Tribuna abierta

El día después

07.04.2020 | 01:25
El día después

Va a ser doloroso enfrentarse a preguntas con complejas respuestas, casi todas relacionadas con bienes estimados; por ejemplo, las políticas sociales. Hay que hablar de sanidad, entrar en detalle y profundidad de la situación en las residencias para la tercera edad, en el papel de la iniciativa privada, la gestión de la crisis, la organización de servicios básicos...

Llega la hora de indagar sobre el mundo que se abre después de la pandemia. Todos queremos seguir viviendo porque estamos convencidos de que hay un futuro al que nos referiremos como "después del coronavirus". La nómina de cuestiones es amplia. Vamos a salir de la pandemia con muchas razones para mirar, llorar y hacer, pero debemos hacer de manera diferente a como hemos hecho. No solo se necesitan dosis avanzadas de innovación, generosidad e inteligencia sino capacidad para asumir riesgos.

Manejo la convicción de que hay tres temas, que por supuesto no son los únicos, a los que prestar especial atención. El primero es a la economía, el segundo es la política necesaria, en especial la revisión de la sanidad y las políticas sociales, y el tercero es a cómo gestar marcos fiables de solidaridad que den respuestas al miedo, el temor, la incertidumbre o la inseguridad. En el marco de la solidaridad hay una mirada hacia dentro y otra hacia la Unión Europea, dividida por cosidos realizados desde las políticas particulares que diseñan los Estados.

¿Por qué hago referencia a la economía? Es evidente que el COVID-19 la ha parado. Millones de personas van al paro y hay sectores económicos enteros –hostelería, turismo, restauración, automoción...– que deben enfrentar el cierre y el renacimiento; otros sectores practican el teletrabajo o sistemas tan básicos como el educativo mandan a estudiantes y profesores a sus casas a dar clases sin aulas; la cultura, los espectáculos, el fútbol, etc, han cerrado esperando renacer... El coste económico es voluminoso, no se conocen cifras, depende del tiempo que dure, pero se citan miles de millones de euros y la caída del PIB que, aunque las cifras dadas por los especialistas varían, se sitúa entre el 2% y el 9%. Rehacer el tejido productivo, financiar el confinamiento y la parálisis de la economía, tiene un coste. Hay que ver si los recursos movilizados son suficientes para sostener el renacimiento del ciclo.

De los territorios económicos se pueden sacar algunas conclusiones. Están en juego el cierre de los entornos productivos. Y la financiación de las medidas sociales: subsidios, empleo, paro, liquidez, etc. Están por calcular los costes de la ruptura y hasta cómo llega. Hay que testar lo que se aprende de la crisis; si, por ejemplo, las empresas incorporan compromiso social o formas nuevas de crear conocimiento social, si dan relevancia a los clientes o adoptan valores como la eficacia y la eficiencia de productos y mercados. Hay que seguir los procesos de cerca porque una de las medidas a evaluar es qué se va a hacer con el dinero público, si se van a reducir, ampliar o rescatar plantillas, si se aprovecha para dar impulso a la innovación tecnológica o si habrá una revolución de los clientes con procesos nuevos sobre cómo consumir y qué o si las medidas sirven para hacer de los jóvenes y la investigación dos factores estratégicos y se innova la innovación y se aprende de lo aprendido.

¿Quién paga la factura? Me causa cierta perplejidad esperar para ver si la política se redime. Hasta este momento, la lógica gobierno-oposición funciona como si las claves fuesen ya conocidas. Si se mantiene la tendencia, puede estarse ante otro momento perdido porque el discurso político permite ver que las coyunturas son como las olas del mar, van y vienen, rebotan contra la orilla e inician el mismo ciclo. No sé, los tiempos dirán si es posible otra lógica, si el silencio no puede tener lugar en la política, si hay que incorporar rigor desechando falacias, mentiras o lugares comunes o si hay que seguir viviendo sobresaltados por la falta de consistencia como si pudiese encumbrarse la situación que dice "deme usted la solución, yo le creo el problema", o si hay que mantener a aquellos que insisten tanto en marcar preferencias y la fuerza de sus razones que ignoran que las decisiones crean consecuencias y estas producen costes que deben pagarse. La pregunta es obvia: ¿quién paga la factura y quién se hace cargo de los costes provocados?

Va a ser doloroso enfrentarse a preguntas con complejas respuestas, casi todas relacionadas con bienes estimados; por ejemplo, las políticas sociales. Hay que hablar de sanidad, entrar en detalle y profundidad de la situación en las residencias para la tercera edad, en el papel de la iniciativa privada, la gestión de la crisis, la organización de servicios básicos... Tengo dudas de si la política actual, con toda su extensión y categorías, es capaz de recuperar la cordura y la inteligencia necesarias o si la discusión se mantiene en la cresta de la ola como si estuviesen participando en un campeonato de surf. Vengo insistiendo en múltiples ocasiones en que gobernar es complejo, pero hacer oposición es el ejercicio de alta complejidad que necesita bagaje de conocimiento experto y responsabilidad pública.

El arte de los lugares comunes que se practica en la política española puede pasar por encima de los problemas, no contribuir con conocimiento específico o novedoso ni aportar soluciones; al contrario, es una forma de huida de la responsabilidad que tiene la oposición. Vamos a ver si el tiempo del posconfinamiento crea conciencia política responsable. Es verdad que la presunción puede quedarse en los buenos propósitos, está la sospecha de que la política es uno de los eslabones débiles en el haz de cuestiones y, en cuanto descubra, supongo que ya lo ha hecho, que la gestión de la crisis gana o pierde electores, se puede regresar a los Fuegos del Averno para que la política no sea el instrumento de resolución de problemas sino otra forma de crearlos.

Europa es el sueño La solidaridad se configura como el tercer pilar sobre el cual definir respuestas al tiempo pospandemia. En el último mes se crea, hacia dentro, el imaginario de que los vínculos sociales y la solidaridad ciudadana configuran el sustrato desde donde comprender las reacciones de las personas, pero se transforma en el dosel estructural que adquiere la convicción de que necesita la ayuda de Europa porque Este es el marco común y la referencia ineludible. No es una tarea fácil, Europa es el sueño que permite militar en el club que promete libertad, novedad, innovación y apertura al mundo. En contra de estas expectativas están las dificultades para crear conciencia posestatal y posnacional. Los Estados miembros ocupan el lugar central de la épica comunitaria pero la Europa real, burocratizada y formalizada, completa a la que se porta en el corazón, Esta se mueve con lentitud y mira con el rabo del ojo para saber lo que hacen los demás.

La UE se amplió, pero no supo o no pudo buscar las referencias que permitiesen desbloquear el sentido comunitario, la idea de que todos los miembros del club tienen similar estatus y son a todos los efectos miembros de pleno derecho. La devastadora crisis económica 2008-2012 visualiza que una parte de Europa –la del Norte– traza líneas que definen el estatus a los países desde la clarificadora división de dónde debe estar y sentarse cada cual; el caso de Grecia es el más ejemplar. Se hizo notoria la brecha entre la Europa rica, con Alemania a la cabeza, y la Europa del Sur, más pobre y endeudada.

La configuración de los estados miembros y el cuadro de intereses ocupó el espacio que debió haber sido el de la comunidad social europea. El club de estados, en cambio, creó una primera, una segunda clase y otra indefinida y a partir de aquí el cierre y los intereses estatales hicieron lo demás. La crisis de los refugiados en 2015 puso de manifiesto que Europa no era lo que decía ser, había dejado de creer, había perdido la fe en el camino, el pegamento moral y la filosofía ética que costó tanto "saltaron por los aires". Europa evitaba al otro y se sentía poco segura fuera de las fronteras estatales y en esos momentos el populismo y el discurso de la extrema derecha abrían brechas difíciles de cerrar. El referéndum del brexit en 2016 y la posterior salida de Gran Bretaña cierra la década –2010-2020– en la que Europa no sueña, sobrevive.

La pandemia refleja las carencias que debilitan la presencia en el mundo de la Unión y las que le atan al reciclaje permanente con formas inadecuadas o gastadas de solidaridad. Europa emite sensaciones de que o no tiene ya esos recursos o quedan reducidos a la lógica y a los intereses de los Estados. Regresa al muro social, político y económico, el muro protector del poder de los Estados, y niega la oportunidad de transformar la división social interna en tema del pasado. El club del Norte y el del Sur cotizan desde sus pecados originales. Claro está que, mientras tanto, los costes son altos. La financiación de los costes de la pandemia es el enésimo enfrentamiento entre el Norte y el Sur. Las posiciones son claras, lo que se ignora es si hay capacidad para trascender escenarios donde la primera clase, la segunda y la indefinida puedan encontrarse. Hasta el momento, la mutualización, los coronabonos o el Plan Marshall –¿quizá el MEDE reformulado?– no parecen opciones que pujen fuerte en el mercado de los intereses europeos. Hay que seguir de cerca los arreglos que se propicien porque la desmembración de la UE, con todo el significado y los costes que puede tener, deja de ser una hipótesis de laboratorio y quizá es, a la postre, la mayor amenaza política que deja el COVID-19.

Se consumen o no rupturas de un tipo u otro, lo que conviene tener en cuenta es que el europeísmo está siendo transformado por el poder y los intereses de los estados que pierden la fe en la militancia europea y en la comunidad que debiera contener. Los intereses siempre estuvieron, pero fueron contenidos por los sueños; hoy están sueltos porque los estados de la Unión Europa no creen en el pacto fundacional que la hizo posible.

Catedrático de Sociología de la UPV/EHU