Desatinos
"La arrogancia se ha revestido de un aguerrido belicismo para dinamitar el derecho internacional y la paz bajo justificaciones espurias, a modo de sangrientos trampantojos"
Una guerra sin alma. Unas reacciones viscerales. Unas consecuencias atroces. Un despropósito endiablado. No hay tregua otra vez para la insensatez ni la impostura. El mundo transita atribulado ante un futuro cada vez más incierto por inseguro. La arrogancia se ha revestido de un aguerrido belicismo para dinamitar el derecho internacional y la paz bajo justificaciones espurias, a modo de sangrientos trampantojos. Un explosivo contexto al que nadie se siente ajeno. Pero también una diáfana oportunidad para la diatriba ideológica. Pedro Sánchez la ha pillado al vuelo.
Como ocurrió en el genocidio de Gaza, el presidente socialista ha marcado territorio con el indiscriminado bombardeo a Irán. Ágil en el posicionamiento crítico, abanderado de la paz y el diálogo frente a las bombas, Sánchez siempre ha sabido que al hacerlo azuzaba el avispero. Nunca deja de mirar por sus intereses. Por eso jamás consulta al Congreso el posicionamiento del país que gobierna. Un expresivo desprecio parlamentario que, de paso, orilla por enésima vez a sus socios de referencia ante una cuestión de semejante trascendencia. Su arrogancia y narcisismo le impiden compartir la escenografía de un pulso sostenido intencionadamente con Trump a los ojos de un escenario internacional, que, además, se lo reconoce.
Mientras los empresarios españoles se llevan con razón las manos a la cabeza, temerosos de las repercusiones del enojo del tarambana mandatario americano por el órdago recibido, Sánchez mira exclusivamente por su futuro electoral. Lo hace a cara descubierta. Al hacerlo, la izquierda no cabe de gozo por esta oportunidad caída del cielo. Otra vez unidos en aquel estratégico eslogan del “no a la guerra” y así galvanizar a ese electorado acomodado hasta ahora en el olvido de la abstención como parecen demostrar los últimos exámenes en Extremadura y Aragón. Una ocasión pintiparada para zaherir con argumentos a esa derecha emocionalmente unida al aznarismo de la caótica invasión a Irak. En el fondo, una contribución nada desdeñable para seguir elevando varios palmos ese fatídico muro que empezó a construir con auténtica perseverancia desde el inicio de su actual mandato.
Sin embargo, Sánchez deja pelos en la gatera. El envío de una tecnologizada fragata a Chipre, siquiera a modo de acción defensiva compartida como país europeo, compromete una parte de su discurso pacifista porque se entromete de alguna manera en el disparatado conflicto. Mucho más cuando se le recuerde desde la tribuna porqué miró hacia otro lado cuando los militares de EE.UU. repostaron en las bases de Morón y Rota camino en julio de su incursión armada contra Irán.
Pese a todo, con este nuevo golpe de efecto, repercutido a una escala que trasciende incluso las fronteras de la UE, Sánchez pilla con el pie cambiado a su oposición. Una desorientación tal que hasta les conduce hacia el despropósito al embarrarse en una histérica fake news de ciencia ficción. La absurda manipulación en torno a unas distendidas palabras de Margarita Robles ante el embajador norteamericano, dinamizada luego por medios adictos a la causa de Génova, causa bochorno y sencillamente desciende a los infiernos la catadura de mediocres políticos y periodistas.
Nada nuevo en un entorno sembrado para el navajeo más descarado. Ni siquiera que Feijóo vuelva a ser ninguneado incomprensiblemente como jefe de la oposición. El presidente del Gobierno no se digna a consultarle la enjundiosa afrenta a Trump que tanto compromete por su calado a la seguridad, la imagen y la economía de su patria. Solo después de haber alentado en casa a su espectro ideológico como pretendía y proyectada más allá su imagen de firmeza ante “alguno”, Sánchez pide explicarse ante las Cortes. Una película ya vista.
Hay más despropósitos Difícilmente puede encontrarse un fiasco semejante al encajado por el PP con su propósito del adelanto electoral en dos autonomías. La cultura del disparate. La bofetada y ninguneo de Vox a la presidenta electa Guardiola suponen una humillación difícilmente digerible más allá del mensaje que entraña la segunda derrota en su fallida investidura. Esa líder que se pavoneaba antes de acudir a las urnas de conseguir una cómoda mayoría absoluta, que despreció debates y acabó imaginando ataques orquestados a la democracia, clama ahora como alma en pena por su cargo frente a un Abascal embravecido que le hará besar el suelo hasta después de las elecciones en Castilla y León porque se la tiene jurada a título personal. Ortega Smith, ya expulsado, y el lánguido Antelo sirven de ejemplo de la capacidad de venganza del líder ultraderechista.
