El despido de 16 trabajadores de la planta de Michelin de Valladolid fue el detonante que hizo que todas las fábricas de la multinacional francesa del Estado se movilizaran, entre ellas la de Lasarte-Oria. La única fábrica que no se sumó a estas protestas y huelgas fue la de Vitoria/Gasteiz, que ya había sufrido una brutal represión tres años antes.

Así, esta semana se ha cumplido medio siglo del inicio de la huelga de 100 días que marcó a Lasarte-Oria y a las poblaciones de alrededor y que está muy presente en la memoria de quienes la vivieron.

Fuertes represalias

En la presentación que se ha llevado a cabo esta semana por parte de un grupo de extrabajadores de Michelin Lasarte, Félix Pérez Carrasco, uno de los primeros despedidos por su participacion activa en la huelga, recordó que el 16 de febrero de 1976, en plena recta final del franquismo, la plantilla de Michelin-Lasarte –entonces la mayor empresa del territorio en número de empleados– inició una huelga que se prolongaría durante cien días.

“La protesta se desarrolló en un escenario en el que no existía negociación colectiva real y los sindicatos operaban en la ilegalidad, bajo la vigilancia del sindicalismo vertical del régimen”, señaló. Y añadió: “la empresa desplegaba un modelo de control sofisticado, con elementos paternalistas como cooperativas o clubes deportivos, mientras impulsaba dinámicas de división interna”. 

Frente a ello, la plantilla articuló una estructura asamblearia como órgano soberano de decisión y cohesión. Las reuniones fueron en numerosas ocasiones perseguidas o disueltas por la Guardia Civil, incluso cuando se celebraban en iglesias u otros espacios sociales.

Solidaridad desde Europa

Así las cosas, la movilización trascendió el ámbito local. Se organizaron protestas en Lasarte-Oria y Donostia, se impulsó una “huelga europea” para coordinar la solidaridad con otros centros de Michelin y se establecieron vínculos con empresas en conflicto como Fundiciones Estanda o Silen. La plantilla también se sumó a la respuesta social tras la masacre del 3 de marzo en Gasteiz. 

En paralelo, la población puso en marcha mecanismos de resistencia económica que anticiparon las futuras cajas de solidaridad.

La huelga concluyó el 22 de mayo sin alcanzar todos sus objetivos. Hubo 67 despidos y una intensa represión en los meses posteriores. Sin embargo, quienes la protagonizaron sostienen que supuso un ejercicio de empoderamiento colectivo frente a la empresa y frente a un sistema político que acudió en su auxilio. La movilización dejó una huella profunda en la identidad obrera local y abrió camino en un contexto de transición política.

El papel de las mujeres

Por su parte, Maixe Otaño, extrabajadora que también fue despedida, puso el foco en la implicación de las mujeres, tanto como trabajadoras de la planta como en el sostenimiento social de la huelga. Varias de ellas participaron en primera línea y sufrieron represalias. De hecho, la tercera persona despedida fue una mujer: la propia Otaño.

Tal y como recordó, desde el primer día, el 16 de febrero, las mujeres acudieron a las puertas de la fábrica para apoyar la huelga con víveres y respaldo moral. El 20 de febrero decidieron participar en las asambleas, donde fueron recibidas con una ovación y votaban como un colectivo más. De hecho, el 23 de marzo, 95 mujeres respaldaron la continuidad de la huelga frente a un voto en contra y tres abstenciones; el 6 de mayo, 172 apoyaron de forma unánime una protesta que rozaba ya los tres meses.

Su implicación adoptó también formas de acción directa. El mismo 23 de marzo, 45 mujeres se encerraron en la iglesia de los Jesuitas de San Sebastián y fueron desalojadas por la policía. El 13 de mayo, varias fueron detenidas tras formar un pasillo de apoyo a los trabajadores a la salida de la fábrica. 

La respuesta popular congregó a miles de personas frente al cuartelillo de Lasarte-Oria, en una jornada que terminó con cargas policiales, detenciones y el traslado de las arrestadas a la Comandancia de San Sebastián.

Las mujeres también participaron en la distribución de bonos de solidaridad en otras localidades, como Bergara, donde se produjeron nuevas detenciones y confiscaciones.

Por todo ello, 50 años después, el aniversario busca rendir homenaje a aquella generación y transmitir su legado a los jóvenes. Los organizadores subrayaron que la memoria de la huelga no es solo un ejercicio retrospectivo, sino una oportunidad para reivindicar la vigencia de la lucha sindical y social en un contexto que, advirtieron, vuelve a mostrar pulsiones autoritarias.