Colaboración

Acoso escolar, la lacra que no cesa

12.12.2020 | 00:09

Una de las cosas que más sorprenden, y defraudan, de este tema, es cómo las personas victimizadas, aquellas que han puesto las denuncias por abusos contra sus antiguos docentes, declaran generalmente que el claustro de profesores estaba enterado, que lo sabían pero, vaya usted a saber por qué, no hacían nada al respecto

El tema de los abusos sexuales en los colegios religiosos es un goteo que no para. Hoy lo encontramos en nuestro entorno más cercano pero el tema viene de lejos. Es más, podemos decir que es universal. Así, a bote pronto, vienen a la cabeza casos como los de Irlanda, o como los de Estados Unidos. Y otros más cercanos. El dato, sin que sea necesario mostrar cifras concretas, es espeluznante. Lo vemos ahora y nos parece aberrante. Lo pensábamos hace 30 años y la cosa no pasaba de motivo de chiste; menos para quienes lo sufrieron, claro está. En ese sentido, podemos decir que hemos evolucionado, que poco a poco hemos ido sacando del universo del humor todas aquellas atrocidades que, por decirlo de alguna manera, parece que nos venían impuestas y contra las que nada se podía hacer. Hoy las comisarías de la Ertzaintza en Euskadi y de la Policía en el Estado se llenan de varones que denuncian aquellos sucesos que les amargaron la existencia hace años y por los que todavía sufren. Hemos evolucionado también porque, que se sepa, ninguna de las que fueran víctimas de abusos sexuales en el colegio se ha ido a la puerta del patio, en horas de salida, para darle al culpable de tanta atrocidad su venganza en forma de paliza. Y hemos evolucionado también a la hora de denunciar aquello que no era, ni es, de recibo, aunque muchos años después. En este sentido, vemos cómo los abusos y las violaciones, tanto masculinas como femeninas, ya en los colegios o en las vías públicas, se han sufrido en silencio. Hoy nos empoderamos, nos respetamos a nosotros mismos, rompemos con los miedos jerárquicos y ponemos estas cosas en manos de la justicia. Es todo un avance.

En efecto, una de las cosas que más sorprenden, y defraudan, de este tema, es cómo las personas victimizadas, aquellas que han puesto las denuncias por abusos contra sus antiguos docentes, declaran generalmente que el claustro de profesores estaba enterado, que lo sabían pero, vaya usted a saber por qué, no hacían nada al respecto: ni denunciaban, que es lo mínimo exigido cuando se conoce una situación como ésta, ni ponían medidas para detenerla. Es decir, los abusadores y violadores ejercían su sucia acción ante la mirada pasiva de sus compañeros de trabajo.

Existe una cierta relación entre los abusos sexuales sufridos antaño en los colegios religiosos y los casos de acoso escolar que en la actualidad se dan en cualquier tipo de centro educativo. Es decir, ambos se sufren y se han sufrido en las aulas, y ambos se han topado con cierta pasividad de los testigos. No es nada anormal, incluso podría decirse que es tristemente frecuente, escuchar a padres, madres y hermanos relatar los casos de bullying a los que están sometidos sus respectivos. Chicos y chicas en la flor de la vida, en la edad de formarse, de llenarse de valores sociales y de convertirse en ciudadanos, que, de pronto, pasan a encerrarse en sus habitaciones, a no querer ir al colegio, a llorar y entrar en procesos depresivos que llevan a barajar como solución las más terribles opciones. Las denuncias ante estos casos suelen hacerse en el propio centro y, de nuevo, volvemos a encontrar situaciones como las que se están narrando: directores/as y docentes que miran hacia otro lado, que niegan la evidencia, que prefieren aceptar a solicitud de la familia –en ocasiones es la propia dirección quien lo propone– un traslado de expediente para la víctima. La situación es más cómoda que liarse la manta a la cabeza, denunciar al maltratador y poner medidas de contingencia. Se deja pasar. Tampoco los padres y madres quieren llevar estos temas hasta el final en tanto en cuanto la medida propuesta significa una solución y el cese, al menos temporal, de los sucesos: un alivio para las familias que ven a sus hijos sufrir.

Cuando se escuchan estos relatos, y se escuchan con mayor frecuencia de la que nos gustaría, nos preguntamos por la función social que ha cumplir la escuela y sus docentes. La educación en valores, en la justicia y el respeto a los demás, en la valentía de ser seres socialmente responsables, ciudadanos en una palabra. Cuestiones que quedan truncadas ante la cobardía y la comodidad. Desde luego, no se debe inferir de aquí que esto sea norma general. Pero sí es de hacer notar que aquellas instituciones que se han configurado sobre situaciones viciadas, tienden a reproducir estas situaciones y a convertirlas en algo habitual.

Sociólogo