Quién sabe si fue hace un millón y medio o hace un millón de años, pero a aquellos habitantes del planeta el fuego les cambió la vida. Como nos alteraría a nosotros si perdiéramos aquel descubrimiento no y pudiéramos usarlo. Imaginen. Desde aquella primera chispa, el ser humano ha avanzado en controlar el fuego. Paso a paso, el fuego ha permitido calentar nuestros hogares e iluminarlos, aunque en Copenhague se les quemara la ciudad dos veces en el siglo XVIII por culpa de esas velas que tanto les gusta incluso en época de electricidad; y también es esencial para cocinar alimentos, aunque no hayan sido pocas las casas que han ardido desde la cocina. Podemos ampliar la lista de usos con la industria militar (flechas incendiarias) y con la industria general (¿qué sería del segundo sector de Gipuzkoa sin fuego desde los hornos de Irugurutzeta?). Una de las mayores muestras del control del fuego –en Gipuzkoa tenemos un centro de formación para mejorar en su extinción– es la antorcha olímpica. A París 2024 llegó hasta por debajo del agua. Aun así, el fuego es letal. Y no por letal renunciamos a él. Quizá se les antoje exagerado, pero comparen el fuego con las redes sociales o la inteligencia artificial. Si no salen a cuenta algunas precauciones antes de que todo arda, como si fuera Copenhague.