Tribuna abierta

La endemoniada jugada de Bildu

19.11.2020 | 01:29
La endemoniada jugada de Bildu

EH Bildu se muestra pragmática donde no tiene posibilidades de poder (Madrid); colaboradora donde tiene influencia (Nafarroa) y opositora sin tregua donde espera acceder al gobierno si consigue forjar una alianza (Euskadi)

T eresa de Ávila advertía contra el demonio tentador que para conseguir sus propósitos se transfigura en Cristo. Acababa con una interesante reflexión: "Puede ser que sea el Demonio quien se presenta como Cristo, pero la imagen que lo envuelve es de tal santidad que, al verla tan venerada, al ser la aparición de Cristo, supondría para él un terrible fracaso". Me pongo a darle vueltas a la intervención protagonista de Bildu en la inicial aprobación de los Presupuestos Generales del Estado; en su vocación de influir, incluso liderar la política del Estado, ¿es sincera?, ¿resultará beneficiosa?, ¿se trata de una jugada endemoniada que acabará en un terrible fracaso para la propia Bildu?

Euskal Herria Bildu, Sortu para abreviar, es una formación política infame en su sentido literal: sin buena fama. Su visión benigna del terror está durando más de lo que es decente; sus militantes practican una obediencia casi cadavérica, y ello a pesar de las ciabogas estratégicas y tácticas con las que su dirección nos viene asombrando. Se trata de un obedecer poco democrático pero muy efectivo en una formación en la que la disidencia se sigue viendo como una traición. Sortu además alberga la esperanza de que el paso del tiempo borre las huellas de sus complicidades y consiga arrumbar la memoria de todos. Siempre centinelas de la memoria propia rechazan la de los descubridores de acontecimientos pasados. ¿Qué es eso de que matar estuvo mal? ¡Inútil diatriba! Si se mirasen a sí mismos desde fuera, verían que están en el último extremo de la normalidad. Cuando su portavoz en el Parlamento Vasco afirma que "vamos a Madrid a tumbar ese régimen en beneficio de las mayorías y de los pueblos" no está proponiendo una reforma constitucional que reconozca la pluralidad nacional del Estado o la protección de unas inconcretas mayorías sociales, está hablando de un acoso y derribo del sistema. Así dicho, tumbar el sistema es acabar con las leyes políticas y sociales existentes sin la mínima consideración sobre la oportunidad de modificarlas. ¿Esa apelación a las mayorías supone un compromiso con la democracia o se trata de un maquillaje prostibulario de la misma? Urge aclarar si estamos ante una declaración de intenciones de Bildu o de una bravuconada de un sujeto portante de una armadura impenetrable de ignorancia y desparpajo.

Formar parte de la dirección del Estado es una revisión en toda regla de los principios fundacionales de la izquierda abertzale. Tal cosa podría suscitar el vuelo de nuestra imaginación. Pero se trataría de un vuelo corto. Las ideas no tienen ninguna dirección en sí mismas, sólo cuando las aferra la época, el tiempo, son arrastradas lejos, como las velas del viento. Y los vientos que corren no son propicios a procesos de ruptura, desacreditados, poco deseados y a todas luces derrotados de antemano pues los ciudadanos reclaman seguridad y eficacia, que no aventuras, más en una situación turbulenta como la que vivimos.

Bildu se muestra pragmática donde no tiene posibilidades de poder (Madrid); colaboradora donde tiene influencia (Nafarroa) y opositora sin tregua donde espera acceder al gobierno si consigue forjar una alianza (Euskadi). Es una lógica clara si pretende conseguir mayores cotas de poder. Pero para conseguir su objetivo estratégico, el derribo del sistema, necesita además que el Estado se suicide. No observo en el Reino de España tendencias autolíticas, aunque sí tendencias autolesivas como ese continuo cacareo sobre el asombro mundial ante la "ejemplar Transición democrática" y la constante glorificación de una Constitución que recoge "el más desarrollado sistema europeo de autogobierno de las comunidades autónomas". Son mitos que dificultan la regeneración del Estado y, de paso, confirman la afirmación de los politólogos de que el grado de libertad y democracia que realmente disfruta un Estado varía de forma inversamente proporcional a la grandilocuencia y el alboroto con que son proclamadas.

A base de echarle morro, Bildu ha conseguido un reconocimiento estelar en ese mundillo mediático que convierte lo estridente y chocante en objeto de atención. Es una laguna de aguas someras en la que no pueden navegar navíos de gran calado, aunque Podemos y el PSOE hagan de esclusas de relleno para posibilitar tal navegación. Por lo tanto, la puesta de largo en la política española de Sortu/Bildu es por el momento puro oportunismo a bajo precio pues su base electoral está más que encantada observando las iracundas reacciones de los medios más reaccionarios y a un PNV que parece aquejado de un ataque de cuernitis cada vez que sale el tema. Esa reacción del PNV es recibida con agrado por el Gobierno español, que se imagina jugando a dividir el nacionalismo vasco a la manera en que la Corona británica lo hacía con los clanes escoceses: ahora me apoyo en los Campbell, luego en los MacGregor.

No me parece preocupante el protagonismo de Bildu, no mientras el PSOE siga bailando la yenka: ¡izquierda, izquierda; derecha, derecha; adelante, detrás; un, dos, tres! Porque, al final, la vida es un largo rodeo para volver a las tres o cuatro verdades sencillas a las que nuestro corazón se abrió cuando tuvimos uso de razón. Entre esas verdades no se encuentran ni el ventajismo, ni la impostura ni la manipulación. Pero quienes tienen que abrir sus corazones son los dirigentes de Sortu que con tanta jugada endemoniada pueden acabar integrados por el sistema que quieren derrumbar y abandonados por su base electoral cuando ésta descubra que un proyecto político es algo más que maniobras orquestales en la oscuridad.

A estas alturas mi catálogo de creencias es reducido, pero si por una vez Bildu/Sortu acabase aceptando que la democracia es un valor en sí misma, un compromiso social y unas reglas de obligado cumplimiento que llamamos ley, enmendaré a Teresa de Ávila gritando bien alto que el demonio que se nos aparece como Cristo puede acabar siendo el propio Cristo. Suponiéndole mucha buena voluntad.

Abogado