Nuestro estado de ánimo suele influirnos en todo lo que hacemos. Encaramos la vida de una forma cuando estamos tristes y de otra manera cuando nos sentimos felices. Y, en general, más de allá de eso, según el momento vital nos interesan más unas cosas que otras. Es por eso que, al ver una película, podemos acabar decepcionados o complacidos según la persona que seas en ese instante. Recuerdo ver Comanchería con muchas ganas, y acabarla aburrido y olvidarla en cuestión de horas. Un año después, tras zapear un rato, la encontré recién empezada, con sus anuncios y todo, y la volví a ver, más que nada porque no tenía nada que hacer, y me maravilló. Al principio me quedé confundido porque las sensaciones que me había producido eran contrarias. Es curioso cómo la ficción, ya sea el cine o la literatura, nos atrapa o nos repele no solo según nuestros gustos, sino también según lo que estás pasando a nivel personal de una forma en la que ni siquiera te das cuenta. Por eso, lo mejor que se puede hacer es dejarte llevar, tratar de ignorar incluso tus preferencias y atender con curiosidad a lo que los autores quieren mostrarte. Aunque a veces hagan un absoluto desastre, como el final de Juego de Tronos, o no les salga bien aun sin llegar a esos extremos, como el de Stranger Things.
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