Editorial

Un nueva era dorada

05.04.2021 | 00:11
Los jugadores de la Real celebran el título copero.

La Real vive días de vino y rosas tras la conquista de un título que se suma al que logró el equipo femenino en 2019 y que certifican la fortaleza del fútbol guipuzcoano, sostén de la plantilla campeona de Copa en Sevilla

C on esa imbatible capacidad que tiene el fútbol de contagiar las emociones, el día siguiente de la final de la Copa de Sevilla fue una jornada de alegría colectiva en Gipuzkoa, con miles y miles de aficionados disfrutando de un título que la Real no conseguía desde hace 34 años, lo que unido al que obtuvo el equipo femenino en la temporada 2018-2019, convierte a esta época en una nueva era dorada para el club blanquiazul. En poco más de diez años, la Real ha pasado de purgar sus pecados en Segunda División a situarse en el escalón inmediatamente posterior al de la elite del fútbol de la Liga gracias a una acertada combinación de gestión económica, dirección deportiva e identificación social. Como señaló el presidente realista, Jokin Aperribay, al término del encuentro, el título de Copa es un triunfo del fútbol guipuzcoano, el éxito de una estructura que desde la cúspide de la pirámide que ocupa la Real se despliega hacia abajo a través de decenas de equipos, técnicos y directivos que movilizan a miles y miles de chicos y chicas mediante una impagable labor que, más allá de la necesaria misión de obtención de excelencia para nutrir a los equipos profesionales, fomenta una cultura en pro de la actividad física, la camaradería y la identidad desde una manera propia de hacer las cosas. Es un modelo deportivo de éxito que, en última instancia, la Real proyecta al mundo entero a través de sus equipos masculino y femenino. Sin duda, la Real vive días de vino y rosas que por culpa de la pandemia los aficionados no pueden gozar con toda la intensidad que desearían. Ni pueden ir al nuevo Anoeta a disfrutar de un equipo que ya ha entrado en la leyenda blanquiazul ni van a tener la oportunidad de festejar el título en comunión con los jugadores. La final, que presagiaba una jornada histórica del fútbol vasco con las dos aficiones acompañando a sus equipos en una ciudad tan atractiva como la capital andaluza, se ha disputado bajo el silencio de un estadio vacío. Pero esta circunstancia, que todos confiamos en que se supere cuanto antes, no ha impedido afianzar y dar a conocer la singularidad y el espíritu del derbi vasco. La deportividad y el señorío exhibidos por el Athletic en la derrota, sin duda, engrandecen el partido y otorgan más valor si cabe a esta página que ya ha entrado con letras de oro en la historia de la Real.