Eduardo Lagarde, cronista gráfico de los felices años 20 de Donostia
Eduardo Lagarde, a través de sus viñetas en la ‘Voz de Gipuzkoa’, fue testigo durante una década del día a día y de los eventos especiales de su querida Donostia y otros puntos del territorio
Un cronista gráfico de los felices años 20 de Donostia. Un hombre polifacético. Arquitecto, pintor, organizador de fiestas y eventos en el antiguo Kursaal, intelectual... Todo esto y más fue Eduardo Lagarde, a quien su nieto, Eduardo Pagola, quiere homenajear organizando, si es posible, “una exposición” que permita una aproximación a su extensa obra.
Nació en Toledo en 1883, hijo del pamplonés Nemesio Largarde y la ordiziarra María Dolores Aramburu. Residió en A Coruña, donde conoció a su esposa, de la que enviudó en 1919, quedándose a cargo de sus tres hijos.
Militar, consiguió en 1922 su destino en Donostia, ciudad en la que residían sus hermanas y su hermano y de cuya realidad, su día a día y sus fiestas fue testigo y portavoz durante muchos años, casi una década, en la Voz de Gipuzkoa.
Ya habiéndose retirado de la vida militar la historia de Lagarde suma capítulos muy vinculados con la cotidianidad pero también con los eventos más destacados de la ciudad en la que falleció en 1950, tras un accidente de tráfico que sufrió en las proximidades de Madrid, donde también residió y en lugar en el que dejó un importante legado de edificios que llevan su firma.
Durante una década Lagarde fue dejando su huella como ilustrador en la Voz de Gipuzkoa. Sus viñetas fueron testigo de las carreras en el Hipódromo, las regatas de La Concha, la actividad en La Bretxa y de cómo la galerna movilizaba a los bañistas. Pero también llevó a imágenes algunas de las citas más singulares de la época, muchas de las cuales hace ya más de medio siglo que desaparecieron del calendario donostiarra.
Pintando en un columpio
¿Como cuáles? Pues las fiestas del Kursaal o de la Perla. Entusiasta en sus cometidos, Lagarde se animó con propuestas tan originales como “subirse en un columpio para pintar sobre una tira de papel, balanceándose al son de distintos temas musicales”. Esta arriesgada propuesta la defendió en Donostia, pero también en Baiona, París o Madrid.
Pero Lagarde fue mucho más allá. Su inquietud artística le llevó incluso a diseñar vidrieras, de las que casi solo quedan recuerdos, y folletos, en los que llegó asumir la tarea de dar forma artística a los reclamos publicitarios.
Todo ello mientras no dejaba de lado la que era su actividad principal, la de arquitecto.Su huella en Donostia también es notable y, aunque poco a poco va desapareciendo por la fuerza de los años, aún se puede observar en algunas villas de Ondarreta, como la Casa de Las Conchas de la avenida de Zumalakarregi. A su pericia se debe asimismo el diseño de la sombrerería Leclercq, la casa palacio del conde de Vastameroli en el Paseo de Francia, la reforma de la iglesia de El Antiguo, el diseño de la entrada al hotel María Cristina o la villa Txomin, donde funcionó hasta hace poco el restaurante del mismo nombre. Son estos unos pocos ejemplos de una nómina muy extensa y transfronteriza.
Su nieto, Eduardo, no llegó a conocerle, pero atesora ordenados con mimo y, tras interminables horas de trabajo, sus viñetas, sus óleos, los diseños de las vidrieras, los anuncios, las imágenes de sus edificios, sus interiores...
Con todo ello, o mejor dicho, con una pequeña parte de la obra de su abuelo, Eduardo Pagola ha conseguido montar álbumes que ha sumado a las publicaciones que con la obra de Lagarde, casi como predecesor de los folletos turísticos que hoy en día atraen a los visitantes a Donostia, editaron en su día con sus imágenes desde el Centro de Atracción y Turismo.
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