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22 de febrero: el día que se 'ilumina' el templo egipcio de Abu Simbel

Cada 22 de febrero, desde hace miles de años, se produce un milagro en el gran templo de Abu Simbel, en Egipto: Ra, el sol de los faraones, penetra en el santuario e ilumina el rostro de Ramsés II, que preside el altar principal. El fenómeno es un prodigio de precisión

22 de febrero: el día que se 'ilumina' el templo egipcio de Abu SimbelBegoña E. Ocerin

Hay dos fechas al año en que Ra, el dios del sol, rinde culto a Ramsés II iluminando su estatua del interior del templo de Abu Simbel: el 22 de febrero y el 22 de octubre. Los asombrados ojos de los visitantes asisten entonces a la maravilla: los rayos entran al alba por toda la longitud del templo e iluminan durante unos veinte minutos las cuatro imágenes que vienen a formar lo que podríamos llamar el altar mayor.

Estas fechas tienen en la actualidad el desfase de un día, ya que las originales, el 21 de febrero y el 21 de octubre, correspondieron a los siglos en que el templo estuvo a un nivel inferior, en su primitivo emplazamiento a orillas del Nilo, y representan los aniversarios de nacimiento y coronación del faraón. El efecto es de una espectacularidad tan aplastante que motiva la pregunta clave: ¿Cómo fue posible semejante control de los rayos solares hace miles de años?

Turistas en la entrada de Abu Simbel.

Un hombre excepcional

El artífice del conjunto monumental de Abu Simbel fue Ramsés II, un faraón fuerte y guerrero que vivió entre los años 1279 y 1213 antes de Cristo. No sólo fue un gran luchador, porque todo apunta a que también ejerció como galán. Se casó en ocho ocasiones, siendo Nefertari su esposa favorita, con la que tuvo al primogénito y cinco vástagos más. Se calcula que fue padre de más de un centenar de hijos e hijas, según se deduce de las inscripciones existentes en las paredes del templo, un formidable edificio en cuya construcción utilizó como mano de obra a los nativos de la gran provincia de Nubia.

Ramsés II supo reunirse de un grupo de grandes arquitectos con los que diseñó Abu Simbel, una de las obras más emblemáticas del antiguo Egipto junto con las pirámides. Los templos, situados a 280 kilómetros al sur de Asuán y a 40 al norte de la frontera sudanesa, fueron excavados en una colina rocosa situada a orillas del Nilo. El primero de ellos tiene en su fachada cuatro monumentales estatuas del mismo faraón de 20 metros de altura, una de las cuales sin su zona superior, a causa de un terremoto que sacudió a Egipto en el año 27 a. de C.

Ramsés II en la batalla de Qadesh, según un relieve en el interior de Abu Simbel.

La bella Nefertari

El legendario faraón, con mirada serena, se muestra sentado, con sus piernas rodeadas de otras figuras más pequeñas que representan a algunas de sus esposas e hijos. Según algunos historiadores, el monumento, compuesto por el gran templo consagrado a Ramsés II como dios, y el menor dedicado a Nefertari, su esposa y reina principal, era una advertencia a los pueblos sureños que frecuentemente hacían incursiones contra el gran poder faraónico.

La palabra Nefertari significa en egipcio la bella entre las bellas. Posiblemente se ganó el corazón de Ramsés II con su gran atractivo, aunque por encima de esta condición siempre brilló por su inteligencia, circunstancia ésta que el faraón tuvo muy en cuenta y supo aprovechar. Fue su favorita y la más querida, motivo por el cual ordenó a sus arquitectos construirle este templo que los egipcios utilizaron como el centro principal de la religión en Nubia.

Nunca antes la esposa de un faraón había sido retratada en la fachada de un templo con las mismas dimensiones que las estatuas de su esposo que flanqueaban la suya. Evidentemente fue un acto de amor de Ramsés II hacia la más amada de sus esposas, inmortalizado en piedra para que su recuerdo perdurara a través de los siglos.

Traslado de uno de los rostros de Ramsés II.

La precisión de una obra

Si las pirámides son un prodigio de precisión, el gran templo de Abu Simbel no le va a la zaga. Su construcción primitiva se realizó con tal exactitud que en dos momentos determinados del año iluminaba los rostros de las cuatro figuras que estaban en una especie de altar situado a unos sesenta metros de distancia en línea recta: Ramsés como dios, Ra, Amon y Ptah.

El templo mayor, con cuatro estatuas colosales de Ramsés II en su fachada, data de 1290-1294 a. de C. La delineación del edificio estaba dispuesta para que el milagro, como se lo plantearon los arquitectos al faraón, sólo ocurriera en dos fechas tan concretas como eran los aniversarios de su nacimiento y su coronación. Cuando Ramsés II vio el resultado de la obra quedó perplejo, sobre todo al comprobar que el fenómeno se repetía año tras año en unos días tan señalados para él. Era otra forma de pasar a la historia que le recordaría por sus hazañas bélicas.

Cúpula que mantiene el actual monumento de Abu Simbel.

Para satisfacer el ego del faraón, sus arquitectos decoraron las paredes interiores del gran templo con episodios de su vida considerados ya entonces como míticos. En una de ellas se representa la batalla de Qadesh que se libró en 1274 a. de C. en la frontera de Líbano y Siria entre el ejército hitita, comandado por Muwattalli, y el egipcio, al frente del cual estuvo el mismísimo Ramsés II al que se le distingue fácilmente montado en un carro de combate.

A pesar de que, según se dice, es la batalla más documentada de la época, gracias a las aportaciones dejadas por ambos bandos, su resultado a favor del faraón resulta discutible por haber terminado la contienda con la firma de un tratado. Posiblemente cada bando se adjudicó una parte del triunfo, aunque los egipcios supieron vender mejor su participación. De lo que no hay duda es que la de Qadesh pasa por ser la más célebre contienda de la historia de Egipto con la intervención de unos seis mil carros de combate.

En el gran templo también se puede ver la estela de los esponsales, que representa la boda de Ramsés II con una princesa hitita. 

Situación primitiva de los templos de Abu Simbel a nivel del Nilo.

El milagro de la ingeniería moderna

Uno de los grandes logros del moderno Egipto fue la construcción de la gran presa de Asuan, que regula los crecimientos del Nilo. Se construyó entre los años 1958 y 1970 de nuestra era, con ingeniería soviética y mano de obra egipcia. Su puesta a punto motivó la creación de lo que se dio en llamar el lago Nasser en honor del presidente al que se debió su realización.

El dique es de obligada visita. A los interesados en ingeniería, poco habrá que decirles; a los curiosos en general, recordarles que el Nilo es la única fuente de agua que existe en Egipto y que gracias a esta obra se satisfacen las necesidades de agua de sus ochenta millones de habitantes, se riegan cinco millones de hectáreas y se produce gran parte de la electricidad que consume el país.

Sin embargo, semejante concentración de agua alteró la forma de vida en aquella zona y muchos poblados se vieron anegados por lo que fueron trasladados de lugar. La subida de nivel que produjo el crecimiento de aguas hizo peligrar el conjunto monumental de Abu Simbel. La perspectiva de su desaparición impulsó a la UNESCO a organizar una campaña de salvación en la década de los años 1960 que tuvo una resonancia universal. El mundo entero reaccionó ante tal situación y el caso se convirtió en símbolo de toda una campaña para el salvamento de cuantos templos de Nubia se encontraban en circunstancias semejantes.

Se realizaron numerosos estudios para trasladar aquellos monumentos sin que su estructura sufriera lo más mínimo. Evidentemente era todo un reto para la arquitectura y la ingeniería modernas dada la quebradiza caliza en el que había sido esculpido y el lugar primigenio donde se encontraba.

Entre el 10 y 12 de junio de 1963, el gobierno egipcio dio su definitiva aprobación al proyecto de preveía una remodelación total de la masa rocosa, el corte del templo en muchos bloques y la consecuente recomposición en un lugar situado en un nivel más alto. La operación de salvamento fue una frenética lucha contra el tiempo. Los trabajos de traslado empezaron en abril de 1964. Fue una obra tan colosal como la primera, solo que a ambas les separaban miles de años y técnicas totalmente diferentes.

Sesenta y cuatro metros en vertical separaban el primitivo emplazamiento de los templos y el nuevo. La falsa montaña de hormigón recubierta de arena que se creó constituye todo un prodigio de ingeniería. Su magnitud se comprueba visitando la exposición de fotografías que representan todo el proceso. La muestra aprovecha los espacios libres que quedaron entre los templos y la media naranja que los protege. La enorme cúpula puede ser recorrida por una pasarela que la rodea. Si tiene interés, y créame que merece la pena, lo puede conseguir accediendo por una pequeña puerta lateral. Prepare unas monedas para el baqshish (propina) correspondiente.

Los trabajos terminaron el 22 de septiembre de 1968, cuando las aguas del Nilo ya empezaban a penetrar en los templos. Se cumplieron los plazos y también la promesa de Ra, el dios sol, de bendecir a Ramsés II filtrando sus rayos hasta el extremo interior como hacía tres mil años. El fenómeno, que algo tiene que ver con los solsticios, se volverá a producir en la madrugada del 22 de febrero.

Litrografía de David Roberts del interior del gran templo.

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El descubrimiento de Abu Simbel

El primer europeo en ver Abu Simbel desde la Antigüedad fue el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt, quien en 1813 halló el templo prácticamente cubierto de arena. Tiempo después, el paduano Giovanni Battista Belzoni, célebre por su gran corpulencia y su libro Viajes por Egipto y Nubia, dejó expedita una entrada. Cuando su fachada quedó libre se convirtió en uno de los principales atractivos de los cruceros que surcaban el Nilo. David Roberts, célebre por sus litografías sobre el antiguo Egipto, describió este templo como el más notable, aunque prácticamente sepultado por la arena del desierto.