Estoy pensando a qué destino tropical podré viajar cuando mis churumbeles se emancipen, que ya va siendo hora. Tal vez decida comprarme algo, así a lo loco, sin pensar, o quizá le diga al fisio que me programe todas las sesiones que les hagan falta a mis maltrechas cervicales, sin límite. Tampoco descarto cambiar la mampara o decirle al dentista que me ponga una sonrisa de esas que hacen bizquear a quien te mire. Si empiezo a sumar, dos adultos jóvenes gastan en intendencia cifras astronómicas, tanto que a veces vuelve una de la compra pensando si ha comprado peras o diamantes. Una mediana queda escasa, pero no es cuestión de ir a arponear ballenas. Donde ayer había, hoy no hay y menos habrá mañana. No me extrañaría de que de tanto quitar, en el armario acabara habiendo un agujero. No es falta de amor materno, es ilusión por ver que cada mochuelo se busca su olivo. Pero el problema es que en Donostia, y en todo su entorno, no hay olivos para que los más jóvenes hagan su nido. Ni en Donostia ni en su entorno. Y, la verdad, es que esto es una verdadera tragedia. Sin olivos los mochuelos no vuelan, si no vuelan no anidan, si no anidan no procrean y si no procrean, ¿a dónde vamos a ir a parar? Pues eso, que toca plantar olivos.
- Multimedia
- Servicios
- Participación