Los migrantes y su regulación; los delincuentes y su reincidencia; los velos islámicos y su prohibición. Estamos asistiendo sin solución de continuidad a una serie de debates que nos tienen permanentemente soliviantados. Amplios consensos de antaño parecen definitivamente rotos y nos mostramos incapaces de afrontar la complejidad y la incertidumbre de las nuevas realidades que emergen en nuestro entorno. Sin un ápice de esperanza de que su gestión vaya relativamente bien. El problema no solo reside en la clase política: frecuentemente nosotros mismos nos encontramos también confusos, sin una opinión definitiva. Ese es mi caso, debo reconocerlo. Felicito a quienes siempre lo tienen todo claro.

Se impulsan soluciones autoritarias y las ponen en marcha los nuevos autócratas allá donde alcanzan el poder. Los que aspiran a alcanzarlo toman a aquellos como guías y, sin vértigo alguno, elevan propuestas que dan miedo, conscientes además de que, tristemente, su apoyo popular no mengua. Frente a ellos se sitúa cierta izquierda anquilosada, incapaz de reconocer la existencia de problemas derivados de los grandes cambios que se están produciendo entre nosotros. O minimizándolos. Dos ejemplos de diputados vascos en Madrid: tratar de comparar a los delincuentes reincidentes de ahora con los robagallinas de antaño no resulta afortunado; reducir la cuestión de ciertos velos islámicos a un asunto de libertad religiosa, tampoco.

Ciertamente, el riesgo de que la ultraderecha llegue es muy real. Por eso se pregunta uno si no es posible mantener entre el resto de los partidos unos debates más sosegados, lejos de los focos de los medios y las redes sociales. Tejer complicidades al margen de una lucha política y electoral que tanto corroe. Para ello, por ejemplo, se podría empezar por no llamar fascista a todo aquel que plantea alguna preocupación, alguna duda sobre las cuestiones citadas. Y es que, al ritmo de insultos que llevamos, todos vamos a terminar siendo fachas. Si no lo somos ya.