Amaneció nublado el planeta político, pero bastaría un soplido para despejar los temores si no hubiera tanta vocación de hacer de la política una trama de true crime.

Demasiados de nuestros políticos se pasan el día buscando criminales en las filas rivales y no les queda tiempo para hacer lo que les toca: negociar consensos y no alarmar innecesariamente. De haberlo hecho así, no habríamos tenido a los jubilados una semana pendientes de la subida de sus pensiones, cuando se sabía que el desencuentro de PP y PSOE solo era otro modo de administrar los tiempos de su relación pugilística.

Y tampoco habría sido preciso tranquilizar a dos centenares de madres y padres vascos porque, pese a lo voceado por EH Bildu, sus hijos no corrieron un grave riesgo por ser vacunados con viales caducados. Unas horas de paciencia hasta tener toda la información lo habrían evitado. La prisa y el escándalo no equivalen a responsabilidad ni a verdad.

Tampoco la doctrina social exige enfrentar a las personas. Podemos se aferró ayer al simplismo de buenos y malos que no se ajusta a la realidad. Que no todos los propietarios de viviendas en alquiler sean buitres a los que espantar. Hay un bosque de diversidad detrás del árbol de la ideología.

Y un peligroso abismo de manipulación en las redes sociales. A Elon Musk le investigan en Francia por manipular algoritmos en X y el Gobierno español acaba de sumarse a la corriente de protección de los menores por la vía radical: prohibirá las redes a los menores de 16 años.

Puede ser poner puertas al campo, pero desde luego no es el atentado a la libertad de los niños que argüía ayer Santiago Abascal, temeroso quizá de que la doctrina que inocula no llegue a la chavalería. En su casa -Vox- también despiertan algunos a la realidad política: Ortega Smith denuncia que se lo han cargado por un dedazo de su presidente. Resulta que en un partido que propugna la autocracia se toman decisiones autocráticas. Bienvenido, Adán.