La crítica de "La tarta del presidente (Mamlaket Al-Qasab )": Sin parpadeos
Dirección y guión: Hasan Hadi.
Intérpretes: Baneen Ahmad Nayyef, Sajad Mohamad Qasem y Waheed Thabet Khreibat.
País: Irak.
Año: 2025.
Duración: 105 minutos.
Hasan Hadi ubica su primer largometraje en su tierra de origen y parte de sus propios recuerdos infantiles. O sea, ha rodado en las marismas de Mesopotamia, en el origen de la humanidad. Allí, entre los arrabales y Bagdad, acontece esta película. En la ciudad escenario principal de Las mil y una noches, en uno de los escenarios donde Sherezade hablaba de buscavidas de miseria y califas de lujo y lujuria. Allí, Hasan Hadi coloca su cámara tras una niña que deambula en busca de huevos, harina, levadura y azúcar. Los cuatro fundamentos esenciales de la repostería; cuatro ingredientes que devienen en metáforas de la supervivencia en un periplo tenso y amenazador. Un recorrido que muestra casi todo sin apenas decir palabra.
Dirección y guión: Hasan Hadi.
Intérpretes: Baneen Ahmad Nayyef, Sajad Mohamad Qasem y Waheed Thabet Khreibat.
País: Irak.
Año: 2025.
Duración: 105 minutos.
El relato de La tarta del presidente acontece en los años 90, en medio de bombardeos americanos sedientos de sangre iraquí y en plena algarabía idolatradora de un sátrapa egomaníaco. No hay rincón que no albergue una imagen de Sadam. No hay recoveco ajeno a la insana megalomanía del estúpido dictador.
La pequeña odisea de Lamia, la niña protagonista de lo que aquí se narra, tiene lugar en los días anteriores al 28 de abril, día del cumpleaños del amado líder aupado y acosado por los demócratas yanquis. Concebida como un gesto conciliador, como un retorno terapéutico a su propia biografía, Hasan Hadi que vive ahora en EEUU como profesor de cine en la Universidad de Nueva York, quiso levantar su primera película recorriendo las huellas del lugar donde nació.
Un aviso: nada en este filme, aparentemente sencillo, engañosamente ingenuo, debe mirarse con ligereza o desdén. En La tarta del presidente no sobra nada. Nada acontece porque sí, ni nada debe interpretarse con suficiencia. Vemos tanta basura Netflix, tanta inmundicia escópica en las mil y una plataformas, que corremos el peligro de despreciar las virtudes de lo que, como esta fábula terrible y oscura, nace como una voz interior para gemir desde las entrañas.
Hadi se comporta con la misma actitud con la que los pioneros del neorrealismo italiano cambiaron el relato cinematográfico. Como ellos, rueda en exteriores, se mueve entre ruinas (en este caso han pasado tres décadas, pero las cicatrices del horror en Irak continúan vivas), y busca en el protagonismo de los niños, un antídoto que nos redima ante el derrumbe moral que sacude a la población adulta. En el paisanaje que su relato muestra, la corrupción ahoga, la perversión duele y el egoísmo mata. Hadi, no obstante, sublima el comportamiento honesto de algunos adultos: el cartero, la abuela... Con ellos, su texto argumental se llena de ecos imperecederos, con referencias reconocibles de gentes como el Erice de colmenas y el Kiarostami de las cerezas. Por si quedan dudas, cuando pudo afrontar la realización de esta película llena de actores que no lo son, habitada por gentes de verdad, de tierra y agua, llamó en su ayuda como director de fotografía a Tudor Vladimir Panduru. Panduru, artífice de algunas de las mejores películas de gentes como Cristi Puiu, Cristian Mungiu y Nana Ekvtimishvili & Simon Groß. refuerza la idea de que aquí se abrazan dos de las cinematografías más notables de los últimos treinta años: la iraní y la rumana. Para el cine iraquí, tan cerca y tan lejos del iraní, este filme ha significado la primera vez que una película de la antigua Mesopotamia gana en Cannes. Doble premio, el de ópera prima y el del público; o sea un puente feliz que pone de acuerdo las opiniones del jurado, del público y de la crítica.
Por lo demás, bajo la aparente fragilidad de su historia, sin estridencias ni aspavientos, la película de Hadi evidencia un profundo conocimiento de la esencia del cine, de un cine que aspira a palpar emociones auténticas. En su última secuencia Hadi hace que los dos niños protagonistas jueguen al reto de aguantar la mirada sin parpadear. Como es sabido, la fusión crítica del parpadeo, esa respuesta física del ojo humano a la impresión de la luz, constituyó el ADN de la creación del cinematógrafo. De esa fuente primigenia, en la ciudad de los cuentos, se sirve Hasan Hadi para recordar que la violencia y la guerra siempre se cobran las mismas víctimas. En este caso, desde la tierra, donde el demonio de Husein hacía la vida imposible; desde el cielo, donde los ángeles de la venganza norteamericanos sembraban el apocalipsis sin reparar en daños colaterales. Siempre la misma historia, el eterno agravio por el que los verdugos derraman la sangre de las víctimas para quienes no hay ni cielo ni tierra.