"Otra ronda" | In vino veritas

09.04.2021 | 00:31
Mads Mikkelsen vuelve a encarnar al principal personaje de un filme de Thomas Vinterberg y su actuación, como la del resto de sus compañeros, resulta irreprochable en un filme desazonador.

OTRA RONDA (DRUK)

Dirección: Thomas Vinterberg Guion: Thomas Vinterberg Y Tobias Lindholm Intérpretes: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Susse Wold Y Maria Bonnevie País: Dinamarca. 2020 Duración: 116 minutos

Entre sus muchos premios recibidos, a Otra ronda también le hubiera correspondido el de la Concha de Oro del Zinemaldia de no haber concurrido el espinoso relato de Dea Kulumbegashvili, Beginning y de no mediar un jurado que decidió ratificarse en su arriesgada decisión multipremiando a Kulumbegashvili como si al hacerlo así legitimase más y mejor su decisión. Así fue como a Vinterberg le arrebató el premio una directora que como hizo él en los 90, cuando junto a Lars von Trier inventó Dogma 95, opta por el camino de la desolación. No obstante, Otra ronda no dibuja un paseo de flores, bebe para mitigarlo.

Alumbrada como obra teatral escrita por el propio Vinterberg, se cuenta que la propia hija del director y coguionista, Ida Vinterberg, le animó para llevarla al cine. También se relata que Ida iba a debutar como actriz en esta adaptación cinematográfica rodada en su propio instituto cuando falleció víctima de un accidente de circulación.

En el cine de Vinterberg esa línea de sombra que hace muga con lo real ha sido siempre algo confuso. La biografía y la ficción bailan en su obra una danza de difícil discernimiento. Por eso mismo, sus películas supuran tanto dolor y autenticidad. Por eso mismo, en Otra ronda el público nunca sabrá con certeza en qué límite de ebriedad se encontraban los actores a la hora de insuflar vida a sus personajes; cuánto hay de dejarse ir y cuánto hay de mirarse a sí mismos. Como Bergman, Vinterberg transita por el lado de la crueldad y sabe del mismo desconsuelo en el que tanto regocijo encuentra su compañero Lars von Trier. La enorme diferencia entre ellos reside en su posicionamiento moral y en su nivel de aflicción. A un lado, la psicopatía, al otro, el delirio; en uno reina el narcisismo manipulador, en su revés, la angustia del pesimista lúcido. Otra ronda se debe al segundo caso, al del horrorizado grito existencial ante la pérdida de la juventud; o si se prefiere al escalofrío ante la constatación de la inminencia de la muerte.

Una cita de Kierkegaard recorre lo que Otra ronda pretende convocar:"¿Qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido del sueño". Sus protagonistas, un grupo de profesores de un instituto, se enfrentan a ese lamento. Viven rodeados de jóvenes pero ellos se han despertado del sueño. Insomnes y sin amor, puesto que como condena la frase de Kierkegaard, el amor pertenece al sueño, esos adultos terminales cuyas clases provocan aburrimiento, buscarán sublimar sus ruinas buceando en el alcohol. No consta que ningún filósofo lo haya dicho pero resulta inapropiado que sean los jóvenes quienes más se dopen cuando el uso de los psicotrópicos, los estimulantes y la bebida, es decir, las drogas, solo deberían ser cosas para viejos.

Vinterberg, que podría ser descrito como el Takahata de esa Ghibli danesa que es Zentropa, ofrece una filmografía diversa y heterogénea, con altibajos y flaquezas. En ese tobogán, Otra ronda pertenece a la zona noble, la que ocupan títulos como Celebración y La caza. Como ellas cultiva esa capacidad insólita de, como afirma él mismo, "celebrar la vida en un mundo de muerte".

Ese celebrar, en un descendiente de Dreyer, Sjöström y Christenssen, implica provocar al público, aunque este hijo de hippies lo niegue. Su reto consiste en argumentar algo tan contradictorio como la paradójica relación que mantenemos con el alcohol. A partir de la idea de que un nivel de 0,5 gramos de alcohol en la sangre humana mejora sensiblemente sus capacidades y la defensa de que hombres ilustres como Churchill y Hemingway eran gente de trago largo, Otra ronda se adentra en las turbulencias de la decadencia biológica y en el desmoronamiento de la pérdida de la juventud. Todo en medio de un paroxismo que afecta a la condición humana. Esa exacerbación de abrazar la vida la filmó Vinterberg en medio del luto como antídoto contra un irrellenable vacío.