El golpe que fundó el juancarlismo

21.02.2021 | 00:40
Un instante del discurso televisivo de Juan Carlos I en la madrugada del 24 de febrero de 1981, mensaje que se convirtió en icono del juancarlismo.

En la antevíspera del 40º aniversario del golpe del 23-F, este diario publica en primicia un extracto del capítulo que ‘La armadura del Rey’, ensayo de Roca Editorial que sale a las librerías el 18 de marzo, y que se dedica a esta cuestión.

El rey salvó la democracia. Durante décadas esta convicción silenció en España a la prensa, a los políticos y a los intelectuales de todo signo y dio un cheque en blanco a Juan Carlos I, al que, tras su gran labor del 23 de febrero de 1981, nadie osaría molestar ni fiscalizar. La versión oficial se construyó en grandes titulares que se repetían año tras año, engrandeciendo su figura, construyendo con aquella hazaña una armadura que le protegería hasta que cedió la corona. El rey paró el golpe. Casi nadie lo ha cuestionado. Pero existe otra lectura: ¿y si lo que paró fue un golpe que él mismo había puesto en marcha? El estudio de las conversaciones y reuniones que se produjeron antes y después del 23-F ofrece una serie de indicios razonables que, cuando menos, alimentan la sospecha. ¿Fue un golpe€ de efecto? (...)

El "borboneo" y la conspiración

El rey Juan Carlos I eligió a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno para avanzar en la Transición, pero la relación entre los dos se deteriora profundamente en los últimos años de su mandato, sobre todo tras las elecciones de marzo de 1979. El rey no encaja bien que Suárez tome cada vez más decisiones en solitario. Ha sido refrendado de nuevo por las urnas y no necesita la legitimidad de la Corona para gobernar. El rey nota que pierde el control y a la vez se siente controlado. La desconfianza es tal que cuando llama a la Moncloa el presidente no coge el teléfono, y en correspondencia cuando él acude a la Zarzuela se ve condenado a esperas vejatorias, tal como explica Javier Cercas en Anatomía de un instante. En cierta ocasión, Suárez le reprocha que reciba a un ministro francés en la Zarzuela sin su consentimiento y Juan Carlos le responde de malas maneras, según Juan Francisco Fuentes en Adolfo Suárez: biografía política: "El Rey recibe a quien le sale de los cojones".

La tensión social, política y militar va en aumento, en paralelo a la aprobación de los estatutos de autonomía de Cataluña y Euskadi, y las facciones que se resisten a romper con el franquismo se revuelven. En 1980, la crisis económica está desbocada, los atentados de ETA no dan tregua, el malestar en los cuarteles es cada vez mayor y Adolfo Suárez llega a la primavera más solo que nunca.

Los socialistas no le han perdonado la derrota electoral que les ha infligido y sienten que ha llegado su momento. Aunque el 30 de mayo Felipe González pierde la moción de censura contra Suárez por tan solo catorce votos, logra el consenso en casi todo el arco parlamentario de que es urgente sacarlo de en medio. Suárez únicamente consigue los votos de los suyos y no está convencido de pasar la prueba hasta el último minuto. Su propio partido, la UCD, tampoco le quiere.

No solo molesta a los partidos, que ya lo consideran prescindible. También pierde el favor de la Iglesia, el Ejército, las patronales, la prensa y los intelectuales, por citar algunos poderes de peso. Con la llegada del verano de 1980, todos conspiran para sacar a Suárez de la Moncloa, y el rey les abre la puerta de su despacho en la Zarzuela. "Yo recibía a oficiales superiores que deseaban exponerme en privado su punto de vista sobre la situación, como siempre lo he hecho, a demanda suya", le contaba a su amigo Vilallonga.

Escucha quejas y críticas y comparte con todos que el Gobierno de Suárez es un desastre. "A ver si me quitáis a este de encima, porque con este vamos a la ruina", se le escuchó decir en algunas de esas reuniones, según Javier Cercas en Anatomía de un instante.

El rey teme que las críticas y amenazas que ha emitido en contra de Suárez puedan volverse hacia él, pero no tiene ninguna duda de que para salvar la Corona debe cambiar al presidente. De eso le convence todo aquel que pasa por su despacho. Antes de la cuestión de confianza, Felipe González y Manuel Fraga le visitan, y las audiencias se intensifican tras la moción.

Santiago Carrillo acude en tres ocasiones a la Zarzuela en este convulso año 1980, y el líder de los comunistas escucha cómo el rey se queja de Suárez, por su falta de soluciones y por su determinación en impedir un gobierno de coalición. Su lamento es definitivo: "Yo no puedo hacer nada para librarnos de él". Y Carrillo sale pensando, según afirman en sus libros Pilar Urbano y José García Abad: "Si eso el rey me lo dijo a mí, dirigente comunista y conociendo mi afecto personal hacia Adolfo, ¿qué no le diría a un teniente general monárquico como Milans del Bosch, o a un general Armada, con quien tenía toda la confianza del mundo?".

Carrillo da en el clavo. El rey se reunió en no pocas ocasiones con los principales implicados en la intentona golpista, especialmente con el general Alfonso Armada, a quien le unía una estrecha amistad. Armada había sido instructor militar de Juan Carlos cuando este aún era príncipe y después fue secretario general de la Casa Real hasta que sus enfrentamientos con Suárez provocaron su salida. Asumió su relevo Sabino Fernández Campo, y Armada fue destinado a Lleida. El presidente del Gobierno le quería lejos. Sin embargo, sus encuentros con el rey se mantuvieron y durante el invierno cenaban juntos en la estación de esquí Baqueira Beret.

Pero es a mediados de 1980, semanas después de la moción de censura, cuando ambos comentan la idea de apartar a Suárez para dar paso a un gobierno de concentración presidido por un civil o un militar independiente, el mismo general Armada. Las versiones sobre el origen de esta idea difieren dependiendo de la fuente. En el relato que sale de la Zarzuela, Armada envía a Fernández Campo un documento secreto para que lo conozca el rey. Es un informe anónimo, redactado por civiles, que, tras un análisis muy crítico sobre la gestión de Adolfo Suárez, termina con una propuesta: presentar una moción de censura para derribar al presidente y proponer un candidato que inspire más confianza.

Sin embargo, la versión que años después ofrecería Armada al capellán de la prisión de Alcalá de Henares, Mariano del Cid, recoge un matiz importante. Según el relato del cura, recogido por Amadeo Martínez en su libro El libro que nunca existió, el general le reveló que el encargo le fue encomendado por el monarca. "Fue precisamente el rey el que, tras conocer puntualmente los peligros que se cernían sobre España, la democracia y la Corona, me propuso a mediados de 1980 ser presidente de un hipotético gobierno de concentración o unidad nacional a formar con representantes de los principales partidos políticos. Juan Carlos quería, llegado el momento, satisfacer las apetencias de los generales y frenar su descontento por la marcha de la Transición, pero sin poner en peligro la estabilidad monárquica y la legalidad democrática. Yo acepté disciplinadamente la idea. Él prometió facilitarme con urgencia un destino en Madrid y me encargó que hablara con los principales dirigentes políticos y buscara un consenso para poder poner la idea en marcha si la situación nacional no mejoraba y se veía obligado a prescindir de Suárez. También me ordenó que me pusiera en contacto con Milans, del que estaba seguro que se sumaría al proyecto si sabía que tras él se encontraba el rey. Después de las órdenes del rey me puse a trabajar sin descanso y siempre lo tuve puntualmente informado de las gestiones, a través de las frecuentes entrevistas que mantuve con él, sobre todo en diciembre de 1980 y enero y febrero de 1981.»

Posiblemente nunca conozcamos la fuente original de una conspiración con muchos implicados. Entre los señalados también estaba el CESID, dirigido por José Luis Cortina, que sería absuelto en los juicios por el 23-F. Los servicios secretos manejaban desde finales de los años setenta un dosier que recogía "la posible aplicación en España de la Operación De Gaulle, como corrector del sistema desde el propio sistema". Siguiendo el ejemplo francés, que recurrió a una operación militar para forzar el regreso del general De Gaulle al poder, la versión española proponía generar alguna amenaza y así sustituir al presidente por otro sin necesidad de elecciones. En este esquema la amenaza sería Antonio Tejero. Y el resultado, un autogolpe.

Semanas después de la moción de censura, Cortina visita al rey para advertirle sobre el ruido de sables, sobre el malestar de los militares, que podría desembocar en algo más grave. Esto al rey no le suena extraño, pues dos años antes ya se produjo el conato conocido como Operación Galaxia, planeado por Ricardo Sáenz de Ynestrillas y Tejero, un plan frustrado que visibilizó a este último como un posible fichaje para materializar el golpe. (...)

Según relata el excoronel del Ejército de Tierra Amadeo Martínez Inglés, en noviembre de 1980 los capitanes generales Merry Gordon, Campano, Milans del Bosch, Polanco, González del Yerro y Elícegui dirigen un escrito al rey pidiéndole la destitución de Adolfo Suárez en beneficio de la patria. El rey no contesta al escrito, pero habla de forma reservada con algunos de los generales firmantes. En concreto, recibe al general Milans del Bosch en la Zarzuela a mediados de diciembre, como documenta Amadeo Martínez Inglés en El golpe que nunca existió (...)

La ruptura entre el rey y Suárez

Entrado ya el año 1981 y antes del 23 de febrero, el rey Juan Carlos mantiene al menos seis encuentros con el presidente Adolfo Suárez y otros tantos con el general Alfonso Armada. Son unas reuniones a caballo entre Baqueira Beret y Madrid, en las que la relación entre el monarca y el presidente llega a un punto insostenible. Por un lado, el general Armada advierte de la tensión creciente en los cuarteles, y por otro, Juan Carlos termina reconociendo a Suárez que apuesta por un cambio en la presidencia, según relata la periodista Pilar Urbano: "Llega un momento en el que al rey se le calienta la boca. Están discutiendo y dice Suárez: "¿Qué solución hay?". Y dice el rey: "¡Otro presidente!". Y Suárez propone otra solución: "Voy a disolver las cámaras y convoco elecciones€". A lo que el rey responde: "Yo no voy a firmar el decreto de disolución€". Suárez no da crédito: "¿Qué no va a firmar?€ ¡Estaría fuera de la Constitución!". Según apunta Urbano, al quitarse de en medio Suárez ya no hay moción y el plan de Armada no tendría sentido. "Pero a Armada el rey ya le había puesto los patines y ya no se frena.»

Adolfo Suárez dimite el 29 de enero y en principio deja sin argumentos a los golpistas, pero el golpe sigue adelante. Parece que el plan no era quitar al presidente, que ya se había retirado.

En aquellos días, el rey ya no oculta su ruptura con Suárez. El 3 de febrero de 1981, los reyes llevan a cabo su primera visita oficial a Euskadi. La comitiva institucional que les recibe no sale de su asombro ante las duras palabras que sobre el ya expresidente deja caer el monarca a quien se ponga a tiro. Al día siguiente, en la Casa de Juntas de Gernika, los reyes son abucheados.

Concluido aquel viaje oficial, marcado por la tensión, vuelan directamente a Baqueira Beret. Entre picos nevados, el 6 de febrero se produce uno de los encuentros más importantes entre Juan Carlos I y Alfonso Armada. Recién aterrizado en su refugio de esquí, el rey recibe una llamada de Madrid en la que le comunican que la madre de la reina Sofía ha muerto. Sin embargo, el monarca no le cuenta a su esposa el fatal desenlace, lo suaviza y le dice que se encuentra mal tras una operación que no ha salido bien. La reina vuela sola a la capital, y el rey se queda. Tiene una cita que no va a eludir, ni siquiera sabiendo que su suegra ha fallecido. Cena con Alfonso Armada. La velada se extiende hasta pasadas las tres de la madrugada. El contenido de esa larga conversación no ha trascendido, pero es la primera que mantienen tras la' dimisión de Suárez. Desde luego, el escenario ha cambiado y quizás también las estrategias. (...)

Un agujero negro

La versión oficial que durante décadas se ha construido sobre el 23-F ha estado centrada, aniversario tras aniversario, en apuntalar el papel heroico del rey como salvador de la democracia. La imagen del monarca revestido con el aura de la autoridad en un discurso televisado que puso fin a la pesadilla ha sido grabada a fuego en la memoria colectiva. (...)

Las dudas no han hecho más que crecer con el paso del tiempo y con la revelación de algunos comentarios, como el que hizo Sabino años más tarde a José Bono. El exjefe de la Casa Real le contó al exdiputado que "El rey lloró el 23-F cuando escuchó el tiroteo en el Congreso y me dijo que no esperaba tiros. No esperaba disparos, pero€ ¿esperaba algo?». Ante esa pregunta retórica, Bono asegura que no preguntó más, o, al menos, no quiere revelar cómo continúa una conversación que da a entender que el rey tenía conocimiento sobre la posibilidad de alguna acción en las Cortes. (...)

Los teléfonos de la Zarzuela echaban humo aquella noche mientras el país permanecía en vilo. El rey tarda en salir por televisión siete largas horas. Pasadas las diez de la noche, TVE anuncia la intervención real, pero Juan Carlos no termina de aparecer. El discurso se graba al filo de la medianoche, y en ese momento el general Armada se dirige al Congreso. Según Gabeiras, lo hace con la autorización del rey, que le envía con la misión de que Tejero y sus guardias se entreguen, tal como recoge Pilar Urbano en La gran desmemoria. Armada llega buscando un último resquicio para salvar el plan en el que lleva tantos meses trabajando. Le explica a Tejero "su solución», que pasa porque los diputados que tiene encerrados voten como salida a aquel caos un gobierno de concentración cuya composición hace que Tejero estalle. Presidido por el propio Armada, el ejecutivo implica a casi todas las fuerzas políticas, dejando fuera a los nacionalistas vascos y catalanes. La propuesta de un gobierno que incluye a socialistas y a comunistas enfurece a Tejero, que se niega rotundamente a secundar las intenciones de Armada. La doctora del Congreso, Carmen Echave, escucha la conversación tras una puerta y anota la lista de los diecinueve integrantes de ese gobierno.

La lista está compuesta por Felipe González (PSOE) como vicepresidente para Asuntos Políticos, y por el banquero José María López de Letona para Asuntos Económicos. Los ministerios se los repartirían José María de Areilza, de Coalición Democrática, Asuntos Exteriores; Manuel Fraga Iribarne, de Alianza Popular, Defensa; Gregorio Peces-Barba, del PSOE, Justicia; Pío Cabanillas, de UCD, Hacienda; el general Manuel Saavedra Palmeiro, Interior; José Luis Álvarez, de UCD, Obras Públicas; Miguel Herrero de Miñón, de UCD, Educación y Ciencia; Jordi Solé Tura, del PCE, Trabajo; Agustín Rodríguez Sahagún, de UCD, Industria; Carlos Ferrer Salat, presidente de la CEOE, Comercio; el empresario Antonio Garrigues Walker, Cultura; Ramón Tamames, del PCE, Economía; Javier Solana, del PSOE, Transportes y Comunicaciones; el general José Antonio Sáenz de Santamaría, Autonomías y Regiones; Enrique Múgica Herzog, del PSOE, Sanidad, y Luis María Anson, presidente de la agencia Efe, Información.

Tejero aborta el plan y Armada abandona el Congreso derrotado. En ese momento, a la 1.14 horas de la madrugada, se emite el mensaje del rey por TVE. ¿Estuvo el monarca esperando el desenlace? (....)

En 2011, el Congreso desclasificó parte de la documentación de aquella jornada, que sigue bajo el manto de la ley de secretos oficiales. En concreto, un télex que el rey envió a Milans del Bosch pasadas las 2.30 horas de la madrugada, ordenándole que le diga a Tejero que deponga su actitud. A esa hora el monarca ya ha salido por televisión con su famoso discurso y en ese télex incluye una enigmática frase: "Ya no puedo volverme atrás".

"En España no hay sitio para los dos"

El asalto al Congreso concluyó en la mañana del 24 de febrero. Fue una jornada en la que se produjeron, al menos, dos encuentros de gran relevancia.

El primero fue entre el rey y el dimitido presidente Adolfo Suárez, quien cuando sale del Congreso pasa por la Moncloa a darse una ducha rápida y a afeitarse, y sube seguidamente a la Zarzuela. Asegura Pilar Urbano que el contenido del enfrentamiento más duro entre ambos se lo contó Suárez a muy pocas personas, pero siempre con las mismas palabras. Ya entrado el mediodía Suárez encuentra al rey vestido de uniforme en su despacho:

—¡Nos la has metido doblada!

—¿De qué me hablas?

—Hablo de que, alentando a Armada y a tantos otros€ tú mismo alimentaste el "malestar militar"€ les hacías el juego. Con esos consentimientos, que tus visitantes tomaban en serio, has puesto en gravísimo peligro la democracia.

—Pero ¿tú te das cuenta de lo que dices€ y a quién se lo dices?

—¡Sé demasiado bien a quién se lo digo! ¡Esta situación la has provocado tú!

La conversación, reproducida por Pilar Urbano en La gran desmemoria, arranca en este tono y se va tensando, hasta el punto de que Suárez amaga con revocar su dimisión, y el rey alza la voz hasta advertirle de que no hay sitio para los dos en España.

La segunda cita del día es por la tarde. El rey preside la Junta de Defensa Nacional en la que entre militares y altos responsables institucionales queda delimitada la responsabilidad del golpe a los tres hombres que recibirían las más altas condenas: Tejero, Armada y Milans. Según relató a El País Francisco Laína, que asumió las funciones del Gobierno durante el 23-F, en aquella Junta el rey lloró al constatar la situación de Armada. Laína puso una cinta con las conversaciones que Tejero mantuvo aquella noche con otro de los golpistas condenados, Juan García Carrés. Se le escucha decir a Tejero que "Armada ha venido al Congreso porque lo que quiere es la poltrona y le da igual una junta militar que un gobierno con comunistas. Le he echado de aquí". Al escuchar la cinta, al rey se le humedecieron los ojos, inclinó la cabeza, se tapó la cara con una mano y al retirarla Laína pudo ver cómo le caían dos lágrimas por las mejillas. Sacó un pañuelo y se secó los ojos.

El cese de Milans se aprobó en la Junta de Defensa y al día siguiente se concretó el arresto de Armada.

Luz verde a la armadura del rey

Cuatro días después del 23 de febrero, miles de personas se echan a la calle para celebrar en una gran manifestación que todo ha quedado en un susto. La gente grita "¡Viva el rey!", proclamando un entusiasmo por el monarca que no se había visto desde que fue coronado por Franco. En el Congreso, los diputados ovacionan al monarca, aprueban mociones en su defensa, le lanzan entusiasmados vítores. Ese año Juan Carlos de Borbón llega a estar nominado al Premio Nobel de la Paz por la "decisiva intervención del 23-F», que ya nadie cuestionaría en las próximas décadas. El proceso judicial que se celebró un año después se encargaría de asentar la narración oficial para la posteridad. (...) La prensa apuntala la versión oficial de la historia.

Es llamativo que de los 288 hombres que participaron en el asalto al Congreso solo treinta y tres fueran procesados; además, once fueron absueltos, entre ellos el comandante del CESID José Luis Cortina. La mayor parte de las condenas fueron menores, de entre uno y tres años. Tejero y Milans pagaron el precio más alto con treinta años, mientrasque Armada solo fue condenado por el Consejo Militar a seis años de prisión. El Tribunal Supremo elevó las penas, pero salvo Tejero, que cumplió quince años de cárcel, ninguno de los condenados pasó demasiados meses entre rejas. Armada fue indultado en 1988 por el Gobierno de Felipe González.

El rey pudo mediar para que el grupo que se sentó en el banquillo y las condenas que recibieron fueran lo más leves posibles. En 2012 Alemania desclasificó documentos del departamento de Exteriores germano que revelaban una conversaciónque apuntaba en esa dirección. El despacho 524 recoge una reunión privada entre el rey Juan Carlos y el embajador alemán Lothar Lahn el 26 de marzo de 1981, en cuyo encuentro el rey "no mostró ni desprecio ni indignación frente a los actores, es más, mostró comprensión, cuando no simpatía". El diplomático alemán sostiene que el monarca español defendió que "los cabecillas solo pretendían lo que todos deseábamos, concretamente la reinstauración de la disciplina, el orden, la seguridad y la tranquilidad". Según el mensaje enviado por el embajador Lahn a Berlín, el rey le habría confesado que trataría de influir en el Gobierno y los tribunales para evitar un castigo severo a los golpistas, ya que estos "solo pretendían lo mejor". Es una declaración de intenciones reveladora que solo hemos podido conocer al desclasificar Alemania estos documentos, porque en España buena parte de los papeles y de las grabaciones del 23-F, además del sumario del juicio, siguen siendo secretos.

En cualquier caso, la revelación no tuvo mayores consecuencias y la Casa Real despachó el asunto argumentando que "el papel y la actuación del rey durante el 23-F están ya consolidados por la historia, y el modo decidido y determinante como actuó en defensa de la democracia es conocido por toda la sociedad española y en todo el mundo».

Este es el mensaje que ha servido para tapar críticas, para frenar cualquier publicación sobre un rey que después de hacer su gran servicio a España pidió que le dejaran tranquilo. De hecho, el mismo 24 de febrero, cuando el rey se reúne con Suárez, Felipe, Fraga y Carrillo, les expresa su deseo de no tener que volver a intervenir en la vida política. Y los principales dirigentes del momento asumen que al rey no habrá que molestarle en los próximos tiempos. Se trata de una idea que compartirán los medios de comunicación y con la que se empieza a construir la armadura que en adelante le hará impenetrable. Puede que nunca se conozcan los secretos del 23-F, puesto que algunos de los protagonistas ya no están y otros nunca hablarán.

El juicio trató de construir una versión oficial que establecía que Tejero, Armada y Milans iban de la mano. Tejero fue el cabeza de turco, el que más tiempo pasó en la cárcel, y siempre sostuvo que actuaba a las órdenes del rey. No podemos saber si era cierto o si se lo hicieron creer, porque Armada y Milans están muertos. La cuestión es que Armada acudió al Congreso para ser presidente, y si Tejero no llega a frenarle, podría haber salido de allí como salvador de la democracia. Igual que el rey. Pero a Armada le salió mal la jugada y pagó el fracaso.

Sin embargo, aquella estrambótica maniobra significó la consolidación de la Corona en manos de Juan Carlos I y sentó las bases para que nadie en las décadas siguientes pensara siquiera en discutir nada sobre él.

Fue un golpe de efecto, sí. Pero ¿planificado o bien aprovechado?

Existe otra lectura: ¿y si lo que paró el rey el 23 de febrero de 1981 fue un golpe que él mismo había puesto en marcha?

Las dudas no han hecho más que crecer con el paso del tiempo y con la revelación de algunos comentarios, como el que hizo Sabino a José Bono

El rey pudo mediar para que el grupo que se sentó en el banquillo y las condenas que recibieron fueran lo más leves posibles

Aquella estrambótica maniobra sentó las bases para que nadie en las décadas siguientes pensara siquiera en discutir nada sobre él