El calor frente al sistema inmune

17.08.2021 | 11:10
Se considera suficiente exponer nuestras manos, antebrazos y piernas sin protección durante 5-10 minutos al mediodía o 30 minutos por la mañana o por la noche.

La prevalencia de algunas infecciones respiratorias tiene variaciones estacionales, disminuyendo principalmente en verano, mientras que otras, como el SARS-COV-2, no se ven tan afectadas. Tanto en invierno como en verano es importante prestar atención a los aspectos que puede afectar a nuestro sistema inmune

El sistema inmune es una red compleja de distintos tipos de células especializadas que trabajan juntas para combatir infecciones. Aunque es en invierno cuando más foco de atención se pone en el sistema inmune y en cómo protegerlo de la bajada de temperaturas, es importante tener en cuenta que el calor y las altas temperaturas del verano también afectan e interfieren en la salud. El equipo científico de la plataforma online de análisis de sangre Melio explica los puntos clave de por qué algunas enfermedades tienen variaciones estacionales y qué aspectos del verano hay que tener en cuenta para cuidar nuestro sistema inmune.

Más tiempo en el exterior

El aumento de tiempo en interiores o el periodo escolar son hábitos que pueden explicar por qué algunas infecciones son más comunes en invierno. La pandemia de Covid-19 ha hecho que todas las personas sean conscientes del efecto que tiene el hacinamiento en la transmisibilidad de enfermedades respiratorias infecciosas. Ahora que estamos en pleno buen tiempo debemos aprovechar para realizar más actividades al aire libre. Sin embargo, estas variaciones en la prevalencia de las enfermedades también se observan en animales que no comparten los comportamientos humanos de la época invernal, lo que lleva a pensar que hay otros factores implicados.

Aire frío

Virus respiratorios como la Covid-19, la gripe o los virus del resfriado sobreviven mejor en ambientes fríos y húmedos, ya que su estructura es más inestable en temperaturas altas y el aire seco. Por otra parte, el frío parece tener un impacto en nuestro sistema inmune y en su capacidad para combatir las infecciones, tanto en las respuestas celulares como en las humorales (mediadas por anticuerpos). Tras varios días de exposición al frío, también se observa una mayor producción de citoquinas proinflamatorias, pequeñas proteínas que facilitan la comunicación intercelular y activan la respuesta inflamatoria.

Además, el aire frío disminuye la movilidad de los cilios respiratorios, que son estructuras en forma de pequeños pelos presentes en gran parte de nuestro tracto respiratorio y que se encargan de arrastrar continuamente la mucosidad junto con el polvo y los patógenos hacia la nariz, expulsándolos fuera del cuerpo o hacia nuestro tracto digestivo. Debido al aire acondicionado, en verano tampoco nos libramos de los inconvenientes del aire frío, siendo incluso aún más perjudicial cuando el cambio de temperatura se produce de una manera brusca. Debemos intentar no poner el aire acondicionado a máxima potencia y evitar que nos incida de manera directa.

El estrés térmico por calor debilita el sistema inmune

El estrés térmico por calor aparece cuando el cuerpo no es capaz de deshacerse del exceso de calor, aumentando la temperatura corporal y la frecuencia cardíaca, y puede ocurrir después de una exposición prolongada a un calor intenso, como durante una ola de calor. Estudios realizados en animales demuestran que el estrés térmico por calor puede repercutir en la capacidad del sistema inmunitario para combatir las infecciones y generar una respuesta eficaz a la vacunación. Las vacunas se han convertido en un arma esencial en la sociedad para combatir muchas enfermedades, por lo que si estos resultados se extrapolan a personas, podrían indicar que es necesario evitar la exposición a altas temperaturas durante largos periodos de tiempo, en especial después de la vacunación.

La falta de sueño nos hace más vulnerables a los virus

Si las noches de verano son muy calurosas pueden dificultar la calidad del sueño. Una función inmunitaria óptima requiere un sueño adecuado, ya que las personas que no tienen un sueño de calidad o que no duermen lo suficiente son más propensas a enfermar tras exponerse a un virus, como el del resfriado común. No se han dilucidado todos los mecanismos bioquímicos y fisiológicos por los que la privación del sueño afecta a la función inmunitaria. Algunos están relacionados con cambios en la producción de citoquinas (moléculas de señalización inmunitaria) y con cambios en las hormonas del ritmo circadiano (cambios físicos, mentales y de comportamiento que experimenta un cuerpo en 24 horas).

Tanto las citoquinas como las hormonas (cortisol, hormona del crecimiento, etc.) afectan a la interacción entre las células presentadoras de antígenos y las células T helper, un proceso necesario para la formación de la memoria inmunológica. Además, la privación del sueño puede afectar a la adhesión de las células T a las células infectadas por virus o a las células cancerosas, debido a un aumento de la adrenalina y la noradrenalina.

La vitamina D influye en la función inmunitaria

A pesar de que la función principal de la vitamina D es regular la cantidad de calcio y fósforo, también es importante para la función inmunitaria. Unos niveles bajos de vitamina D pueden aumentar el riesgo de infección de enfermedades respiratorias (incluido la Covid-19) y autoinmunes. Nuestro cuerpo produce vitamina D cuando la piel se expone a la luz solar, pero debido al estilo de vida moderno (pasar demasiado tiempo en interiores y cubrir nuestra piel), la deficiencia de vitamina D es muy común incluso en países soleados como España.

A pesar de que los protectores solares con factor de protección solar muy altos pueden bloquear la síntesis de vitamina D, no se recomienda poner en peligro la piel para obtener la dosis óptima de vitamina D. Se desconoce el tiempo exacto de exposición al sol necesario para satisfacer las necesidades diarias, ya que depende de muchos factores, como el tipo de piel, la hora del día, la estación del año y la latitud en la que se encuentre. En general, se considera suficiente exponer nuestras manos, antebrazos y piernas sin protección durante 5-10 minutos al mediodía o 30 minutos por la mañana o por la noche.

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