Tribuna abierta

El estilo 'trumpiano' y la demagogia política

09.04.2021 | 00:31
El estilo 'trumpiano' y la demagogia política

Hoy el debate es bastante más complejo intelectualmente, como corresponde a una sociedad postindustrial, una sociedad basada en los servicios de valor añadido, desarrollados sobre el soporte de las nuevas tecnologías de la información y comunicación.

Vivimos bajo una serie de circunstancias y dudas sobre la bondad del sistema democrático en el cual vivimos. Desde la pandemia hasta la debilidad conceptual que las noticias falsas y abundantes provocan en los ciudadanos del mundo, de Europa al menos, junto con la sensación de que nuestras democracias están negativamente afectadas. Vivimos sumidos en circunstancias complejas -más que las conocidas hasta ahora-, lo que nos provoca una confusión galopante. Y ante esa confusión y batería de dudas no sirven, o sirven poco, los modelos de análisis utilizados a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

Veamos algunos ejemplos de lo que quiero decir sobre la base de alguna circunstancias o hechos recientes.

En la Comunidad Autónoma de Madrid, que se encuentra en plena campaña electoral, hemos podido leer y escuchar un eslogan del tenor de: "Libertad o Socialismo", complementado por el de "Libertad o Comunismo" cuando apareció otro contendiente a esas elecciones. Mensaje totalmente idéntico al utilizado por Trump, sus inteligentes asesores, y otros ilustres representantes de una corriente internacional totalmente falta de solidez intelectual, así como de propuestas políticas sensatas y realizables.

Tengo serias dudas, consistentes y razonables, de que quien diseña ese y otros eslóganes similares y quienes los utilizan sepan cabalmente lo que están diciendo.

El comunismo es un modelo filosófico, sociológico y económico, diseñado en el siglo XIX, en el comienzo del capitalismo industrial, es decir, en el momento histórico en el cual el modelo de producción propendía a ir abandonando el sector agrario y extractivo a la par que aumentaba el peso, en el conjunto de la producción, del sector manufacturero y de la industria.

Como el espacio destinado a estas líneas es escaso, citaré dos elementos que definen y definían, entre otros muchos, el modelo capitalista -no hay que sentir vergüenza de utilizar este término que, al fin y a la postre, ha aportado décadas de progreso y bienestar, otra cosa es que mirando al futuro siga teniendo plena validez, tal y como lo conocemos ahora-, de producción y relaciones industriales.

La primera variable significativa es la propiedad privada, y más en concreto, la propiedad de los medios de producción.

La segunda es, obviamente, el mercado, entendido además, como regulador, vía "mano invisible", del tipo y cantidad de bienes a producir y su precio. Es decir, la teoría de la oferta y la demanda basada en la racionalidad del individuo al aplicar sus elecciones de trabajo, producción y consumo.

Sobre estas dos cuestiones básicas, el comunismo proponía, entre otros, dos ejes de acción: lograr la propiedad pública, es decir, del Estado, de los medios de producción, y sustituir la función del mercado por la planificación central, también desde del Estado.

En esta primera mitad del actual siglo XXI no existe, en absoluto, este debate, salvo, probablemente, en algunos entornos académicos. Nadie propone la propiedad pública de los medios de producción. ¿No es acaso el sol hoy un medio de producción energético y turístico? ¿A quién pertenece? Tampoco nadie plantea estructurar planes quinquenales; cosa distinta es una conveniente planificación estratégica.

Hoy el debate es bastante más complejo intelectualmente, como corresponde a una sociedad postindustrial, una sociedad basada en los servicios de valor añadido, desarrollados sobre el soporte de las nuevas tecnologías de la información y comunicación.

Insisto en la complejidad del mundo en el cual estamos, y, por supuesto, en las profundas modificaciones de elementos influyentes en el modelo socio-económico global que nos toca vivir.

Uno de esos conceptos influyentes es el llamado capitalismo de Estado, cuyo principal exponente es China. El Estado es un propietario más, un actor económico más, pero en algunos sectores considerados estratégicos, en el resto, se permite el desarrollo de la iniciativa privada. Otra cosa es que las condiciones, determinados valores, bajo las que se desarrolla ese capitalismo de Estado sean homologables y aceptables en un sistema democrático.

El segundo, es la migración del eje geo-estratégico, geográfico, del Atlántico al Pacífico. Tiene más importancia que la que algunos candidatos, dirigentes, exdirigentes y líderes parecen entender.

El 'poder global' no es ejercido por el 'Estado global', simplemente porque no existe dicho Estado global. La soberanía no reside ya, en demasiados aspectos, en el pueblo, universalmente hablando.

Entonces, ¿cómo podemos definir la estructura de poder existente en el modelo económico global en el que vivimos? Hay suficientes autores, ensayos y tratados que abordan estos asuntos, en los últimos tiempos como para sumergirnos en ello aquí.

La idea básica -como la identifican autores como Paul Mason, Milanovic, Innerarity y Zuboff, entre otros-, es entender e influenciar en la migración conceptual de la detentación de los medios de producción al control del mercado y aceptar sin más el riesgo que ello supone para el propio sistema democrático. Se compra y vende hasta la información individual e inviolable de todos. Hablamos del Big Data. Los datos sobre el comportamiento individual y colectivo es el nuevo recurso del que se extraen cantidades importantes de beneficios.

¿En qué se concreta esa migración conceptual? En la convivencia e interactuación de cuatro elementos del capitalismo actual:

a) El financiero, pero sin identificarlo con los bancos (tendencia de principios del siglo XX). Los bancos son instrumentos, al igual que los PCs, los móviles y las tablets, de los cuales se sirven las grandes empresas tecnológicas como Google, Amazon, Facebook por citar algunas, dominantes del Big Data. Los financieros los identificamos como aquellos núcleos de personas, -aproximadamente el 5% de la población mundial que detenta el 90% de la riqueza global financiera-, que poseen patrimonialmente esas capacidades y ejercen el poder universal derivado de ello.

b) El capitalismo de Estado. Con decir China, nos entendemos.

c) El capitalismo de mercado, presente en la mayoría de países del mundo, y en donde operamos las personas, empresas y colectivos normales. Con poca capacidad real de influencia, seamos sinceros.

d) El capitalismo de la información, de la vigilancia. Lo que produce, transforma y vende es, precisamente, la información sobre todos y todo. En claro auge y difícil control.

Las evoluciones que experimenten estos cuatro elementos y la distribución de influencia entre ellos, así como los posibles controles que los poderes públicos logren articular para su vigilancia y buen ejercicio, en términos éticos y de beneficio para la mayoría de la población mundial, forjarán la presencia en el futuro de sistemas democráticos aceptables y homologables o solo remedos de una palabra antigua y concepto añorado.

En definitiva, sería mejor que determinadas visiones y posiciones ideológicas se formasen un poco más antes de realizar arengas falsarias. Sería bueno que el estilo y métodos trumpianos desaparecieran.