Vacío sideral

29.10.2021 | 00:07
Vacío sideral

LA CRÓNICA FRANCESA (THE FRENCH DISPATCH)

Dirección: Wes Anderson. Guion: Wes Anderson. Hª: W. Anderson, R. Coppola, H. Guinness. Intérpretes: Benicio del Toro, Frances McDormand, Jeffrey Wright y Adrien Brody. País: EEUU 2021. Duración: 108 minutos.

Imposible encarar la percepción de esta crónica sin mojarse del todo. No se merece el insulto de dedicarle ejercicios de equilibrio, al estilo de sí pero no. La crónica francesa de Wes Anderson se presenta como una obra total, una especie de culminación de quien todo lo existente le resulta convencional e incómodo. Wes Anderson no solo ha permanecido fiel a su ideario estilístico, sino que película a película, peldaño a peldaño, lo ha sublimado hasta hacer de sí mismo algo totalmente distinto a los demás. De eso va este suma de historietas o esta reunión de actores y actrices excéntricos. Ninguno de los que aparecen en este filme se permitirían la vulgaridad de ser discretos, moderados ni sencillos. Lo suyo es la radicalidad aunque con ella estallen en mil pedazos.

 

El último filme de Anderson ya no se muestra susceptible de ser aceptado como producto de la modernidad. Ha dinamitado el relato. No es sino la madre de todas las coreografías a cargo del coreógrafo más disparatado del siglo XXI. Y, en consecuencia, su vehemencia en la heterodoxia le supone el naufragio del público masivo. En realidad, nunca fue ese su territorio aunque sus productos sean cada vez más monumentales.

Articulado a través de diferentes relatos y un epílogo, lo que provoca la inevitable tentación de comparar a unos contra otros, La crónica francesa ratifica la tendencia suicida de Wes Anderson, un raro vocacional, un outsider alienígena que no está dispuesto a convertirse en producto de éxito. Aparentemente fallida, esta pieza de orfebrería, más preocupada por el poderío visual que por su contenido; aparenta extravagancia pero cultiva el agridulce sabor de lo extraordinario.

Con referencias que homenajean el inequívoco sabor del New Yorker y con un desfile de estrellas exóticas, Anderson perpetra su propia autodestrucción. Como un Saturno que devora a sus propios hijos, este filme trata de convocar al caos con la coartada de un inclasificable humor. No es fortuito que Anderson queme sus naves bajo el conjuro de Francia. No ignora que todo final aspira a encontrarse con su principio. Y como es sabido, el cine vino de París.

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