Lily, Chincheta y Duque: del abandono a encontrar un hogar y una buena vida
Tres historias de adopción que muestran cómo el cuidado, la paciencia y el compromiso pueden transformar la vida de animales marcados por el abandono, la pérdida o el maltrato
Detrás de cada adopción hay una historia de cariño y aprendizaje mutuo. Lily, Chincheta y Duque llegaron a la Protectora de Animales de Gipuzkoa tras experiencias muy distintas, pero con un punto en común: la oportunidad de empezar de nuevo. Sus casos muestran cómo el acompañamiento y la responsabilidad pueden transformar vidas que parecían rotas.
Lily: la compañera inseparable de Gema
Gema de la Peña, responsable de la Protectora de Animales de Gipuzkoa, no se separa de su perra Lily. Desde que la adoptó, la acompaña a diario a la oficina, donde se ha convertido en una más.
“La dejaron en una comisaría. Como solemos decir irónicamente en la Protectora, es una perra caída del cielo, porque no era de nadie”, relata. Lily no tenía chip y pasó bastante tiempo en una jaula, asustada y desorientada. “Cuando llegan con tanto miedo, es complicado que se adapten a otros entornos”, explica.
Para ayudarla a socializar, Gema empezó a llevarla poco a poco a la oficina. Allí, en un entorno tranquilo y conocido, Lily fue ganando seguridad. “La idea inicial era ayudarla a perder el miedo, pero al final decidí llevármela a casa”, cuenta. Desde entonces, Lily se ha convertido en su compañera inseparable, un ejemplo de cómo el cariño y el vínculo pueden cambiar la vida de un animal que llegó sin historia ni dueño conocido.
Chincheta: una historia de maltrato con final feliz
La historia de Chincheta es de esas que cuesta olvidar. Corría el año 2012 cuando un hombre vio cómo alguien lanzaba algo a un descampado, en un punto indeterminado de Gipuzkoa. Poco después, se escuchó un disparo. Extrañado y alarmado, se acercó al lugar desde el que había oído la detonación y se encontró con una pequeña perra a la que habían disparado en una rodilla.
La perrita fue trasladada a la Protectora y los medios se hicieron eco de aquella historia de maltrato. Tamara la leyó en el periódico y no lo dudó. Se presentó en la Protectora porque quería conocerla. “Fue amor a primera vista”, recuerda.
Chincheta era una ratonera de mirada huidiza, que dejaba claro que su vida no había sido fácil. “Me dijeron que tenía entre tres y seis años. Tenía pinta de haber tenido muchas camadas y se veía que había sufrido mucho”, relata Tamara. Tras cumplirse los 30 días reglamentarios —el plazo legal para que el dueño pueda reclamar al animal—, pudo llevársela a casa. Durante ese tiempo, el servicio veterinario de la Protectora la esterilizó, requisito para la adopción, y le operó de la pata herida. “Me dijeron que no iba a quedar bien y que seguramente tendría que caminar sobre tres patas”.
Pero la constancia y el cariño hicieron su efecto. Tras muchos mimos y largos paseos por la playa, Chincheta recuperó la movilidad. Tamara y Chincheta compartieron nueve años de vida, hasta que en marzo de 2021 la perra murió a causa de una enfermedad propia de la vejez. “Aunque era algo distante y no especialmente cariñosa, fue la perra más buena que hemos tenido”, dice emocionada.
Pasaron algunos meses , “los justos para gestionar el duelo”, hasta que Chapata llegó a sus vidas. Tamara, que ya había sido madre, tenía claro que prefería adoptar una perra adulta, consciente del tiempo y la dedicación que requiere educar a un cachorro. Volvieron a la Protectora y allí conocieron a una ratonera que había llegado tras ser atropellada y que estaba a punto de dar a luz. “La idea inicial era adoptar a la madre, pero cuando nacieron los cachorros pensamos que podía ser muy bonito ver crecer a uno de ellos junto a nuestra hija”.
Han pasado cinco años desde entonces y Tamara se confiesa feliz con Chapata, “aunque a veces en casa es como el Demonio de Tasmania”, reconoce entre risas.
Duque: el gato tímido que consiguió un hogar
Un día llegaron a la Protectora dos gatos adultos, un macho y una hembra, tras el fallecimiento de su dueña. Como ocurre con todos los gatos procedentes de un domicilio, ambos pasaron primero por la zona de cuarentena, un periodo necesario para su adaptación. Al salir de ella, la hembra —mucho más sociable y también más llamativa— fue adoptada enseguida. El macho, en cambio, era muy tímido. “Decidí llevármelo a casa”, cuenta Cristina, trabajadora de la Protectora. En su hogar ya convivían otra gata, Princesita, que anteriormente había compartido espacio con un macho ya fallecido, y una perra teckel de 16 años, Curry, rescatada de una residencia canina que Cristina define como “el centro de los horrores”.
Duque lleva un mes en casa de Cristina y se encuentra en la fase final del periodo de adaptación. “Consiste en tenerlo aislado en una habitación para que no interactúe directamente con el resto de animales. Se ven y se huelen a través de la puerta”, explica. Ahora ha empezado a dejarlo salir poco a poco. “De momento, Princesita le bufa y él se escapa; es un bendito”, añade. Lo de Cristina es vocación. Además de convivir con estos tres animales, cada primavera su casa se convierte en una casa cuna para camadas callejeras de gatos.
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