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Apoteosis en una noche de las de Atotxa: la Real elimina a Osasuna (2-2; 4-3)

Una Real épica, que siempre estuvo de pie pese a tener la eliminatoria perdida, se clasifica a cuartos gracias a las paradas de Unai Marrero en los penaltis y a un gol de Zubeldia en el 94’

Apoteosis en una noche de las de Atotxa: la Real elimina a Osasuna (2-2; 4-3)Javier Etxezarreta

“Marrero, Marrero…”. Imposible dormirse anoche mientras retumbaba en los oídos el cántico tamborrero que se sacó de la chistera una afición txuri-urdin que sufrió como nunca para apoyar a su portero en la tanda de penaltis en la que se convirtió en el héroe inesperado con sus paradas a Moncayola y Catena. Fue una batalla épica y legendaria, que tuvo absolutamente de todo. También errores y malos momentos, por supuesto, pero esta Real tiene algo especial. Un gen competitivo que le permite mantenerse con vida hasta el final. No arrojar nunca la toalla. Picar piedra para descubrir si, aunque parezca imposible, va a encontrar un tesoro en la última capa que le quede por escarbar. Por intentarlo no va a ser.

Las notas de Mikel Recalde: la Real vence a Osasuna en los penaltisMikel Recalde

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Señores y señoras, generación pérdida, esto es lo que era una auténtica noche de Copa, en la que pasas por todas las sensaciones posibles. Que te exigen sangre, sudor y lágrimas para alcanzar una simple, entre comillas por supuesto, clasificación para los cuartos de final de una competición única. Un torneo que se encargan de torturar empeorándolo con decisiones incomprensibles de entender, pero que nunca pierde su magia. Ya que de repente te encuentras con una epopeya como el duelo ante Osasuna que permanece en la retina de todos para el resto de nuestras vidas. Y hay que ser justos. A pesar de que se puso 0-2 en el primer cuarto de hora y de que Budimir cabeceó al larguero en la prórroga, la victoria txuri-urdin fue indiscutiblemente justa. Con muchísimas ocasiones que no entraron de milagro, con un penalti fallado en el descuento y, eso sí, también hay que reconocer, con una diana en la última jugada del encuentro de Zubeldia que puso patas arriba el estadio.

La situación era de tal locura que Matarazzo no tuvo más remedio que cambiar a Óskarsson, que luego se confirmó que estaba lesionado, al que acababa de dar entrada al campo y que por cierto había sido clave en la acción del 2-2, al bajar ese centro de un Kubo que si se descuidan sigue encarando a jugadores osasunistas hoy cuando amanezca. Con el duelo de ayer, hay que desterrar de una vez por todas la estadística de que el equipo no remonta, porque este equipo tiene un ADN distinto al del año pasado y se puede celebrar que por fin se ganó una tanta de penaltis, algo que no sucedía desde hace décadas (1989-90, ante el Sabadell). 

Una vez más, fue una Real que cuando fue mejor, es decir durante la mayoría de la guerra, le costó horrores plasmarlo en el marcador y que cuando se salió del encuentro pudo recibir hasta tres goles en 17 minutos. Es lo que hay que dar la vuelta, pero cuando se vive una gesta como esta, se olvidan todos los problemas y te queda solo el subidón de una victoria que hace feliz a toda una parroquia que necesitaba y merecía una alegría de este calibre. 

Once sorprendente

Matarazzo sacó una alineación inesperada. El técnico le dio galones a Sucic, en una apuesta arriesgada al ser un melón que quizá había que evitar abrir por su amplio listado de agraviados con o sin razón. No parecía el mejor día cuando se trataba de un duelo a vida o muerte en el que tenías que contar con el apoyo, la unión y el respaldo de tu grada, precisamente como había solicitado la víspera en Zubieta. En la portería optó por Marrero, el habitual reserva, y, como se esperaba, recuperó a Zubeldia y Gorrotxategi, aunque, en lugar de dar descanso a Caleta-Car, optó por sentar a Jon Martín y Barrenetxea entró por Guedes, que se quedó como el supuesto arma letal para la segunda parte.

Osasuna sacó a todos sus suplentes salvo Moncayola, que está sancionado para el vital encuentro que les aguarda ante el Oviedo el sábado en El Sadar.

Todo lo que pudo salir mal en la primera parte, salió peor para los realistas. Hasta el punto que el supuesto y temido juicio público a Sucic pasó completamente inadvertido. Tras un buen arranque de los locales, con dos buenas ocasiones en sendos cabezazos de Barrene y sobre todo de Oyarzabal, en el primer estiramiento de Osasuna, la Real se replegó demasiado ante la desesperación de Matarazzo, que no paraba de pedir que salieran. Los navarros sacaron de banda, Arguibide recibió, controló y puso un centro sin que Barrenetxea le encimara y el demasiado centrado despeje de Zubeldia lo cazó con una acrobática volea Moncayola, que se coló cerca de la escuadra. Marrero llegó a tocar la pelota y quizá pudo hacer algo más, aunque era el primer disparo y le pilló en frío, además de ir abriéndose. A los pocos segundos, en plena empanada de las grandes de los locales, el goleador puso a prueba al meta, que hizo una buena parada abajo. En el minuto 17, ante el asombro y estupor general, el único titular rojillo botó un saque de esquina y Oyarzabal, que se colocó mal, falló en el despeje y coló la pelota en su propia portería. Ver para creer. A partir de ahí, los realistas fueron poco a poco enchufándose al encuentro ante unos visitantes que trataban de perder tiempo en todas las acciones (una cosa es cuando se acerca el final del duelo y otra empezar a hacerlo desde el primer cuarto de hora con la habitual complicidad de los colegiados; ya no hacen los navarros como antes) y que, hay que destacarlo, se defendieron con orden y fortaleza agrandados por su ventaja. 

Sucic se convirtió siempre en el realista que más cerca estuvo de anotar, pero no afinó su punto de mira en sus golpeos y un cabezazo en un rechace lo salvó Juan Cruz bajo palos. La Real fue poco a poco entonándose con el balón, pero siempre le costó acercarse a los aledaños de Aitor para generar peligro de verdad. A balón parado, Caleta-Car no llegó a una peinada de Sucic y Soler, que había desperdiciado una buena opción por no chutar con su pierna mala, disparó lamiendo el palo en la última acción del acto inicial. 

En la reanudación, a la Real volvió a tener problemas para alcanzar continuidad en su ataque. Osasuna se replegó demasiado y empezó a acumular muchos efectivos con una línea defensiva que por momentos era de hasta seis jugadores. Kubo fue otra vez el realista que se echó al equipo a sus espaldas y puso un gran balón que se le escapó a Carlos Soler antes de rozar el palo con un buen disparo. Oyarzabal no encontró portería a centro de Sergio ni Aramburu, de cabeza, a servicio de Zakharyan. 

¿Quién ha sido el mejor realista?

Hay una circunstancia que resultó clave en el duelo, que fue la entrada de Turrientes. El beasaindarra completó una actuación majestuosa, apareciendo por todos lados y haciendo todo bien. Hasta anotar el 1-2 cuando el partido se había dormido y la cosa apuntaba a tragedia. La aparición de un Odriozola corajudo e incisivo hasta rozar el kamikaze también espoleó a una Real que cada vez tenía menos fuerzas pero que seguía creyendo que llegaría su oportunidad. Tras una gran parada de Marrero a Raúl, esta llegó en el minuto 90, en un disparo de Zakharyan que repelió Aitor y luego Odriozola no logró ver encontrar palos tampoco al salvar un defensa sin saber muy bien cómo lo hizo. En el 94’, en un servicio de Kubo que bajó Óskarsson, Zubeldia se encontró con el rechace, controló, el tiempo se detuvo y su remate entró tras pegar en el palo para más inri. No olvidaremos jamás la euforia con la que se celebró esa diana, que solo daba paso a la prórroga. 

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La Real dio la impresión de estar sin fuerzas de inicio e incluso se llevó un buen susto con el cabezazo al larguero de Budimir. Pero a este equipo le sobra la testiculina que le reclamó la grada tras el 0-2. Sacó fuerzas de flaqueza, se rehízo de nuevo y aguardó a que llegara su esperanzador momento. Así funcionan las cosas en la Copa. Cabeza fría, corazón fuerte, pasión y riesgos medidos. En el último minuto de la prórroga, Odriozola forzó un penalti por mano de Javi Galán y un Oyarzabal agotado lo falló. O se lo paró Aitor. Otra vez a sacar el martillo pilón y a seguir golpeando una pared de granito cada vez más alta y sin tener mucha pinta de tener oro ni nada que se lo pareciese. El que apareció a tiempo para liderar el último arreón fue Guedes, siempre bien escoltado por Kubo, que era como el conejito de Duracell. El japonés y el portugués dispusieron de dos ocasiones y Jon Martín encontró por fin ese centro que lleva meses esperando para estrenar su casillero de goles, pero el meta guipuzcoano volvió a detener su testarazo. Guedes no consiguió colocar en la portería el gran servicio largo de Zubeldia tras sortear a Aitor y la eliminatoria se marchó a la prórroga. En ese momento, la afición acudió al rescate del equipo, con ese grito de guerra que perdurará para siempre para apoyar a su portero. No fallaron Oyarzabal, Guedes, Soler y Sergio. Como Marrero había sacado una mano antológica a Moncayola, Zakharyan tenía en sus botas la gloria, pero la mandó varios metros por encima del larguero. No importaba, el destino había reservado el papel de héroe de leyenda a Marrero, que volvió a detener el último lanzamiento de Catena.

Anoeta fue una fiesta. Así es la Copa. Prohibido renegar más de este torneo. Prohibido decir que el partido más importante es el del fin de semana cuando está en juego una clasificación para los cuartos y ya estás a tres partidos de otra final. Prohibido dudar de que este equipo es capaz de reaccionar. Prohibido no celebrar como merecen los goles y los éxitos de la Real. Matarazzo tenía dudas de la aceptación que le iba a tributar la parroquia txuri-urdin. Ayer entendió seguro lo que es este equipo, lo que es esta institución, lo que transmite y le quiere su gente, el sentimiento que profesa por sus colores y que para ellos no hay un club más grande en el mundo como el suyo. Qué noche. Inolvidable. Así eran las gestas de Atotxa que tantas veces han contado los aitonas y los aitas y así de felices se metían en la cama. Nessum dorma. Solo queda no borrar esta sonrisa durante el tiempo que haga falta...