El Foro de Davos ha confirmado algo esencial para Europa: solo unida puede aspirar a ser actor en el nuevo orden mundial. Ningún Estado europeo tiene capacidad de encarar en solitario a Washington, Pekín o las potencias emergentes. La autonomía estratégica, la protección de un modelo de convivencia en democracia y equilibrio social empiezan por asumir que es preciso reforzar el sujeto político Europa para participar en el diseño de las reglas y no limitarse a acatarlas. La primera negociación arancelaria con Estados Unidos dejó una lección incómoda: el apaciguamiento, renunciar en algunos sectores para ganar tiempo, no ha contenido a la Casa Blanca El trumpismo tiene un modelo supremacista económica y tecnológicamente que pasa por reordenar cadenas de valor y probar una y otra vez la resistencia de sus competidores, aunque estos sean aliados. No obstante, la capacidad de la administración estadounidense de imponer su unilateralidad es muy amplia, pero no absoluta. No puede imponer todo, a todos y siempre. En su naturaleza y mismo, dentro de las estructuras y los ejes de interés del país, operan contrapesos económicos y jurídicos. Esa realidad, sumada a la interdependencia global, abre márgenes de maniobra si Europa actúa con inteligencia y cohesión. Ni fatalismo, ni precipitación: claridad en los principios y firmeza en su defensa. De sus debates salen ideas y alianzas que acaban traduciéndose en políticas: iniciativas sobre Groenlandia y el Ártico, formatos alternativos de mediación para Gaza que amenazan con suplantar a la ONU, movimientos sobre el marco de negociación en Ucrania y test de alianzas en modelos de gestión y desarrollo. Allí se ensayan arquitecturas y se miden visiones diversas. Para actores de menor tamaño –países medianos y pequeños o entidades subestatales como las estructuras administrativas de Euskal Herria– Davos es también una oportunidad donde se tejen conexiones entre gobiernos, empresas y sociedad civil para sumar intereses en reindustrialización verde, paz, derechos sociales y regulación tecnológica e influir en los engranajes del poder global en vez de limitarse a sufrirlos. Una lección para Europa en este tiempo de competencia y transición.