora Orkestra. Los datos muestran una inequívoca situación favorable de partida en términos generales, según la cual Euskadi ocuparía una quinta posición, justo detrás de los países nórdicos. Al mismo tiempo, desde una perspectiva temporal también se señalan algunos aspectos que conviene reforzar en coherencia con el modelo socioeconómico del país. En términos comparativos, se aprecia igualmente que la digitalización es una prioridad y que el índice DESI, dando respuesta a la naturaleza dinámica de la digitalización, se actualiza y vuelve más exigente de cara a un modelo europeo propio de transición digital.

Ahora bien, lejos de la autocomplacencia y de la crítica desmesurada, si algo hemos aprendido es que es preciso instruirse y mejorar de manera constante para poder seguir manteniendo nuestra competitividad territorial y empresarial de manera armonizada con nuestro nivel de cohesión y bienestar sociales.

Para comprender el presente y encarar el futuro con inteligencia, hay que ser conscientes de lo que nos ha traído hasta aquí con el fin de aprender para el futuro. Distintos planes y estrategias anteriores o la vigente Basque Industry 4.0 han servido, con tremenda utilidad, para que empresas, personas, universidades e instituciones hayan tomado conciencia de que la competitividad de nuestra economía se juega en gran medida en este nuevo terreno de juego. Igualmente, la estrategia de especialización RIS3 ha trazado asimismo tres grandes avenidas para el desarrollo económico en los próximos años. En ellas, el papel de las tecnologías es central. Y algunos de los elementos clave para esta transición digital merecen, en todo caso, alguna reflexión:

En primer lugar, el actual proceso de digitalización desborda lo tecnológico e impregna todos los órdenes de la vida. Recordemos que la revolución industrial nació de la ciencia, pasó a la ingeniería, a la actividad económica (empresas, mano de obra, especialización), conllevó cambios sociales (migración, urbanización), indujo cambios políticos (movimientos sociales, partidos políticos, ideologías y acaso revoluciones) y cambios en los sistemas políticos para traducirse finalmente al plano normativo. Casi nada.

Por otro lado, la transición es una cuestión de personas. Las novísimas tecnologías digitales se nos antojan en ocasiones como el centro de la revolución digital y aunque algunas de ellas están disponibles desde hace tiempo, no hace tanto que se les reconoce su enorme potencial transformador. Muchos datos conectados y dotados de una cierta inteligencia parecen ofrecer la fórmula del Santo Grial; sin embargo, la historia reciente nos enseña igualmente que, siendo lo anterior necesario, el ingenio humano es el otro ingrediente fundamental para convertir datos en riqueza o bienestar. En la actual transición digital, el cambio en las personas, las estructuras organizativas y sus líderes constituye el sistema nervioso. La persona como sujeto de cambio implica su empoderamiento, ya sea como ciudadana, trabajador o responsable de su organización.

Por esta razón las habilidades digitales o digital skills cobran un papel central. Estas habilidades para la era digital incluyen necesariamente las tecnológicas, pero especialmente destrezas personales, intrapersonales y organizativas. El Foro Económico Mundial ya apunta que para 2030 más de 1.000 millones de personas se verán afectadas por lo que denominan la revolución del reskilling, que no es sino la necesidad de dotarse de nuevas competencias profesionales, entre ellas –de manera destacada–, las digitales. Si algo ha venido mostrando el actual proceso de digitalización exponencial es no solamente la capacidad que la tecnología ofrece para aumentar la productividad y la eficiencia, sino principalmente su capacidad catalizadora e innovadora. El poder de la tecnología reside en su potencial transformador, esto es, en comprender y construir nuevas formas de hacer, nuevas formas de capturar, de generar valor, sea este económico, intangible, personal o público. Sin este enfoque, la tecnología per se, aun con todo su valor intrínseco, se convierte en un stradivarius encerrado en una vitrina.

Pero, ¿transformarse en qué? La transformación digital se ha convertido en un tema clave. Ante los cambios en el entorno –económico, en las cadenas de valor, los nuevos entrantes en modelos de negocio que mutan permanentemente–, la transformación de las organizaciones adquiere un protagonismo para poder responder estratégicamente a las necesidades presentes y futuras de las organizaciones. Pero, en realidad, la transformación digital es un instrumento que ha de facilitar la agilidad y flexibilidad para dar respuesta a dichas necesidades: ser digital para ser ágil, ser ágil e innovador para poder ser competitivo y por tanto sostenible. Y la agilidad se traduce en las estructuras organizativas, en los procesos, las personas y se apoya en tecnología. Todo ello para generar y aprovechar oportunidades de creación de valor, ya sea de mercado o público.

Ahora bien, liderar la transición hacia la sociedad vasca en la era digital forma parte de un compromiso que atañe a todos y todas. Gobernar el Leviatán digital –como argumenta Lassalle– en que pueden convertirse la tecnología y los actores tecnológicos es parte de dicho compromiso para construir una sociedad con menores brechas digitales, sean por razón de género, edad o en relación a las competencias o habilidades digitales. No se trata solamente de avanzar hacia el nuevo Digital Deal, sino de hacerlo con la velocidad y el tono adecuados.

Esa gobernanza digital se logra solo mediante la cooperación y el compromiso compartidos en Euskadi, a nivel institucional, entre territorios, entre actores distintos (empresas, agentes de conocimiento, sindicatos, agentes de la sociedad civil); poniendo por delante lo que une, lo que genera adhesión, voluntad y compromiso. Asimismo, con el Estado y con Europa. Sin duda, es el ámbito europeo el espacio de gobernanza en el que se está fraguando un modelo social y económico digital europeo. Que la recientemente conformada Comisión Europea, además de liderada por una mujer, cuente con una vicepresidenta ejecutiva, también mujer, responsable y comprometida con la agenda digital europea, lanza una señal inequívoca del desafío y decisión comunitarios para alinear la transición digital con los otros grandes desafíos de Europa en el tablero internacional.

La Europa Digital busca apalancarse en las oportunidades digitales para seguir avanzando en las capacidades industriales y de innovación. Inteligencia artificial, competitividad, innovación y crecimiento de las pymes, regulación para la nueva economía basada en datos, empoderamiento de las personas para reducir los riesgos de exclusión ante las posibles nuevas brechas digitales forman el andamiaje de la misión que la nueva Comisión asume para construir "una Europa adecuada para la era digital" y que ofrece un claro marco en el que inspirarnos desde Euskadi.

La estrategia Digital Europe for all, que busca construir una Europa Digital desde lo local y lo regional, supone un claro espacio de oportunidad para Euskadi, por cuanto que permite aprender de experiencias similares, compartir y escalar soluciones desde lo local. En línea con la visión de la presidenta Von der Leyen –"nuevos retos, mismos valores"– la transición digital en Euskadi se ha de sostener sobre unos firmes pilares: valores, compromiso y realismo.

Se trata de formalizar un nuevo Programa Digital Euskadi para la transición digital. La Agenda Digital Euskadi 2020 y sus antecesoras han hecho posible llegar al actual grado de desarrollo digital. Corresponde, por todo lo anterior, que la futura estrategia digital aborde cuestiones clave para el medio y largo plazo desde una perspectiva más amplia e integradora: crecer digitalmente de manera inclusiva. Entre otras materias, deberá buscar respuestas a la transformación y cambio de las organizaciones (públicas y privadas), las capacidades y habilidades de las personas desde sus distintos roles, la creación y adopción de las tecnologías más avanzadas –incluido el despliegue de una auténtica estrategia de inteligencia artificial–, o el desarrollo de la futura conectividad 5G al servicio del bien común.

Para ello se precisa audacia inteligente. Entre los pronósticos más triunfalistas de los ciberoptimistas y las perversiones y falta de ética del determinismo tecnológico, existe un espacio intermedio en el que es muy probable que tenga lugar el futuro. En dicho espacio, con bastante grado de sensatez, mesura y compromiso, es posible idear y construir un proceso de transición digital que genere progreso económico, prosperidad y los menores daños colaterales. Y es que la transición digital es un proceso complejo que llevará tiempo y requerirá esfuerzo y adaptabilidad.

Si observamos con atención, en la actualidad no estamos viviendo momentos de crisis radical, sino que se está produciendo un desplazamiento tectónico. El cambio no es urgente. Es importante. Director del Lab de Economía Digital Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad