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Caperucita y el ‘therian’ gay

Atónito

Caperucita y el ‘therian’ gay

Resignado. No me refiero a lo de los perros en las playas donostiarras en horario nocturno estival, no. Parece que en la nueva Alcaldía donostiarra se ha impuesto el sentido común, permitiendo una salida digna al concejal que proponía tamaña majadería, al asumir el sentir mayoritario de la ciudadanía, a la que se debe por encima de todo, y retirar la propuesta. Pues muy bien.

He comprendido, que no aceptado, a los tutores y sus perrhijos y admito de mala gana, porque ya no tengo edad para chuminás, tanta tontería relacionada con el mundo de las mascotas, principalmente por solidaridad de clase: hay muchos colegas míos que llegan a final de mes gracias a esa variante de la estupidez humana que supone pingües beneficios a los fondos de inversión que van apoderándose de las clínicas veterinarias de postín, fábricas de piensos, tiendas de ropa, mobiliario, seguros, juguetes y otros accesorios para las mascotas.

Atónito

Confieso que, cuando creía que ya nada podía sorprenderme, efecto Rufián incluido, me he quedado sin respuesta, absorto, asombrado y extrañado.

Al parecer, hace meses que han salido del armario, con perdón, dándose a conocer aprovechando los últimos coletazos del verano en México, Uruguay o Argentina –pues sí que están para bromas con la motosierra de Milei– y ahora aparecen por estas latitudes con los últimos compases de la marcha fúnebre que acompañaba al Entierro de la Sardina, que pone el punto final a los carnavales. Eso creía yo. Me refiero a esa nueva tribu urbana, los therian, que, ponen en solfa el sepelio de referencia. 

En biología, el término Theria se refiere al grupo de los mamíferos marsupiales y sus ancestros extintos, pero no va por ahí.

En psiquiatría se describe la licantropía clínica –por Licaón, rey de Arcadia en la mitología griega–, un síndrome psiquiátrico muy raro, caracterizado por la creencia delirante de que uno, las noches de plenilunio, puede transformarse en un animal. Generalmente está asociada a trastornos psicóticos subyacentes como la esquizofrenia o el trastorno bipolar. Es recurrente en muchas culturas: hombre lobo, hiena o leopardo. Tampoco tiene que ver con esa perturbación. No confundir con el lobo de Caperucita, que es un sátiro de perversas intenciones.

En psicología, la theriantropía es una subcultura que dicen que comenzó en los noventa, un juego de identificación o forma de expresión de identidad que se identifica espiritual o psicológicamente con un animal, llegando a sentirse miembro de esa especie. Caminar a cuatro patas, comunicarse con gruñidos o salir a la calle vestidos de animales no es, para ellos, un disfraz. Nada que ver con el carnaval. 

Se identifican a sí mismos como animales no humanos y son habituales los vídeos de adolescentes de tal guisa en las redes. En TikTok, Facebook y YouTube se pueden seguir tutoriales para ser un therian, lo que lleva a suponer que uno no nace therian, se hace. O se autopercibe.

Ellas pueden sentirse zorras y ellos perros o caballos, por ejemplo; estos últimos pueden mejorar su situación a muy corto plazo si se les aplican el chip y la castración. Lo de ellas es más complicado y necesitarán más horas de terapia y, mientras, corre el reloj, sube la minuta del terapeuta, un psicólogo, nunca el veterinario, que deberá abonar el tutor de estos animales imaginarios.

En las últimas semanas han organizado quedadas en parques y plazas con escaso éxito de asistentes porque temen ser agredidos y están asustados por la enorme repercusión social que ha tenido este fenómeno, con multitud de jóvenes, curiosos y medios, amén de presencia policial. En una convocada en Málaga acudieron dos sujetos, uno disfrazado de zorro que fue retirado por la Policía y otro de caballo que terminó toreado por un individuo con una bandera española. Tope surrealista en la cuna de Pablo Picasso.

Quizás las grandes sacerdotisas de la religión del género deberían buscarles un hueco en su clasificación no binaria: todas, todos, todes y para esta tribu todus, por ejemplo.

Ovejas y carneros gays

Rizando el rizo, hace unos días el diario El País nos desinformaba, con final feliz, de un santuario de ovejas gays –en realidad serían carneros, el macho de las ovejas– creado por una pareja de granjeros, también gays, de Westfalia, cuya lana se hila en España y desfila en Nueva York, que ha salvado a esos ovinos del matadero, ilustrando el emotivo artículo con alguna fotografía con la bandera arco iris, que añadía un poco más de confusión al lector urbanita, inclusivo, progresista y hetero, pero ignorante de todo lo relativo a la etología y la producción de lana. Totalmente falso.

En todos los rebaños de rumiantes existe hipersexualidad o comportamientos relacionados con la jerarquía social, que se acentúa en los recintos cerrados. Tienen ganas y, si no hay hembras, le doy a lo que sea, o esta compañera está en celo, mis hormonas están disparadas, la monto, y ella se deja por sororidad. Eso lo ha visto cualquier ganadero en su granja o en el campo y hace falta ser imbécil, o pasarse de listo, para decir que son gays. 

Además, dice que tiene 45 animales, que, según las fotografías, son de distintas razas y, por lo tanto, de diferentes tipos de lana en grado de grosor. Considerando unos tres kilos de lana esquilada por cabeza, un rendimiento al lavado del 75% tras el peinado e hilado que, al parecer, lo realizan en una hilatura de Sabadell, no creo que saque mucho más de 100 kilos de lana limpia al año. Como para treinta jerséis. Con esos datos ni se amortizan los gastos, ni comen los granjeros, por muy gais que sean. Falsa verdad, que es peor que la mentira.

Por cierto, esta semana un servicio contratado al efecto retirará gratis la lana de nuestros pastores guipuzcoanos para su incineración. Contrastes.

Hoy domingo

Patatas con chorizo. Kokotxas de bacalao en salsa verde. Ensalada. Macedonia de fruta. Tinto Amaren. Agua del Añarbe. Tostones y rellenos de Bergara de Larrañaga. Café. Copa de brandy Carlos I para superar lo de los therian.