Álvaro Urquijo

"Ahora parece más importante enseñar el culo en Instagram que hacer un buen disco"

'Mi paraíso' es el último trabajo de Los Secretos, una reflexión que conduce hacia una vida más privada y que presentarán mañana en el Kursaal (20.00 horas)

30.01.2020 | 06:22
Imagen promocional de "Los Secretos".

donostia - Más de 40 años de trayectoria y una cantidad innumerable de conciertos después, Los Secretos siguen en la tarima. Regresan mañana a Donostia con el último de sus trabajos, Mi paraíso, donde impregnan de su esencia cada estrofa y cada melodía. Apostaron desde el principio por una marca propia y si han llegado hasta donde están hoy, dicen, ha sido gracias a un público siempre fiel. En la cita, para la que no quedan entradas, habrá espacio, por supuesto, para las canciones de siempre.

Cuarenta años y aquí siguen. Se dice pronto...

-Te puedo decir que lo que para un público como el que tenemos nosotros o el que hemos visto nacer en estos últimos años, a lo mejor es nuevo que una banda lleve 40 años de carrera. Pero la gente que me influenció, como Neil Young o Los Suaves, son muy mayores y hacen muy buena música. No tenemos costumbre de que una banda dure tanto en este país, tal vez porque la industria y el desarrollo de todo lo que rodea a la música ha sido bastante injusto con según qué artistas. Nosotros hemos tenido la suerte de sortear esos baches y llegar con una carrera bastante digna a esta edad.

Desde luego, hoy en día los grupos que surgen raramente logran una trayectoria tan extensa.

-Creo que esto es por la propia economía de mercado. Si tú tienes que vender discos para ser interesante y que alguien invierta dinero en ti... En todos los sectores pasará, pero en la música, que es un arte, parte de la cultura de una civilización, si se mercantiliza existe el riesgo de que muchos artistas que por su valía deberían estar no lo están porque no son comerciales. Quien manda es el público, que es el que demanda y decide qué canciones son las importantes, cuáles van a perdurar y cuáles no. Es cierto que la industria tampoco ha favorecido demasiado, aunque tal vez sea una cuestión más de componente sociológico.

Ahora ha cambiado el concepto. Los músicos vienen y van y la fama es algo efímero.

-Ha cambiado, sí. La inmediatez de la información está condicionando cómo se consume esta información, y aquí caben el cine, la televisión, los videojuegos y, también, la música. Y creo que los tiempos tecnológicos que nos ha tocado vivir tendrán un asentamiento mucho más razonable en unos años. Pero ahora casi es más importante enseñar el culo en Instagram que hacer un buen disco, y esto va unido a la novedad y a la falta de experiencia en cuanto a tratar los nuevos medios. Si lo piensas un poco, no creo que Beethoven pensara en un DVD con una orquesta tocando sus obras en 5.1; tampoco nosotros pensábamos que la música sería algo abstracto y que nadie tendría discos sino que iría todo a una nube. Toda esta adaptación tecnológica al día a día tiene su precio, cuando sobre todo alrededor del músico ha habido un consumismo y un negocio del que muchas veces ni siquiera hemos participado los propios músicos. Por un lado, es normal que una civilización avance tecnológicamente y siempre haya que hacer ajustes, pero el uso novedoso de las tecnologías hace que se destruyan otros valores. Y esto ha pasado en el teatro, en el cine... Y ahora estamos en la época de la hiperlupa, la hiperinformación, y mucha gente se traga cualquier cosa que le dan. Creo que llegará un día en el que ese exceso de información terminará siendo una cosa más normal, donde la magia y la maravilla de Internet pese más que las tendencias. Porque por ahora, en un mundo muy exteriorizado, un mundo de fachada, alguien sin talento puede tener millones de seguidores y montar alrededor de él un negocio que desbanque cualquier interés por las capacidades artísticas. Lo digo porque las discográficas ahora valoran más los followers y las visualizaciones a la hora de contratar a alguien.

Hay que reinventarse, está claro, pero, ¿cómo mantenerse al margen de todo esto y seguir teniendo el mismo éxito que siempre?

-No todo es un campo de rosas, y cuando tienes varapalos en una carrera, como el hecho de que mueran tres miembros de tu grupo y el último de ellos, tu hermano, te da que pensar. Te pones la humildad como traje y empiezas de nuevo, pensando en que lo que te gusta es la música. Nosotros nunca estuvimos en la cresta de ninguna ola, no fuimos abanderados de ninguna movida y ni siquiera teníamos como abrigo el nombre de una moda como el postpunk, el pop u otras etiquetas. Nosotros decidimos ir un poco por libre, pensamos que las canciones eran una obra perfecta donde contábamos una historia antes que pensar cómo vestirnos o si nuestro disco iba a vender más o menos o iba a sonar en una u otra cadena comercial. Esto al principio nos costó muchos disgustos, como que nos echaran de la cadena discográfica o no tener una gran cuenta corriente o pensar que habíamos fracasado como artistas. Pero al tiempo hemos podido comprobar que nuestras canciones nunca cayeron en saco roto, que la gente no se olvidaba de nosotros y que eran las canciones las que tiraban de nosotros cual trineo y estaban espoleadas, no por emisoras de radio ni televisiones, sino por la gente que en sus coches, en sus casas o en sus fiestas ponían nuestra música porque le había ocupado un pequeño hueco en su memoria y en sus recuerdos. Y ese favor del público es el que manda. La transversalidad en generaciones y en estilos te dice que nunca hemos dependido de una generación concreta ni de un estilo concreto, sino que hemos tenido el nuestro.

No se identifican con ningún estilo en concreto pero lo que sí se dice de Los Secretos es que, por lo general, son un tanto melancólicos. ¿Les pesa esta etiqueta?

-Al principio a mí sí me molestaba porque nos lo decían en comparación a una corriente de músicos que venían del extranjero y que rompían con todo lo convencional, que eran agresivos y transversales. Nosotros no siempre tuvimos el favor de las críticas en los sitios de vanguardia porque nosotros no éramos vanguardia básicamente; nosotros teníamos como referentes a a Jackson Browne, los Eagles, Aute, Serrat... Teníamos mucha cultura musical para ser muy jóvenes, y si hacías canciones con guitarras eléctricas o de cuerdas tipo The Byrds, ¿qué iba a decir el crítico de turno de la época ochentera? Que no nos enterábamos de nada y que estábamos fuera de onda. Y eso lo llegaron a pensar los críticos y los directivos de la discográfica que nos mandaron a la calle. Y este tipo de situaciones te pueden servir para dos cosas: o para disolverte y mandar todo a la porra, o para afianzarte más en lo que haces y, con el respaldo del público, seguir. Pero a nosotros nos tildaron de melancólicos porque hacíamos letras parecidas a las que habíamos aprendido oyendo música. Otra cosa es que, paralelamente, hubiera gente que prefiriera un tono más jocoso a la hora de escribir sus textos. Respetando que eso existiera y disfrutándolo también, preferíamos hacer una música más interiorista y emotiva.

Pasando a hablar de este último trabajo que presentarán mañana en Donostia, ¿cuál es, según Álvaro Urquijo, el paraíso de Los Secretos?

-Hay dos paraísos. Por un lado, la maravilla de público que tenemos y la capacidad que nos da este público de hacer lo que queremos porque nos siguen respaldando. Y también un jardín donde sabemos dónde está el público, qué sonido hacer, qué canciones hacer, cómo interpretar lo que es una identidad ya. El paraíso es un todo, una marca, un estilo, una sonoridad, un color de guitarras, un tipo de letras... Ese es nuestro paraíso, que la gente tenga una imagen mental de nuestra música al decir Los Secretos. Es muy difícil que vayas por la calle y le cantes a cualquier persona un trozo de Déjame o Pero a tu lado y no sepa continuarla. Luego, cada uno tenemos nuestro paraíso particular. Yo echo mucho de menos pasar tiempo en casa o me gustaría un planeta mucho más limpio.

En la canción que da nombre a este disco hablan de buscar la puerta de atrás de este paraíso. ¿A dónde conduce?

-Es una forma de escaparte de los momentos que tanto tiempo nos ocupan, de los viajes, de las furgonetas, y estar en tu casa tranquilo, con tu familia, con tu hija a la que apenas has visto crecer. Es una forma de buscar una vida propia, nada más.

Desde entonces hasta ahora, ¿qué permanece?

-Casi todo. La identidad musical y la forma de interpretar esa búsqueda eterna de la percepción, querer hacer las cosas muy bien desde jóvenes... Todo sigue igual, no hemos hecho más que aprender desde entonces.

¿Tiene Álvaro Urquijo alguna canción que recuerde con especial cariño de todas las que han hecho?

-Un montón. Pero quizás por el sentido que ha cobrado con el tiempo, Pero a tu lado. No fue famosa en su año y apenas vendimos aquel disco, pero ahora, sin que haya sido objeto de promoción por ningún lado, es la canción más querida. Y que una canción sola, ella misma, pase del anonimato a ser el número 1 gracias al público le da un espacio especial de afecto. Además de que es una canción que me trae muy bonitos recuerdos.

¿Qué cree que opinaría su hermano Enrique sobre el trabajo que está haciendo ahora el grupo?

-Creo que estaría orgulloso, y si estuviera aquí habría disfrutado mucho de las cosas que hemos hecho, como temas acústicos o colaboraciones con orquestas. Y la independencia que tenemos ahora sin depender de las grandes corrientes también le habría molado, porque en los años 80 eso no era tan fácil, o estabas en el mainstream o no estabas en ningún lado.

Hace poco, al cumplirse los 20 años desde su fallecimiento, dieron un concierto en su recuerdo. ¿Cómo fue?

-Muy emotivo, muy bonito y súper afectuoso por parte de artistas y de público. Eran quince invitados y fue un lujazo. Estuvo muy bien. Cuando las cosas se hacen sinceras, da mucho gusto. Estoy muy contento de que Los Secretos haya colaborado de alguna manera a que no se pierda su memoria y su legado.

Y como hemos empezado hablando del tiempo que llevan sobre los escenarios, ¿aún nos quedan otros tantos años de Los Secretos por delante?

-Tenemos la suerte de dedicarnos a algo que nos apasiona. El único freno que podríamos tener es el rechazo del público o de nuestra propia salud. Pero mientras el cuerpo aguante y tengamos experiencias y sentimientos bonitos que contar, seguiremos adelante. Los conciertos que yo recuerdo con más cariño son de gente mayor de 70 años, como James Taylor o Van Morrison. Así que cuidadito con los viejos.