En el caserío Pokopandegi de Donostia, tres generaciones de mujeres han sostenido y transformado un proyecto que nació en 1983 para dar valor añadido a la leche de ganadería propia.
La gran importancia de la mujer en la familia Goenaga
Yogures Goenaga es una empresa con mucha trayectoria. ¿Cómo y cuándo nació y cómo fueron aquellos primeros años?
Goenaga yogur lo crearon nuestros padres Arantxa y Pako Goenaga en 1983. Vieron la necesidad de dar un valor añadido a la leche y empezaron a vender yogur natural GOENAGA, elaborado con leche de ganadería propia. Hay que tener en cuenta que, en aquel entonces, el yogur se vendía en farmacias y era para niños y enfermos, por lo que los inicios no fueron nada fáciles. Aunque con el tiempo el mercado ha ido evolucionando y, hoy en día el yogur es un alimento incorporado en la dieta diaria que nos aporta muchos beneficios. Nuestros padres tuvieron claro que el éxito residía en la calidad del alimento y el buen hacer, cosa que no ha cambiado con el paso del tiempo.
En su caso, la presencia femenina no es nueva: su amona ya gestionaba el caserío. ¿Qué le han contado sobre su amona?
La amona es una figura que tengo muy presente. Como en la mayoría de los caseríos de la época, había entre ocho y diez vacas suizas, y la amona vendía la leche ordeñada en casa en el mercado de Donostia. Era ella quien sostenía esa parte del negocio, la que miraba a los ojos al cliente, la que ponía cara al producto. En un tiempo en que eso no se llamaba "liderazgo" ni se ponía en valor, ella simplemente lo hacía. No había distinción entre lo doméstico y lo productivo: el caserío era todo uno, y las mujeres formaban parte de ese todo de forma indispensable, aunque invisible para el mundo exterior.
¿Qué papel han tenido las mujeres de su familia en la evolución del negocio a lo largo de las generaciones?
Un papel central, aunque no siempre reconocido por la sociedad. Nuestros mayores nos transmitieron el cuidado de las vacas y a obtener la leche, y nuestros padres nos enseñaron a elaborar y vender yogur. Hay un hilo que va de generación en generación, y las mujeres siempre hemos estado ahí, tirando de él. Lo que quizás ha cambiado es la visibilidad. Antes esa presencia era imprescindible, pero discreta. Hoy es explícita, tiene nombre y tiene voz. Y eso también es parte de la evolución de la empresa.
El momento de Arantxa Goenaga
A nivel personal, ¿cómo ha sido para usted tomar el relevo y asumir la gerencia dentro de un sector tradicionalmente masculinizado?
Lo viví como algo natural dentro de la lógica de mi familia. Crecí aquí, en Pokopandegi, entre vacas, pasteurizadores y tarros de vidrio. Cuando llegó el momento de asumir la gerencia, ya conocía cada rincón del negocio. Eso me dio mucha seguridad. Ahora bien, el sector primario sigue siendo un espacio muy masculino en muchos sentidos. No es algo que me paralice, pero sería deshonesto negarlo. Lo que sí noto es que cada vez hay más mujeres ocupando estos espacios, y eso cambia la dinámica.
¿En qué ha cambiado la empresa desde sus inicios hasta hoy y qué cree que han aportado las mujeres en esa transformación?
El cambio más profundo ha sido tecnológico y medioambiental, sin perder la esencia artesanal. Hemos digitalizado la planta de elaboración de yogures: hemos sensorizado pasteurizadores, cámaras, estufas y otras máquinas clave del proceso productivo, lo que nos permite recibir en tiempo real información detallada sobre el estado de cada equipo. Con la tecnología adecuada, hemos ganado en eficiencia, rentabilizando los resultados, sin perder la esencia artesanal que define nuestros productos. En lo medioambiental, hace unos años tomamos la decisión de seguir trabajando con vidrio, un material más noble: los tarros nos los devuelven y volvemos a ponerlos en circulación, cerrando el ciclo de forma responsable. Además, las etiquetas son compostables, lo que significa que no dejan rastro de microplásticos ni de nanoplásticos en el entorno.
“En un tiempo en que no se llamaba liderazgo ni se ponía en valor, mi amona simplemente lo hacía”
¿Qué han aportado las mujeres en todo esto?
Creo que una mirada más integral. No solo "¿cómo producimos más?", sino "¿cómo producimos mejor, con menos impacto, pensando en el largo plazo?". Esa lógica del cuidado —de las vacas, del entorno, del cliente, de la familia— tiene mucho de femenino, aunque no quiero reducirlo a eso.
Desde su experiencia, ¿siente que hoy es más sencillo para una mujer liderar un proyecto en el primer sector o todavía quedan barreras por superar?
Más sencillo que hace cuarenta años, sin duda. Pero "más sencillo" no es lo mismo que "igual". Conforme la sociedad avanza y se transforma, el sector debe ajustarse a las nuevas exigencias sociales, tecnológicas y medioambientales. Y eso incluye exigencias en materia de igualdad. Quedan barreras estructurales: la conciliación sigue siendo un problema que recae desproporcionadamente sobre las mujeres, y la red de contactos en el sector primario sigue siendo predominantemente masculina. Pero lo que más me preocupa es la barrera invisible: la de las mujeres que ni siquiera se plantean liderar porque no ven referentes. Por eso creo que es tan importante hablar de esto, y contar estas historias. Que una chica joven vea que en un caserío en Donostia hay tres generaciones de mujeres que han llevado adelante un proyecto vivo y con futuro, eso vale mucho.