Ciclismo | A rueda, por Miguel Usabiaga: el dorsal 51

13.05.2021 | 01:07
Salida de la etapa del Giro desde Modena

Lo he escrito varias veces: el ciclismo es libertad, es una manera de viajar; real, con nuestra propia bicicleta; o imaginaria, poética, a través del movimiento de los corredores, viéndolos en la televisión. Viajar significa visitar nuevos lugares, impregnarse de su vida, de su historia, o descubrir nuevas facetas ocultas en los sitios que creíamos conocer. Y porque pienso así, me cuesta sustraerme de todo aquello que los recorridos de las carreras, del Giro ahora, nos cuentan; de todas las correspondencias que nos ofrecen. Estos días atrás la prueba está metida en los Apeninos y en la lluvia. Una región del centro de Italia que siempre me parece misteriosa, fascinante, con paisajes duros, a veces frondosos, con una vegetación selvática; otras abruptos; y en lo alto de alguna montaña siempre aparece un pueblo colgado, como de cuento. Sin duda, una ubicación pensada en su origen para su mejor defensa de los invasores. Así fue anteayer en Sestola, en ese paisaje al que no falta nunca la guinda de algún castillo. Ayer, descolgándose de esos montes, la carrera llegó al mar, en una etapa que atravesó dos lugares de los que no puedo evitar sus evocaciones.

Salió de Módena, cuna de la casa Ferrari, ciudad que cuenta con un hermoso cementerio nuevo, con planta en forma de raspa de sardina sin carne, obra del gran arquitecto Aldo Rossi, y también la región más roja políticamente de Italia, la Emilia-Romagna. Módena, con las fachadas de las casas en el mismo color, que parecieran asumir así un sentido de agit-prop ideológica. Pero no es así. Su tonalidad obedece sólo al color de la tierra de la zona, como pasa en todo el norte y centro de Italia, tierras con las que se hace el enfoscado de las fachadas de sus ciudades. Amarillo en Florencia, siena en Siena, y rojas en Emilia-Romagna. Entre la bruma de un día lluvioso son frecuentes las nieblas que emergen desde el río Po. Se podían ver durante la etapa, aún, granjas colectivas como las que aparecen en la magistral película Novecento, ambientada y rodada realmente en la zona. Y la carrera también pasó por Rímini, ciudad natal de Marco Pantani, que hubiera quedado en la leyenda como uno de los mejores escaladores de la historia del ciclismo si no se hubiera envuelto en los escabrosos asuntos del dopaje.

La etapa de ayer la ganó Caleb Ewan, un corredor australiano, un bólido, pequeño pero con una potencia descomunal. Viendo sus rasgos, es un aborigen australiano, y su arquetipo físico, me acuerdo de Abdoujaparov, un esprinter formado en la antigua Unión Soviética que ganó muchas etapas en el Tour de Francia durante los años 80. Abdoujaparov era muy parecido a él, bajo de estatura, fornido y muy poderoso. Era uzbeko y con rasgos orientales, que me recordaron a los de Ewan, rasgos no muy comunes en el pelotón. Rasgos que representan que otros pueblos se incorporan al pelotón ciclista y traen un soplo de aire fresco, renovador, y una idea de progreso.

Ayer, en los últimos kilómetros, llegó la desgracia. Primero para el ruso Sivakov, que tuvo una caída atípica. Circulaba por la parte izquierda de la ruta y chocó con las ramas de un arbusto bajo. O no lo vio o no pudo agacharse y pasar por debajo. Era un mal augurio. Como ocurre en los primeros días de las grandes vueltas, las fuerzas están intactas y se disputa a brazo partido cada posición del pelotón, con el riesgo que esto comporta. Más adelante, cuando la energía está mermada, desgastada, esto no ocurre, porque un cierto conformismo se adueña del pelotón, y las fuerzas ya han puesto a cada uno en su sitio. Y poco después de Sivakov se cayó Mikel Landa, chocándose, en ese caso, varios corredores contra una isleta de la carretera. Landa fue el peor parado y tuvo que abandonar. Una lástima, por su salud en primer lugar, y también por la pérdida de sus opciones de victoria en el Giro, cuando en la subida de víspera al colle Passerino se había mostrado el más fuerte, pletórico, siendo el que protagonizó el ataque principal. Landa parece gafado. Ha sufrido ya varias caídas graves en su carrera, como la de la Clásica de Donostia. Y eso que ayer llevaba el dorsal número 51. Una demostración de que no hay que ser supersticioso, de que todo está en la cabeza.

El dorsal 51 cuenta en el ciclismo con el prestigio de la buena suerte. Cuando Eddy Merckx venció en su primer Tour de Francia, en 1969, llevaba ese dorsal. En 1973, Ocaña ganó su único Tour con el dorsal 51, aprovechando la ausencia de Merckx, que declinó presentarse en el Tour, para ganar la Vuelta. En 1975 Merckx perdió la oportunidad de ganar su sexto Tour, siendo derrotado por Bernard Thevenet, que llevaba ese dorsal. En 1978, cuando Bernard Hinault ganó su primer Tour, también llevaba el dorsal 51. Así, sumando estas casualidades, se consagró ese dorsal como el de la fortuna, el de la victoria, lo que ayer desmintió Mikel Landa.

No queremos el landismo, el hombre de los infortunios que emerge de la derrota, cuando todo parece perdido, no. Queremos a un Landa sin landismo, que pueda mostrar su potencial con normalidad, como parecía haber enfocado este Giro.

A rueda

Sumando casualidades, se consagró este dorsal como el de la fortuna, el de la victoria, lo que ayer desmintió Landa, que había enfocado su potencial con normalidad


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