Casi sin darnos cuenta, nos hemos acostumbrado al lenguaje de la guerra. Palabras como ejército, bombardeo, drones, invasión, defensa, ofensiva, victoria o derrota nos acompañan en el día a día. Por suerte, desde aquí solo percibimos su eco. Los combates, la destrucción, los muertos ocurren lejos de nuestras fronteras, las de Euskal Herria, que no de las europeas, que también son nuestras aunque verlas nos cuesta más. En el debate público se impone la lógica binaria: blanco o negro, conmigo o contra mí. No hay matices, no hay espacio para la duda ni para la complejidad. Y quienes pronuncian esas consignas suelen ser casi siempre hombres. Hombres con traje y corbata desde los atriles del poder; hombres uniformados que hablan en nombre de los ejércitos; hombres con turbante que invocan tradiciones o credos. Distintos símbolos, distintos escenarios, pero una misma voz dominante. La guerra, al fin y al cabo, sigue siendo un idioma hablado casi exclusivamente por hombres. Hoy se celebra el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Y en medio del estruendo geopolítico resulta inevitable preguntarse por las ausencias, la de las mujeres en los espacios donde se deciden los conflictos y la de una bandera que parece cada vez más olvidada: la de la paz. Ambas, mujeres y paz, siguen siendo las grandes ausencias en el tablero de la política internacional.