En un contexto de guerra el horror parece no tener fin; cualquier conflicto bélico, por localizado que sea, o aun siendo de baja intensidad, posee un poder destructivo devastador. La hecatombe provocada por la guerra empieza con las bombas, los disparos o la invasión con tanques y pesada maquinaria bélica, sin embargo, no se detiene ahí, esto es solo el inicio de la desolación.  A pesar del elevadísimo coste de vidas humanas para convertir todo en escombros, el precio a pagar sigue incrementándose. El subsiguiente desabastecimiento de alimentos, agua potable, medicinas y bienes básicos agrava considerablemente las condiciones de salud de la población para terminar segando más vidas, especialmente las de aquellos más vulnerables, como ancianos, niños y enfermos. Todo viene bien para generar caos, destrucción y dolor. Los que se quedan en su lugar de origen apuestan por conservar lo poco que les queda tras la batalla, mientras que los que se van adquieren la categoría de refugiados y sus vidas quedan a merced de la solidaridad y la legislación, que a veces no son suficientes para alivia