Mar de fondo

Manos heladas

03.06.2021 | 23:46
Manos heladas

Koro era donostiarra. Tenía 17 años, una gemela, un hermano de 15 y una hermana pequeña de 12. Como cada mañana montaron en el Renault 25 para ir al colegio. Su padre guardó las mochilas escolares en el maletero y, al cerrarlo, explotó una bomba lapa que envolvió en fuego a los cuatro niños. La madre los despedía desde un séptimo piso y gritó impotente. Su marido voló quince metros. Como él, los tres hijos supervivientes padecieron lesiones y quemaduras. ETA lo acusó de valerse "de su familia como de un escudo". Y apuntó, y remató, que si bien no pretendía asesinarla Koro también "quería ser policía". El algo habrá hecho era excesivo en una menor de edad. Así que se optó por el algo hará.

Han pasado tres décadas y paisanos defienden recibir con versos, banderas, aurreskus y bengalas a quien cometió crímenes de tal calibre. No hablo del cariño privado, lógico y humano, sino de un aplauso público que, seamos sinceros, es más que nada ideológico. Afirman que si usted se opone es por interés electoral, como si en su vida, y en esas muertes, solo mandara la cháchara política. Y añaden que en realidad usted obedece a no sé qué estrategia del Estado, vamos, que lee el BOE para sentir a toque de corneta. No todos vivimos, aunque muchos mataron, en esa paranoia bélica.

Tanto afán por honrar a un vecino, y jamás recuerdan cómo ayudó al vecindario. Y es que si dieran a conocer sus heroicas hazañas perdería el homenajeado, quien tal vez prefiera volver a casa sin ruido en la calle ni eco en su conciencia. Pero sobre todo perdería el homenajeante, cuyo brindis se agria cuando se concreta: aplaude al asesino de Koro. Por ejemplo.

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