Tribuna abierta

Las epidemias antiguas en Euskal Herria

22.03.2020 | 01:26
Las epidemias antiguas en Euskal Herria

El confinamiento covírico tiene algunas ventajas, entre ellas, distraerse del absorbente tráfago diario moderno y dedicarse a otras laboras más reposadas: meditar sobre las contingencias terrenales, dedicarse con más intensidad a la familia, reflexionar sobre humana et divina re, reposar el ánimo alterado, leer nuevos libros y releer aquellos arrinconados en los anaqueles del olvido.

Acerca de las epidemias en Euskal Herria no existe un estudio completo, aunque sí excelentes estudios parciales sobre la famosa epidemia atlántica, transmitida por una pulga y acaecida entre 1597-1602, que comenzó en Santander y rápidamente se extendió por los territorios vascos. José Antonio Azpiazu y Cruz Mundet, antiguo alumno de este servidor, se han encargado de analizarla en la zona de Deba, el primero, y en Donostia y Oarsoaldea, el segundo. Fue muy mortífera en Pasaia, donde murió el 45% de la población, y en el condado de Oñati, localidad en la que falleció el 25%.

Álava y Vitoria no fueron ajenas a las pestes que diezmaron su población a finales del siglo XVI. Entre 1564-68 una de ellas afectó a Álava, y muy especialmente a Vitoria. El cura de Lanciego, testigo de la época, establecía una cifra de 2.000 muertos entre Gasteiz y las aldeas, cuando la ciudad no alcanzaba los 5.000 habitantes. Se cerraron las puertas a los forasteros y las ermitas se convirtieron en hospitales. Se distinguió por su dedicación a los demás el barbero-cirujano Maese Francisco de Herrera. Tal y como cuentan en su libro Manuel Herrero y Juan Lezaun, fue la única asistencia sanitaria para los afectados, que eran considerados verdaderamente "apestados", a los que evitar por todos los medios.

De la lectura de todas estas obras se deducen algunas características comunes. Las familias ricas se refugiaban en caseríos no contaminados; la peste afectaba más a los pobres y, fundamentalmente, a las mujeres; el hambre, dado que no se podían recoger las cosechas, se convertía en un peligro que en ocasiones superaba al de la propia peste; se originaba una cultura del miedo y de la insolidaridad, salvo algunas excepciones de mujeres, clérigos y médicos; la religión, especialmente la devoción a San Sebastián y a San Roque, se convertía en el refugio al que todos apelaban y los remedios, en virtud del desconocimiento científico del origen, naturales y propagación, consistían en cerrar las puertas de las ciudades, lo que agravaba la situación interna de hambruna, tapiar puertas y ventanas de las casas de los afectados, quemar la ropa infectada y cocer plantas aromáticas en casas y calles.

Sin embargo, esta epidemia, denominada atlántica o norteña, no tuvo la virulencia y extensión de la actual. Para realizar un análisis mínimamente comparativo, debemos remontarnos a la famosa peste negra, que asoló Europa entre 1347-1353 y podría calificarse como una auténtica pandemia, análoga a la del coronavirus. Entre ambas existen concomitancias y también notables diferencias. Sobre su incidencia y repercusión en Euskal Herria no abundan los estudios históricos, excepto el de Peio Monteano en Navarra y algunos parciales más.

La peste negra, bubónica o morte negra fue la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad, no tanto por número de muertes, sino por los efectos que tuvo en la población mundial. Según se explicaba en los libros de historia de mi generación, había sido transmitida por pulgas, que viajaban en las ratas, pero estudios recientes desmienten esta hipótesis y atribuyen la transmisión a las pulgas y piojos incrustados en la ropa y que permanecían largo tiempo en ella debido a la falta de higiene. Afectó a todo el mundo conocido en siglo XIV y alcanzó el punto máximo entre 1347 y 1353. Tenía tres variantes: bubónica, neumónica y septicémica, siendo la más letal y rápida la segunda. Es difícil computar el número de fallecidos, pero se estima que solamente en Europa se cobró la vida de 25 millones de personas, aproximadamente entre un tercio y un cuarto de la población europea de la época.

Sus consecuencias fueron devastadoras, sobre todo en la Europa más urbanizada del momento. Algunas zonas quedaron despobladas, otras, muy raras, estuvieron libres de la enfermedad o fueron ligeramente afectadas. En Florencia, sólo sobrevivió una quinta parte de sus habitantes. En el territorio de la actual Alemania uno de cada diez habitantes perdió la vida, siendo Hamburgo, Colonia y Bremen las ciudades con mayor incidencia.

Un estudio del CSIC, publicado en la revista Scientific reports en 2017, concluía que la peste negra entró en Galicia y probadamente también en Euskal Herria vía terrestre, a través do Camiño de Santiago, transmitida por los peregrinos, y no por costa como hasta ahora se creía. En este estudio se analizaron mediante un método matemático las variables que influían en la propagación de enfermedades infecciosas y acogieron como paradigma a la peste negra.

Tras medir dos parámetros, la centralidad y la transitividad o conectividad entre los núcleos de población, las ciudades, el trabajo referido constató que las ciudades más transitadas y más conectadas presentaban una mayor cantidad de infectados/as. Por el contrario las urbes más aisladas o periféricas el número descendía. Aunque existían excepciones, en el caso de enfermedades muy infecciosas y con gran capacidad de contagio, la ventaja del aislamiento o de la periferia se perdía. Algo semejante a lo que está ocurriendo en la actualidad con el coronavirus.

La difusión de la peste negra siempre se relacionó con las rutas comerciales. Se originó en Asia Central y se desplazó hasta Europa a través de la Ruta de la Seda. En este estudio, además de las vías comerciales, se añadieron otras, como los caminos de peregrinación. De las 1.311 ciudades incluidas en la red de este trabajo, 402 estaban conectadas por caminos de peregrinación. Por eso, esta investigación concluye que la peste negra en Galicia, y con toda probabilidad en Euskal Herria, entró por el Camino de Santiago, no por la costa, como ya se podía leer en la crónica del rey Alfonso XI. Ella muestra que la peste ya asolaba Santiago de Compostela en una facha temprana, julio de 1348.

Realmente, a pesar del inexorable paso del tiempo y de las claras diferencias en todos los órdenes, la peste negra tiene algunas similitudes en relación con la actual pandemia, el COVID-19, tanto en su origen como en la difusión, aunque no en cuanto al número de óbitos. La peste negra, como el coronavirus, apareció en primer lugar en Asia y después se propagó a Europa a través de las rutas comerciales. Fue introducida por marinos en Mesina, Italia y desde allí se difundió al resto. Hoy también este es el país más afectado, por el momento, en Europa.

Se pueden comprobar ciertas analogías también en cuanto a los síntomas. La peste negra, como el COVID-19 producía fiebre alta, tos y esputos. Pero la principal diferencia radica en que la primera provocaba consecuencias visibles y fatales para el organismo humano como el sangrado por la nariz y otros orificios, manchas azuladas, moradas o negras en la piel a causa de leves hemorragias cutáneas, aparición de bubas negras (pequeños tumores de pus dolorosos) en las ingles, cuello, axila, brazos, piernas o detrás de las orejas, debido a la inflamación de los ganglios linfáticos que, cuando reventaban naturalmente o por incisión sajadora de los cirujanos, provocaban un insoportable hedor.

El miedo era compañero fiel e inseparable de la peste. Manipulado por algunos predicadores, agoreros de la muerte, exaltaban el sentimiento religioso, amilanaban a la población, la sometían a sus directrices y suscitaban donaciones y mandas testamentarias que incrementaba el patrimonio eclesiástico. No faltaba tampoco la "rumorología", similar a los bulos hodiernos, que ayudaba a diseminar el pánico y el "acojonamiento" generalizado, cuyos beneficiarios eran siempre los mismos, los detentadores del poder económico, político social e ideológico.

Probablemente la más clara semejanza con el coronavirus actual resida en su rápida expansión, lo cual se debe al período de incubación, y, en la actualidad a otros elementos como la interconexión, el turismo y la globalización. Los científicos indican que el virus yersinia, causante de la peste negra y que fue descubierto todavía en el siglo IX por el médico franco-suizo Yersin en 1894 junto al japonés Shibasabur?, podría tener una fase de incubación no contagiosa de unos diez o doce días. A este seguiría un período de latencia asintomático, pero contagioso de unos veinte o veinte y dos días. En la variante neumónica el proceso era más veloz y letal.

Este período de incubación y latencia tan largos sería una de las causas que permitió su rauda propagación. Una situación similar a lo que sucede con COVID-19, pues muchos de los infectados son asintomáticos y pueden tardar hasta 15 días en manifestar síntomas, mientras que durante este tiempo pueden contagiar a otras personas.

En relación con las medidas de contención también encontramos algunas semejanzas. En la peste negra los procedimientos más comunes eran: aislamiento de las ciudades y de casas, no un aislamiento global, dada la carencia de estados organizados y de fronteras perfectamente delimitadas como las actuales. Encalamiento de edificios para desinfectarlos, y la higiene se reducía a quemar y cocer la ropa e impregnar el ambiente de hogares y calles con el cocimiento de plantas aromáticas.

Es previsible, asimismo, que el estado de confinamiento contribuya al roce corpóreo, al consiguiente incremento de la libido y a un posterior aumento demográfico y posiblemente produzca y un aumento del porcentaje de divorcios. En este tipo de situaciones-límite surgió por un lado una literatura de exacerbación religiosa, como las coplas de la muerte, y por otro lado la contraria más epicúrea, el disfrute del carpe diem, como se observa nítidamente en el Decamerón, de Bocaccio, o los Cuentos de Canterbury, de Chaucer.

Por último, no debemos olvidar que en las últimas pandemias influyen tres factores incidenciales que no existían en el siglo XIV, o al menos con la misma intensidad que en el momento actual: el cambio climático, la conectividad interterritorial y la globalización.

Finalmente, quisiera desvelar a los lectores que este servidor, nacido en los años del hambre y del racionamiento, sufrió la pandemia de la peste asiática de 1957, cuando se hallaba confinado en el internado del Seminario de las Ermitas, provincia de Ourense, diócesis de Astorga. Gracias a esta epidemia aprendió a poner inyecciones al estilo del rejoneo taurino con 14 años. Recuerdo perfectamente que las cajas del antibiótico usado se llamaban syncrobin. ¡Que tengan una placentera, fructífera y feliz reclusión!