Colaboración

Igualdad de oportunidades

16.01.2020 | 06:25

El mundo está cambiando. Las estadísticas muestran que los jóvenes se preocupan por el cambio climático, se relacionan a través de Internet, comparten su información a través de la red, consumen menos bienes y más servicios, y un porcentaje cada vez mayor prefiere el alquiler a la compra (de ropa, coches, etcétera).

En las próximas décadas se espera que la cuarta revolución industrial y el desarrollo de los robots, la inteligencia artificial o el Internet de las cosas sustituyan a los trabajos rutinarios, por lo que los nuevos empleos del futuro exigirán ciertas destrezas, habilidades y conocimientos que no eran necesarios o primordiales en décadas anteriores.

Los expertos en educación (por ejemplo, Eric Hanushek o el premio Nobel de Economía James Heckman) repiten constantemente la necesidad creciente de formar a los futuros profesionales estimulando su pensamiento crítico, su capacidad de trabajar en equipo de forma multicultural e interdisciplinar, de comunicar y escuchar activamente, de adaptarse a los cambios y de formarse a lo largo de la vida.

Y este cambio bien puede ir acompañado de la demanda creciente de un tipo de empresa más democrática, como el modelo inclusivo-participativo de empresa que recomienda el Parlamento Vasco (septiembre 2018), en la que todos los involucrados lleguen a acuerdos de forma más democrática y participativa.

Pero para poder entender los problemas de la empresa y participar en la toma de decisiones todos los partícipes, inversores, directivos y trabajadores previamente han de tener la oportunidad de formarse adecuadamente, no solamente en el conocimiento de su área u oficio profesional, sino en otros valores humanos y en otras habilidades sociales y comunicativas que hoy tienen mayor relevancia. Porque todos, para "participar", tienen que tener previamente la posibilidad de entrar o ser incluidos en la empresa.

Esta oportunidad de participar y ascender en la empresa ha sido realidad para muchos en las últimas décadas. Lo confirma el hecho de que el 69% de los multimillonarios actuales en el mundo han iniciado ellos mismos sus empresas con su personal creatividad y talento (Richard Florida). Es cierto que las han creado después de recibir los conocimientos acumulados y sostenidos por la sociedad circundante. Pero lo han logrado.

Sin embargo, es igualmente cierto que solamente el 10% de los que nacen en familias pobres o marginadas (al menos en Estados Unidos, país del que tenemos abundantes datos) logran superar el nivel social y económico de sus padres por falta de preparación profesional.

Raj Chetty, profesor en Harvard, ha realizado estudios que concluyen que en Estados Unidos las probabilidades de que un hijo de padres pobres se haga rico son solamente del 7,5%. Y también ha podido verificar que existe causalidad, no solo correlación, entre las oportunidades de trabajo y remuneración para los niños pobres a lo largo de su vida y la inversión en educación en las zonas donde nacieron. Las estadísticas de movilidad social en España, tal vez incluyendo a Euskadi, confirman una situación tendencialmente no mejor.

La familia y el lugar en el que naces siguen determinando tu formación y, por lo tanto, tu renta futura, en función de la disponibilidad de buenos maestros en la infancia. Diferentes estudios demuestran que al menos el 50% de la diferencia en las rentas ganadas a lo largo de la vida puede atribuirse a las cualidades y conocimientos obtenidos antes de los 18 años (James Heckman).

Por ello, si queremos avanzar hacia una empresa inclusiva es preciso dedicar más atención y recursos a la educación primaria y secundaria para lograr un sistema que dote a las futuras generaciones de las capacidades y herramientas que les permitan a todos ganarse la vida incluidos en empresas más eficientes y participativas.

Los cambios y los medios que para ello necesita nuestro sistema educativo requieren tener claro a dónde queremos ir, ponerse a trabajar y llegar a acuerdos.