Hace unos días, cuando, ajeno a todo lo que me rodeaba, me encaminaba a satisfacer el único confesable de mis vicios, leer el periódico tranquilo mientras me tomo un café en mi mesa de un bar del barrio, sin verla venir, me abordó una lectora para pedir mi opinión sobre la proliferación de perros en la ciudad y el comportamiento de sus dueños, desde una perspectiva sanitaria y de convivencia. Así, de golpe, bien podría ser el título de una tesis doctoral y se lo hago saber. Me relata sus reflexiones y preocupaciones, que comparto: la prevista invasión de las playas en horario vespertino en verano; las “consecuencias” que padeceremos el día siguiente en lugares a los que no acceden los equipos de limpieza, y otras supuestas amenazas de las mascotas y sus propietarios a la convivencia ciudadana. Le aseguré que me ocuparía del tema, adelantándole que no veía fácil solución porque era ir contracorriente y eso es contraproducente. Disculpándose por el asalto, se marchó más tranquila.
Registro oficial
Según el Registro de Identificación de Animales de Compañía (REGIA), gestionado por el Gobierno Vasco, en 2025 Gipuzkoa sumaba un total de 115.000 mascotas. Vitoria-Gasteiz tendría controlados 43.000 perros mientras que en Donostia estaban censados 17.800 canes en mayo del pasado año. En Bilbao, el número de perros censados supera al de niños menores de 14 años, unos 40.000.
A mediados de 2023, el censo canino en Euskadi alcanzaba los 392.234 perros y 982 hurones. Un somero análisis de estos datos nos induce a pensar que el censo no está actualizado.
Los veterinarios sospechan que hasta un 30% de los animales podrían estar sin registrar, pese a la obligatoriedad de los dueños de identificar a sus mascotas (perros, gatos, hurones) con microchip en los dos meses siguientes al nacimiento o adquisición, y mantener actualizado el censo notificando ventas, donaciones, desapariciones o muertes. Tampoco las autoridades municipales ponen mucho interés en el tema, ni era ésta la cuestión que más le preocupaba a mi interlocutora.
Bebés peludos
Algunos veterinarios vemos el auge del bebé peludo como un gran problema para los animales y su bienestar. Incluso para la praxis profesional en libertad.
El colectivo que acoge animales es cada vez más joven, de nivel adquisitivo medio alto y muchos sin hijos, por lo que vuelcan toda su afectividad en la mascota como si fuese su bebé: un trastorno conductual que los psicólogos, especialidad en la que también soy lego, habrán estudiado y definido tiempo ha. Se obsesionan, los sobreprotegen y, en oposición a su pretensión, sin darse cuenta les perjudican porque va en contra de su socialización y de los comportamientos normales y esperados de un ejemplar de su especie. Cada vez hacen más diagnósticos de ansiedad por separación en perros y de estrés en gatos, agresividad, miedo y conductas destructivas.
No es eso, no es eso
Se lamentaba el diputado, filósofo y periodista Ortega y Gasset el 6 de diciembre de 1931, viendo la deriva que tomaban las discusiones en las Cortes Constituyentes. Me pregunto lo que diría hoy.
Lo mismo pasa con las mascotas. La humanización de las mascotas significa atribuirle características y comportamientos humanos, lo que ya supone, per se, maltrato animal, considerándoles como hijos perrhijos –es tan listo, sólo le falta hablar, dicen–. Esta conducta, basada en la mejor intención, desvía al animal de su instinto y código genético y afectará finalmente a sus relaciones con el dueño.
Lo políticamente correcto es denominarse “tutor” o, como uno de cada tres se llama a sí mismo, “mamá” o “papá”, de su mascota.
El perro ha de hacer de perro. Hay que lograr el equilibrio entre el amor al animal y la humanización del mismo. Darle cuidado, paseo diario, alimentos (de perro) y momentos de juego, atención veterinaria, permitirle satisfacer sus instintos básicos como olfatear, correr y relacionarse con los de su especie, de forma segura. Pero nunca tratarlo como a un niño, es decir, meterlo en la cama; ponerle una gabardina o un ridículo vestido que no precisa; transportarle en un carricoche –cuando los perros han de caminar, están “programados” para grandes caminatas, que son necesarias para su salud–; o dejarle hacer lo que quiera, porque no tener límites le perjudica (en eso sí se parecen a los niños). No olvidemos que, en estado salvaje, también el jefe de la manada se los impone y los aceptan, de mejor o peor gana, so pena de sufrir un mordisco.
En definitiva, no se es mejor tutor/dueño por llamarle bebé a la mascota, por invitar a la merienda de su cumpleaños a los otros tutores de las mascotas con las que la nuestra se relaciona o por sintonizarle su programa favorito de la televisión.
Cuando de verdad se quiere a un perro, lo que procede es dejarle ser lo que es, perro, y tener la madurez suficiente como para acompañarle en su naturaleza canina. Y estas reflexiones sirven para cualquier mascota.
Y los políticos que juegan en otra liga contemplan el nicho de votos que suponen las mamás y papás perrunos y toleran la ocupación de espacios, inicialmente previstos para la ciudadanía, por sus “nenes perrunos”, o apoyan con entusiasmo los programas de captura, esterilización y suelta (CES) de gatos ferales –los mayores depredadores de lo que nos queda de fauna urbana–, y el mantenimiento de colonias felinas a costa del erario público, porque participar de la onda animalista que ahora es tendencia es la mar de progresista. Y los fondos de inversión observan codiciosos el abanico de oportunidades que se abre en el sector de los animales de compañía para engordar sus cuentas de resultados.
Escuelas
Razones demográficas están propiciando el cierre de centros de formación. Quizás pudieran reconvertirse algunas escuelas y sus docentes, reciclados, en guarderías caninas y centros de formación para los tutores.
Hoy domingo
Caldo con garbanzos. Ropavieja. Manzana asada. Tinto Vivanco Brunes. Agua del Añarbe. Petit fours de Gasand. Café.