Editorial

Perder la perspectiva

11.02.2021 | 00:42

El coste individual y colectivo de un año de pandemia es grande en lo anímico y en lo material; pero la solución no es perder de vista que vivimos en estado de alarma y no en un choque de intereses particulares

Casi un año de combate contra la pandemia del covid-19 conlleva una fatiga en todos los aspectos. Los colectivos directamente implicados en la asistencia sanitaria acumulan un desgaste físico y anímico comprensible. Pero quizá el principal enemigo de su necesaria recuperación sea el propio cansancio que acumula la sociedad en su conjunto. Hay síntomas claros de que el agotamiento emocional puede llevar a perder la perspectiva del momento. Hay ansia de una normalidad que aún no es posible. Es un riesgo obviar que seguimos en estado de alarma y actuar como si la gravedad de esa circunstancia fuera menor. La ocupación inmediata de la oferta de hostelería ayer mismo es indicativa de aquella fatiga y la predisposición del sector a dar por amortizado el riesgo de contagio es revelador de que la convivencia con el daño propio y ajeno de manera constante ha dejado de ser un ejercicio de compromiso colectivo para ser tratado en función de la realidad sectorial. No se puede culpar a los empresarios y autónomos del sector por buscar satisfacer su necesidad de actividad. Bien al contrario, el compromiso colectivo que merecen es el de un cumplimiento estricto de las medidas de seguridad que permitan cuanto antes que esa actividad sea plena. Su sostenibilidad está en juego. Pero tampoco cabe cerrar los ojos a la evidencia de que la prevención pasa por reducir al máximo las situaciones en las que esas medidas de seguridad se relajan. Hace meses que deberíamos haber dejado atrás la necesidad de que nos convenzan de lo oportuno de adoptar decisiones restrictivas. Hace muchos muertos que ese doloroso aprendizaje debería haber consolidado un autocontrol que parte de renuncias individuales. Pero, si no ocurre, deberá haber fórmulas de protección de la colectividad. Equilibradas en su impacto, pero rigurosas en su cumplimiento. Porque, si perdemos la perspectiva de la corresponsabilidad social solo quedará la prioridad individual. Hay multitud de usos, costumbres y actividades económicas afectadas y los recursos para paliar sus propias urgencias no deben ir en detrimento de las urgencias colectivas. No pueden convivir el estado de alarma con la suspensión de sus medidas ni cada núcleo de interés puede ser una actividad esencial. La responsabilidad colectiva no está exenta de sacrificios que deberán ser atendidos desde el poder público. Pero es la única salvaguarda del bienestar colectivo.