Tormenta perfecta. En medio de una debilidad gubernamental palmaria, más de cuatro decenas de muertos sobre las vías del tren. Siniestros aquí y allá. Caos ferroviario. Sensación de inseguridad en un transporte tan recurrente y popular. Rebelión de los maquinistas, plagados de temores. Golpe bajo a la alta velocidad, santo y seña de la modernidad de un país en su día. En suma, demasiadas dagas para mantenerse en pie, incluso para la resistencia dialéctica del aturdido Óscar Puente. Nada peor para desmitificar la solvencia de una gestión pública que el fallido mantenimiento de sus infraestructuras viarias. Los primeros avances científicos sobre las causas reales de esta tragedia en Adamuz desnudan la irresponsable dejadez de Adif. 

Todo lo que puede salir mal, acabará peor. En una comprensible adaptación de la ley de Murphy, el atormentado cuadro de incidencias del desgraciado accidente ferroviario emborrona varias hojas de servicio del Gobierno Sánchez. Más allá de la irrefrenable tentación populachera de aludir rápidamente a los desmanes cometidos durante el mandato del ministro Ábalos en Transportes, usando Adif como nicho de varias compensaciones amorosas, resulta deplorable la desatención de oídos sordos hacia las denuncias de sindicatos y trabajadores del sector del ferrocarril, alarmados por las deficiencias en el entramado de vías y catenarias. Ha tenido que ocurrir lamentablemente una catástrofe para que afloren estas denuncias pendientes de respuesta. Una irresponsabilidad manifiesta que se inocula vertiginosa en el imaginario colectivo, añadiendo, además, unas gotas de temeridad por el peligro que ha acompañado en sus vagones durante tanto tiempo a tantos millones de usuarios.

La magnitud de esta desdicha desborda a cualquier gobierno. Mucho más a quien apenas puede sostenerse con sus propias fuerzas. En medio de la zozobra, en La Moncloa se disponen a asumir una culpabilidad insoslayable al tiempo que sortean como pueden la comprensible avalancha de aceradas críticas, entre ellas las oportunistas y alarmistas. No hay espacio para la tregua política tras el escaso receso dispensando al duelo inmediato tras conocerse la magnitud de la fatídica colisión. Aquella ejemplar reacción unitaria de Sánchez y Moreno Bonilla suena a espejismo. La serenidad institucional acabó hecha trizas a la vuelta de la esquina como era fácil de esperar dentro del contexto atormentado por el que cabalga el partidismo español. Y todavía quedan momentos deplorables cuando se sucedan comparecencias de voces concernidas.

La imagen externa, muy ligada al turismo en territorio andaluz, queda seriamente dañada. El siniestro propicia un efecto devastador en sí mismo por muy diferentes reacciones del usuario, pero tampoco son menos los efectos perversos que representan también las deficiencias de seguridad escondidas en silencio durante tanto tiempo. Toda explicación jamás será justificada porque le embarga la insensatez de los supuestos responsables políticos y técnicos. El castigo del repudio social los acompañará siempre.

En este lúgubre panorama, Rodalies funde los últimos plomos. La eterna disputa política sobre la gestión de este servicio ferroviario en Catalunya sufre ahora el tormento de otro infortunio, en este caso mortal. Alarga así la ristra de sinsabores a los que miles de usuarios parecen condenados a sufrir por las carencias de una infraestructura determinante para sus necesidades diarias y que transita más necesitada de inversiones comprometidas y reales que de interminables debates parlamentarios.

La política continúa

El dolor en las vías ha eclipsado la acción política, que sigue latiendo. Bien lo sabe el presidente Sánchez, urgido a encontrar una generosa disculpa que le permita esquivar los dedos acusadores sobre tanta negligencia ferroviaria. Por esa veta ha encontrado para su satisfacción personal una salida decorosa al anunciar encantado la exclusión de España de la Junta de Paz para Gaza que impulsa Trump. Nada más aleccionador para su causa que mantenerse como firme opositor al despótico presidente de EE.UU.

Toda ayuda ideológica será bienvenida para la izquierda. Los fundados anhelos para alcanzar cuanto antes un realineamiento de tantas fuerzas dispersas y enfrentadas en algunos casos, siguen en vía muerta. Sobre todo, para Sumar, el peón descartado de antemano para cualquier combinación posible, en especial su cabeza visible, Yolanda Díaz. Mientras, Aragón volverá a agitar las tensiones. En el PSOE, por otra caída previsible; en la derecha, por el tormento de cómo entenderse a pesar de otra victoria inapelable.