Santoña
Santoña es una lección imborrable para los nacionalistas vascos de toda época
En el libro Ajuriagerra, el Hermano Mayor, Eugenio Ibarzabal recoge una frase de Orwell que resume a la perfección lo que ocurrió en Santoña en 1937: “Hay que apoyar lo malo frente a lo peor”.
El denominado Pacto de Santoña es un episodio oscuro y ambiguo que ha sido utilizado sistemáticamente para deslegitimar al Partido Nacionalista Vasco. Sin ir más lejos, el propio Javier de Andrés, presidente del PP vasco, exigió recientemente al lehendakari Pradales que pidiera perdón por “la deserción y el abandono a la República española en Santoña en 1937”.
La tesis de determinados autores de extrema izquierda es que EAJ-PNV cometió un acto de traición a la República española al pactar una salida particular a espaldas del Gobierno republicano, provocando la caída del frente del norte.
Por otro lado, la tesis de autores de la derecha viene a decir más o menos lo mismo. Así, Carlos M. de Olazábal, parlamentario del Partido Popular, afirma: “El Pacto de Santoña fue una traición en toda regla al Gobierno de la República”. No obstante, llama poderosamente la atención que la tradición política más ligada al alzamiento fascista contra el Gobierno republicano acuse a EAJ-PNV de traición precisamente a dicho Gobierno.
Cuando los extremos se ponen de acuerdo en mantener la misma tesis es porque, en el fondo, comparten un mismo marco: que en la Guerra Civil estaba en juego la victoria, en España, del fascismo anticomunista o del comunismo antifascista. Cualquier posicionamiento que se ubicara fuera de ese marco (geográfico e ideológico), más allá de resultar extremadamente incómodo, merecía la calificación de traidor sin ambages.
Para la derecha fascista española resultaba muy incómodo un Partido Nacionalista Vasco democrático y ligado al catolicismo; y a la izquierda revolucionaria española le resultaba muy incómodo un nacionalismo vasco antifascista y humanista. Para ambos resultaba inadmisible un EAJ-PNV de obediencia vasca y solamente vasca. Por eso, sus herederos políticos simplifican de un modo idéntico un episodio extraordinariamente complejo, con el objeto de ensuciar el comportamiento de las y los nacionalistas vascos en un momento crucial de la historia de nuestro pueblo.
Pero la realidad no es tan sencilla ni lineal. Sin echar balones fuera ni atribuir a otros la responsabilidad de las decisiones extraordinariamente difíciles que los principales dirigentes de EAJ-PNV asumieron en aquellos tiempos, es importante subrayar una serie de factores fundamentales que nos ayudan a establecer adecuadamente el contexto.
En primer lugar, la Guerra Civil en Euskadi constató una tremenda desigualdad de medios militares entre los dos bandos, a consecuencia del sistemático incumplimiento del Acuerdo de No Intervención en España −de agosto de 1936− por parte de Alemania e Italia (también de la Unión Soviética en mucho menor grado), y por el embargo que de facto sufrió la República por parte, por ejemplo, de EEUU o del Reino Unido. Este desequilibrio dificultó extraordinariamente la defensa al Ejército vasco y facilitó que la aviación fascista bombardeara sistemáticamente distintas villas y ciudades de Euskadi, masacrando a la población civil ante la terrible impotencia y frustración de los principales responsables políticos vascos. En los momentos más críticos de la ofensiva franquista, el Gobierno Vasco imploró el suministro de armas y aviones al Gobierno de la República y la falta de respuesta adecuada aceleró la caída de Bilbao.
En segundo lugar, el choque radical entre las agendas de las distintas sensibilidades dentro del bando republicano generó una tensión evidente. Mientras los gudaris nacionalistas mantenían la seguridad de los conventos, los ataques de las milicias anarquistas o comunistas a iglesias y religiosos proliferaron en España a partir de 1931. Mientras los responsables nacionalistas se comprometían con los derechos humanos −incluso de los presos afines al alzamiento−, los ataques de milicianos radicales a distintas cárceles de Bilbao provocaron el asesinato de 224 personas.
Otra discrepancia de primer nivel giraba en torno a la aplicación o no de la política de “tierra quemada” a la retirada de las tropas de Eusko Gudarostea de suelo vasco. Mientras los máximos responsables nacionalistas se negaron a dinamitar las principales instalaciones industriales vascas, autoridades republicanas de primer nivel dieron órdenes expresas en sentido contrario.
Es muy esclarecedora la motivación que el Comité Central del Partido Comunista de España ofreció el 15 de noviembre de 1937 para justificar la expulsión del secretario general del Partido Comunista de Euskadi y consejero de Obras Públicas del Gobierno Vasco, Juan Astigarribia: “(...) ha seguido una catastrófica actuación como miembro del Gobierno consistente en supeditar los intereses de las masas y de la revolución a la estabilidad del Gobierno”. Está claro, por lo tanto, que en la mente de muchos milicianos vascos no se priorizaba la defensa de Euskadi y de su población civil, sino la estrategia revolucionaria. Por ello, para el final de la Guerra Civil en Euskadi, la desconfianza entre las distintas sensibilidades políticas dentro del Ejército vasco se había agigantado.
Tras la caída de Bilbao, la guerra en Euskadi había acabado. Es un momento crítico en el que una parte importante de la Eusko Gudarostea nacionalista mostraba claras intenciones de rendirse para no continuar la lucha en tierra no vasca. Esta cuestión era de gran importancia porque podía poner en peligro la capacidad del Ejército vasco de proteger a la población civil vasca desplazada a Santander y Asturias (unas 50.000 personas). La situación era desesperada.
En ese momento, aprovechando la relación que tenían con el Vaticano, los máximos responsables políticos de EAJ-PNV comenzaron a negociar una rendición con el Gobierno italiano.
El objetivo fundamental era, en primer lugar, lograr la evacuación de la población civil vasca y, en segundo lugar, preservar la vida de la mayor parte de los cuadros y soldados de Eusko Gudarostea (unos 20.000) que se fueron concentrando en torno a Santoña.
El Pacto se firmó, pero no se pudo cumplir principalmente por el retraso en la llegada de los barcos, la presencia del lehendakari Aguirre en Santander o el retraso en la llegada de los gudaris a Santoña.
Era una situación endiablada en la que, como dice el parlamentario Jon Andoni Atutxa, el momento óptimo para los italianos no era el mismo que para los vascos: “Ningún trato con los nacionalistas tendría valor estratégico (para los italianos) cuando todo el frente santanderino se hubiera derrumbado”.
Sin embargo, para las autoridades del EBB, “con varias decenas de miles de refugiados en Santander y Asturias, rendirse antes implicaba condenarlos a unas más que seguras represalias (por parte de los milicianos republicanos) y en el ánimo de las autoridades nacionalistas estaba la salvaguarda de las vidas de la población civil y de los jóvenes que tomaban parte en la lucha” (Crónica de la Guerra Civil de 1936-1937 en la Euzkadi peninsular).
Tal y como refleja Eugenio Ibarzabal, Ajuriagerra estaba convencido de que la única salida de unas tropas extenuadas y desmoralizadas era la entrega a las italianas como mal menor.
Su preocupación era, ante todo, “encajar las piezas de la evacuación de los civiles con la rendición de los militares, justificada como victoria militar de los italianos”. Esto fue Santoña.
Por lo tanto, en ese momento crítico de la historia del Pueblo Vasco, Juan Ajuriagerra fue leal a su Pueblo, leal a los más vulnerables y leal a la juventud vasca que dio su vida para defender su patria. Ajuriagerra, al final de la guerra, fue consecuente con los motivos que llevaron a EAJ-PNV a participar en la contienda. Él mismo los sugiere ya desde la cárcel: “Solo por razones propias los vascos fuimos a la guerra; no fuimos a ella por ninguna razón de lealtad a ningún gobierno por legítimo que fuera”.
El 23 de agosto de 1937, Juan Ajuriagerra se despidió en Sara de Joxe Migel Barandiaran (al que dijo: “A mí me toca morir primero”) y embarcó en el aeropuerto de Biarritz para aterrizar en la playa de Laredo. Ese día los miembros del EBB echaron a suertes determinar los burukides que habían de quedarse corriendo la suerte de los gudaris y los que habían de salir al extranjero para proseguir la guerra contra el franquismo. Fueron los únicos líderes políticos del bando republicano que lo hicieron. Su heroísmo les aportó credibilidad y autoridad moral para liderar la lucha antifranquista en las cárceles y en las primeras décadas de la dictadura.
Santoña es una lección imborrable para los nacionalistas vascos de toda época. En los momentos de polarización extrema surgen situaciones en las que se ponen a prueba elementos nucleares de nuestra tradición política. Ayer como hoy, cuando la polarización hace que la visión autoritaria predomine en los dos extremos, es momento de apostar por los valores democráticos y humanistas. Cuando el enfrentamiento se agudiza en marcos que superan los límites de nuestro país, es momento de preservar los pilares fundamentales de nuestro pueblo para que no se ponga en riesgo su pervivencia futura.
