Hace unos años, en vísperas de la Clásica de San Sebastián, estaba subiendo en bici Jaizkibel por la vertiente de Hondarribia y en esas que apareció a mi lado Daniel Felipe Martínez, ciclista profesional colombiano que entonces militaba en el Ineos. Intenté seguir su rueda, pero las fuerzas me dieron para hacer la goma durante menos de 300 metros. En la bajada hacia Lezo vi que estaba parado en el arcén, y con toda la amabilidad del mundo accedió a sacarse una foto con el globero (o sea, conmigo). Unos meses después participé en el Tour de Flandes para cicloturistas. A unos 30 kilómetros de la llegada, circulaba solo y de repente apareció al completo el equipo Soudal Quick-Step, que estaba entrenando para la clásica del día siguiente. Me coloqué a cola y aguanté tres kilómetros a una velocidad desconocida para mí hasta que uno de ellos pegó un arreón que me dejó tieso. El ciclismo, a diferencia de otros deportes (no me imagino jugando a penaltis y pases con Oyazarbal en Anoeta), te permite disfrutar de escenarios míticos y, a veces, incluso, con la presencia de los profesionales. El problema (siempre hay un problema) es cuando convertimos la anécdota en un espectáculo que retransmitimos por las dichosas redes. Ellos, los profesionales, están trabajando, nosotros, disfrutando. Como sueltan por megafonía en la plaza de toros de Pamplona cuando los toros enfilan hacia los corrales, “dejen trabajar a los dobladores”.
- Multimedia
- Servicios
- Participación