Una única salud

El perro de Alcibíades

07.03.2021 | 01:59
El perro de Alcibíades

alcibíades era una estadista, estratega y orador de Atenas, de lealtades cambiantes, que tenía un perro magnífico, bien cuidado, con el que, para envidia y admiración de la gente, solía pasear por el ágora de la ciudad, es decir, por su cogollo. En cierto momento se vio involucrado en un caso de corrupción, convirtiéndose en el protagonista de las acervas críticas de los atenienses y poniendo en peligro su carrera política. Para desviar la atención, en lugar de mudarse de domicilio, como hace Pablo Casado, en contra de lo que recomienda Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales –en tiempos de desolación nunca hacer mudanza–, o Francisco de Quevedo en El Buscón –pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres–, decidió amputar la cola al chucho, de forma que todos los comentarios se centraron en el resultado de la caudectomía, olvidando, de paso, la caja B.

A veces, nos cuestionamos algunos conceptos indiscutibles que aprendimos en Fisiología o Farmacología. Son esos casos de pacientes que, atendiendo a sus circunstancias ambientales, constantes vitales, resultados analíticos e historial, según la Ciencia no podrían seguir vivos y, sin embargo, resisten e incluso superan la adversidad. Los intensivistas cuentan infinidad de ejemplos. La Biología no es una ciencia exacta. Ocurre algo similar con la relación entre el descenso de la curva epidemiológica y la apertura de los establecimientos de hostelería en Euskadi a consecuencia del auto naif de la Sala de lo Contencioso del pasado 9 de febrero.

La propagación del virus se realiza mayoritariamente por aerosoles, lo que implica, por una elemental lógica, que mantener la ventilación adecuada, la distancia entre personas, la protección con una máscara que evite la emisión/recepción de gotitas mediante la voz, toses o estornudos, resultan sistemas efectivos para mitigar el contagio, condiciones todas muy difíciles de observar en un local o terraza hostelera, cuya razón de ser es la relación social mediante la conversación, compartiendo comida y bebida y, a veces, bailando, incluso sobre el mostrador. Obviamente, terrazas y figones son lugares propicios a que las irresponsables conductas de sus clientes favorezcan el contagio. Como medida precautoria, deberían evitarse y permanecer cerrados al público.

Sin embargo, y a los datos oficiales me remito, en muchos lugares, no sólo en la donostiarra calle Matía –todos los pueblos y barrios tienen su calle Matía–, a determinadas horas no se observan esas medidas preventivas y, a pesar de ello, la pandemia, lentamente, remite. Las cifras siguen siendo altas, muy lejos de los 50/60 casos soportables, pero inferiores a fechas anteriores a la apertura por imperativo legal. Soy el primer sorprendido. No encuentro una explicación lógica. Se podrá objetar que, de haberse mantenido el cierre, como ocurre en casi toda Europa, las incidencias habrían descendido más y a mayor velocidad. Es posible. Pero no se puede demostrar.

Aunque los medios públicos de desinformación y propaganda pretendan recrearnos una realidad política ficticia, las vacunas llegan a Euskadi desde Madrid y no en la cantidad suficiente. Nuestra capacidad de decisión se limita a fijar los criterios de distribución y aplicación. A ver si nos enteramos todos, oposición incluida. Y aterrizan, no en las fechas que se pactaron en los opacos contratos entre las farmacéuticas y la exquisita presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, sino cuando ellas deciden en función de sus objetivos. Que nadie piense que la farmafia es una ONG. Son empresas depredadoras que prosperan en el sistema neoliberal que nos rodea. Se aprovechan de la ocasión con el consentimiento tácito de la Comisión.

Durante seis días los desinformativos se refirieron a la vacunación de los centenarios, detallando con entusiasmo desmedido el invento del vacunauto, la única función de un utilitario que no habíamos probado algunos hasta la fecha. Parece que más de la mitad de esos centenarios están "guardados" por ahí, aunque a efectos sanitarios figuran en Euskadi, porque muchos no comparecieron.

Alguien no versado en el trato con ancianos informó a los medios que se les llamará desde Osakidetza para comunicarles el día de la vacunación. Todas las centralitas se bloquearon con llamadas de personas aludidas a las que todavía no habían telefoneado. Nadie ha pensado en la crisis de ansiedad que generan estas afirmaciones muy anticipadas en el tiempo, en un colectivo que lleva un año viviendo asustado por unos desinformativos que diariamente dedican más de 20 minutos a la pandemia, repitiendo machaconamente la propaganda institucional disfrazada de noticia, el recuerdo al sector hostelero, las variantes del virus, los tipos de vacunas y otros detalles técnicos que confunden a la mayoría. Los controles establecidos y las sanciones a los jóvenes infractores de las normas y las entrevistas a paseantes en las que manifiestan, con cara de circunstancias –intuyo que previo cribado–, estar conformes con las iniciativas gubernamentales. Este amarillismo genera miedo, incertidumbre e inseguridad, especialmente en el colectivo diana del virus, los mayores, con algunas facultades mermadas por la edad.

Si la reapertura de los bares no ha supuesto un aumento de los contagios, aplíquese la misma medida con las sociedades gastronómicas, aunque se enfaden los hosteleros. Descartados los jóvenes juerguistas y los taberneros, quizás el LABI deba señalar otro posible culpable para evitar que la mala leche que lleva acumulando la ciudadanía se descargue sobre las autoridades. Me pregunto a quién le cortaría el rabo Alcibíades en este caso.

Hoy, unos guisantes, habitas peladas, alcachofas y espárragos con huevo "descalzado", merluza en salsa verde y fresas. Crianza Marqués de Vitoria. Luego, con la policíaca francesa de ETB-2, que espero no sea repe, un escocés de 12 años. Planazo.

Nuestra capacidad de decisión se limita a fijar los criterios de distribución y aplicación

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