Si hay un sitio donde me siento a gusto, y eso que voy demasiado poco, es en las bibliotecas. La que yo siempre he frecuentado es la de Ernest Lluch en el estadio de Anoeta, más que nada porque, por desgracia, en mi barrio, Martutene, no hay ninguna. De vez en cuando sí que visito la Biblioteca Central, en los bajos del ayuntamiento, y la de Loiola, pequeña pero con mucho encanto.
Casi siempre que entro en una, aunque sea solo a devolver un libro, acabo hojeando ejemplares y, a veces, aunque no fuera mi intención porque tengo en casa alguno ya empezado, termino llevándome algo conmigo. La verdad es que prefiero leer de la biblioteca; ese papel gastado es sinónimo de que no eres la primera persona que se interna entre sus páginas, lo cual crea un sentimiento de comunidad lectora incluso sin hablar con otra persona.
Defender la cultura es también defender su gratuidad siempre que se pueda, y no hay nada como las bibliotecas públicas para igualarnos a todos: no importa edad, ni estudios, ese lugar siempre está ahí para que una persona pueda formarse, conseguir un espíritu crítico y una preparación para la vida. La biblioteca pública es de todos y todas y, ante el futuro incierto que se avecina, cuanta más gente haga uso de ella, mejor.