[A por ellos] "Al muchacho le veo sincero", por Mikel Recalde
En semanas duras es cuando más aprecias los pequeños detalles de la vida. Cosas que, en otros momentos, no eres capaz de valorar como merece. Por ejemplo y por encima de todo, cualquier circunstancia que rodee o esté relacionada con tu hija, a la que desgraciadamente en jornadas laborales veo muchísimo menos de lo que me gustaría. Y de lo que se merece, por supuesto.
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Me contaba un buen amigo al que siempre le ha gustado mucho vacilar y decir tonterías, que sus hijos cuando eran pequeños repetían constantemente sus frases más utilizadas. Me hace gracia, porque Lucía hace lo mismo. Imagino que es lo que tiene que le haya tocado un aita un poco chorra. Hay días en los que está acostada y oigo que le cuesta dormir y le lanzo desde el salón (mi casa no es el palacio de Buckingham) alguna frase o cántico de la Real y a lo lejos se oye cómo la acaba. Reconozco que uno no se puede sentir más orgulloso de su obra. Y lo más gracioso es que normalmente son mensajes que tu pareja ya no los puede ni oír de todas las veces que las ha tenido que escuchar, lo cual te hace venirte aún más arriba porque a tu hija le encantan (soy consciente de que solo por ahora, tiene cuatro años). No pienso desvelar todo mi repertorio, por pudor, obviamente, pero por poner un ejemplo yo me arranco con un “ay si voy…” y se escucha a lo lejos “con lo que te doy”. Emocionante. Como para que se te caiga una lágrima.
Uno, que es muy fan de Ricardo Darín y del cine argentino (El secreto de tus ojos es mi favorita), también rescato y repito una frase de la eterna El hijo de la novia, que desgraciadamente tanto me viene a la mente en los últimos años con lo que hemos sufrido en casa. La frase es absolutamente secundaria, la mayoría no la recuerda, aunque la escena es una maravilla. Darín llega calado hasta los huesos y quiere entrar en casa de Natalia Verbeke, pero el portero, con el que llega a mantener un rifi-rafe, no le deja pasar. El protagonista habla a corazón abierto, le pide disculpas y le declara su incondicional amor por la pantalla del automático. Después de confesar por fin sus sentimientos y de hacerlo de manera apasionada, el portero, al que se le ve en todo momento en un segundo plano de la imagen, visiblemente tocado por lo que acaba de presenciar, decide recular, se acerca a la cámara y suelta un memorable: “Yo al muchacho le veo sincero”. En ese instante aparece Natalia por la puerta y se funde en un apasionado beso con Darín. Todo filmado en la cámara del automático.
Sucic no es la alegría de la huerta, ni el más querido dentro del vestuario. Tampoco creo que le importe demasiado ni que sea una de sus prioridades. Él ha venido a jugar al fútbol, es ambicioso, tiene ganas de triunfar en la Real y aspira a llegar lo más lejos posible. Todos los piensan. Unos lo dicen y otros, no. ¿Que las cosas se pueden y se deben comentar con más cuidado y más respeto para no herir sensibilidades? Por supuesto, sobre todo hoy en día que en el fútbol están a flor de piel.
El jueves estuve más de media hora con Luka, puedo contar con los dedos de la mano las veces que sonrió, en algunos momentos incluso me dio la sensación de ser cortante, aunque quizá fuese más cuestión de su rictus que de su manera de expresarse, y puedo decir que no rehuyó a ninguna pregunta y, lo más importante, “que al muchacho le vi sincero”.
Para los más molestos que no piensan perdonarle, que les quede claro que yo fui de los que me enfadé mucho cuando una vez quitado de en medio Sergio Francisco, desde los despachos, desde donde le preguntaban día sí y día también a ver qué tal estaba el austriaco para presionarle, le metieron en el equipo con calzador de manera inmediata y sin disimulo. El propio Sucic no se esconde y reconoce que cometió errores y eso no puede quedar en el olvido como si no hubiera hecho nada. El respeto máximo por la gente de club debería ser un principio irrenunciable y sagrado en la Real.
Ahora bien, dicho esto, los futbolistas tienen que hablar en el verde. Para eso se les pagan cantidades desproporcionadas de dinero. Sucic ha recogido cable, se ha disculpado, se ha mostrado arrepentido y se ha explicado con nitidez. Sin rehuir a ninguna cuestión. Ahora que se centre en jugar, en demostrar que sus comentarios sobre el club son sinceros, y en intentar saldar esa deuda que reconoce arrastrar con su afición. En el fondo, no es más que un niño mal aconsejado que no es capaz de entender lo mucho que necesita sentirse querido y que no hay nada mejor en el fútbol que el poder hacer feliz a mucha gente.
Pero ojo, es muy bueno. Más de lo que mucha gente cree o recuerda. Porque sus meteduras de pata han sido las ramas que nos han privado de ver el bosque de su calidad y verdadero nivel. A mí no se me olvida su memorable actuación en la vuelta de la semifinal de Copa del Bernabéu medio cojo y que cuando se lesionó estaba siendo el mejor txuri-urdin. Eso es lo que realmente importa de Sucic. Lo que le pueda y vaya a dar a la Real.
Yo siempre he dicho que en la vida no hay que ser rencoroso. Si perdonamos al gran Darko, que era Dios en ese momento, también deberíamos hacerlo con errores de juventud de un chaval que trata de triunfar lejos de su casa y de los suyos. El rencor es un veneno que uno toma esperando que dañe al otro. No merece la pena. Lo mismo digo por el Mallorca, que sacó lo peor de todos nosotros con una celebración indigna de un club que respondió de forma absolutamente desproporcionada y sin guardar el más mínimo respeto a una afición que no le había hecho nada, a otro patinazo, en ese caso de Mikel Merino que mandó callar no se sabe muy bien a quién sin venir a cuento. Porque además era un gesto que no le pegaba ni a él ni a un club como la Real. Después de guardar el rencor como un peso inútil, me di cuenta de que a los propios jugadores les daba completamente igual lo que había pasado. Que no tenían sed de venganza, que ni les iba ni les venía ni el Mallorca ni sus jugadores más pereza. Si el único que sacó las garras fue Zubimendi con Samu Costa y solo lo hizo picado porque iban perdiendo y encima tras un gesto de provocación a la grada en su siguiente visita en Liga. Si a los propios futbolistas les da igual, ¿qué hacemos nosotros consumiéndonos en rencor? La verdad es que no fui consciente del todo hasta el 1-0 de la ida, que en el fondo solo me importó que ganase por fin la Real, no contra quién a pesar de caer a los infiernos de la clasificación. El Mallorca, otro rival sin más. Lo siento, pero solo ofende el que puede y de rivalidades ya vamos sobrados. No necesitamos ninguna nueva más artificial y ocasional que cualquier otra cosa.
Seguro quela presencia de Jagoba Arrasate en su banquillo mitigó mi ardor guerrero contra los isleños. Si me preguntan a priori, prefiero que se siente otro técnico en el banquillo aunque nos expongamos al efecto revulsivo, porque el de Berriatua conoce a la Real al dedillo y sabe perfectamente cómo hacernos daño. Por cierto, qué calidad humana y qué manera de despedirse. Eso sí que son los valores que se aprenden en Zubieta y que se expanden por otros equipos…
Estamos todos de acuerdo con que este encuentro nos sobra camino de la gran batalla. Pero el traspié ante el Oviedo obliga. No podemos olvidar que en el club sienten como una obligación el volver a Europa. La consigna está muy clara y si no acuérdense de la charla de Aperribay e Imanol en La Cartuja tras lograr el triunfo en la Final para Siempre cuando en el mismo césped le exigió el regresar a las competiciones continentales (se jugó un año después y el pase estaba en el aire).
Yo soy muy de Arrasate, a quien me gustaría verle de nuevo en el banquillo realista tan preparado y maduro, y, por supuesto, soy muy de esta Real. Con sus errores y aciertos. Con sus tropezones y sus éxitos. Pero por encima de todo, soy muy de mi hija, a la que le picas desde el salón con un “Yo, soy de Lucía, un sentimiento…” y se escucha desde su cama en la habitación “¡no puedo parar! ¡Oe oe oe, cada día te quiero más!”. Imagino que a esto se le llama pasión por la vida y por tu gente. Pasión txuri-urdin ¡A por ellos!
