Sí, ya está, ya he llegado a la edad en la que mi tema más recurrente de conversación es el tiempo. Oye, pues me resulta cómodo. Cuando era más joven y quería ir de interesante tenía que prepararme varios temas alternativos, en función de quién era la interlocutora o el interlocutor. Ya nada, fuera vergüenza. No me digan que eso no es una ventaja, y de las grandes. Cuando llueve, porque llueve y cuando para, porque te da el subidón y lo compartes a diestro y siniestro, como si a los demás les importara un pimiento tus preferencias. Lo cierto, es que a quienes somos de ‘mañana sol y buen tiempo’, cumplimos los 20 hace más de 35 y nos empiezan a doler los huesos, perdemos los paraguas allá por donde vamos y nos damos cuenta de que la bota tiene un agujero cuando pisamos un charco y se nos cala el calcetín, ir sumando días de aguaceros, tormentas y borrascas nos pone, por decirlo finamente, ariscas. Lo noto, soy consciente, lo asumo y lo confieso. Y aviso a navegantes, nunca mejor dicho, quien me conozca y se cruce conmingo, mejor que sonría, se haga la loca y tire para adelante. Porque, además, y por su bien, les recomiendo que no me saquen otros temas, que con algunos me sofoco. Y los cambios bruscos de temperatura no son buenos. Ya saben, la edad.
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