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Lo que vale un peine (de cejas) en los Goya

Tendemos a olvidarnos, como si al final de cada gala los de Men in Black nos metieran un fogonazo, lo que pasa cada año en los Goya

Lo que vale un peine (de cejas) en los GoyaDavid Zorrakino

El chiste se cuenta solo: la gala de los Goya fue tan larga que empezó en febrero y acabó en marzo. Pero sería injusto quedarse solo con eso. La cosa se alargó tres horas y cuarto, 20 minutos menos que el año pasado, presumía Carlos del Amor, el comentarista de TVE, antes de que los ganadores de la mejor peli (ya se puede decir peli) por Los domingos, a punto estuvieran de arruinar la marca. Quizás sea la primera vez que les ponen la musicota de lárguese usted de aquí al premio gordo de la noche, donde ya no estaba Ruiz de Azua, que acababa de recoger el de mejor dirección. Seguro que con ella no se hubieran atrevido porque los Goya siguen siendo muy clasistas en esto de repartir tiempos. 

A lo que iba, tendemos a olvidarnos, como si al final de cada gala los de Men in Black nos metieran un fogonazo (que todo sea dicho, es mejor eso a que Will Smith te calce un bofetón), lo que pasa cada año en los Goya. De lo contrario, no se entienden esas críticas repetitivas de si la gala fue larga o si los presentadores estuvieron desaparecidos, 

Claro que estuvieron desaparecidos, de eso se trata desde hace un tiempo. Que para acortar lo innecesario, unos invitados presenten las categorías y entreguen los 30 premios a otros, rapidito y sin desvariar. Y que los presentadores, que no son tales, sino maestros de ceremonia –esta vez el actor Luis Tosar y la cantante Rigoberta Bandini–, salgan en tres contadas ocasiones a decir sus cosas, en un guion muchas veces mejorable (esta vez no fue una excepción) para que no les echemos en falta el resto de la gala. Y ya con eso estaría la noche hecha.

Los Goya celebraban 40 años y lo emotivo fue ver eso montajes tan chulos y llenos de recuerdos que intercalaron aquí y allá con tantas caras que han abandonado ya este mundo. Memorable el dedicado íntegramente a la grandísima Rosa María Sardà y qué pena que nadie haya conseguido no ya superarla, que será imposible, sino acercarse un poquito a ese nivelazo y saber estar en el escenario.

Las comparaciones son odiosas y más si son con la mejor de las mejores. Así que no se pueden pedir peras a los olmos de Tosar y Bandini. A ellos les dieron para que se apañaran ese peinecito para las cejas y con eso no se puede pretender que acicalen toda una gala. Se buscaba algo más convencional y ellos cumplieron con su papel de correctos presentadores vestidos de domingo y ya. Como las galas de antaño. Y lo mismo pasó con las actuaciones musicales de la noche, que cumplieron con su cometido de trámite en la fiesta sin ser memorables. 

Del otro lado, el técnico, la cosa más o menos estuvo afinada pero se vio demasiado el teleprompter (ya antes de la primera presentación, sabíamos lo que iban a decir) y hasta el cronómetro gigante para que los ganadores se callaran a tiempo. También se les colaron planos absurdos y hasta se fueron a negro (o multicolor con carta de ajuste), y aunque se subtituló (antes de tiempo) las escuetas frases del guion en euskera, gallego y catalán de los presentadores (los Goya se hicieron en Barcelona), no cayeron en hacer lo mismo en los agradecimientos de los premiados, ante la ausencia de rótulos y el silencio del comentarista. En TVE están preparados para traducir el inglés de Susan Sarandon (que le hizo la mejor campaña electoral a Pedro Sánchez) pero no para comentar lo que se ha dicho en las lenguas cooficiales. Qué cosas. Fue el caso de José Ramón Soroiz y Nagore Aranburu, padre e hija en Maspalomas, que quisieron en estos Goyas de respeto a las lenguas propias, dedicar parte de sus agradecimientos en euskera.

Permítame destacar también el emocionante premio a mejor actor de reparto a Álvaro Cervantes (nos quedamos con las ganas de que Kandido Uranga saliera al escenario), con la imponente presencia de esos cinco entregadores defendiendo cada uno a un nominado, una bonita y enriquecedora fórmula que le da un plus y se repitió después con el premio gordo a la mejor película.

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Y siguiendo con las emociones, destacó también el discurso reivindicativo de la actriz revelación Míriam Garlo, primera actriz sorda en ganar un Goya, que agradeció en dos lenguas simultáneas: castellano y la de signos,

Pero al final, los detalles son lo que de verdad importa y, más allá de lo ocurrido en la gala, los Goya ni siquiera propiciaron que Susan Sarandon y María Luisa Solà, la actriz de doblaje que le pone voz en castellano (reconocida el año pasado por Sigorney Weaver y muy mal presentada en el patio de butacas), se conocieran ni al terminar la gala. Parece que los actores de doblaje no importan pese a su relevante papel en tantísimos taquillazos.