La situación es dantesca. Un partido mayoritario en el gobierno carcomido por la corrupción en beneficio propio de quienes contribuyeron a la gloria del actual presidente. Una cascada de causas judiciales, encarcelamientos y venganzas intimidatorias, seriamente amenazantes para la exigencia ética de mantenerse en el poder. Una oposición enardecida sin otro proyecto propositivo que la aniquilación del enemigo. Una justicia abocada en exceso al escarnio. Y la consiguiente explosión de un populismo radical desde la intransigencia y la xenofobia. En definitiva, el cóctel envenenado para que implosione la inestabilidad y el desencuentro infinito.
Ábalos en prisión no es un episodio más. Incluso en un país que parece inmune ante la escalada de sacudidas judiciales. Encarna en su sórdido personaje la representación más cruel de la ignominia de un político. Supone el fallido adalid de un discurso regenerador desmentido fatídicamente por sus felonías. La encarnación desesperada de un vicioso inmoral desde la impunidad del poder. El angustioso devenir de un patético juguete roto que ahora otea desvalido y en soledad un futuro demasiado largo entre rejas. Pero, también, encierra esa bomba andante que se presupone a todo preso desesperado y que enmudece a su entorno más próximo por el desmedido alcance de su previsible explosión.
Quizá ya no queda espacio ni sorpresa para los hechos inauditos. Bien es cierto que todavía no se ha cerrado la caja de los sobresaltos en medio de tanto ánimo vengativo, pero la lista de desafueros aparece desbordada. Se juzga y condena a un fiscal general del Estado; se procesa y encarcela a dos secretarios de Organización de un partido en el poder por múltiples pillerías; un juez pide los pagos internos bajo la sospecha de una financiación irregular de quien llegó al gobierno para acabar con la corrupción; la esposa y un hermano del presidente del gobierno tienen citas pendientes con la justicia; un gobierno ni se inmuta por quedarse en minoría y llevar tres años incumpliendo el precepto constitucional de presentar en el Congreso unos presupuestos. Más aún: de las cuatro personas que compartieron durante tantos días un proyecto ilusionante, tantas confidencias como peripecias, coche y días frenéticos en favor de la renovación interna del PSOE, solo una está libre de haber cometido delito. Es él, Pedro Sánchez.
Con Ábalos y su escudero Koldo en la cárcel, el desasosiego habita en Ferraz y, sobre todo, en La Moncloa. El exministro vale sobre todo por lo que calla. Por eso cuando abre con indisimulado rencor la espita sobre Air Europa y mezcla cruelmente a Begoña Gómez se hace un silencio aterrador en la coalición de izquierdas y entre quienes la mantienen. Quizá solo sea un entremés. Los platos fríos de la venganza se siguen cocinando entre rejas. Les esperan ávidos esos medios involucrados en la cruzada de derribar al actual gobierno y, sobre todo, cobrarse la pieza de su presidente, señalado como la encarnación del mal.
Buscar oxígeno
Bajo la tempestad de esta siniestra coyuntura, Sánchez se empeña en seguir siquiera un año más. Se antoja insostenible en el tiempo. Sn embargo, entiende que le asiste el derecho a rentabilizar la incuestionable mejora económica de una sociedad cada vez más desigual pero que lidera el crecimiento en la UE; a exprimir las ventajas y derechos sociales durante su accidentado mandato; a contraponer los beneficios del servicio público frente a la privatización; y, especialmente, a polarizar al máximo una sociedad cada vez más enfrentada en los escaños, los medios y en demasiados espacios de convivencia. Pero los efectos de esta semana son desgarradores para el PSOE. Su alcance demoledor apenas queda mitigado por la debilidad de una oposición eternamente beligerante y enfrascada en una dialéctica aburrida por reiterativa, la preocupante inconsistencia de Feijóo como referente alternativo y la irritante consolidación de discursos apocalípticos tan poco edificantes.
Con todo, el desánimo empieza a cundir en la izquierda. Su próximo examen electoral en Extremadura le augura un serio descalabro que difícilmente podrá ocultar cuando vea que el PP necesitará de Vox para alcanzar la mayoría absoluta. Tampoco deberían despreciar que la comunión ultraderechista empieza a asumirse en una buena parte de la ciudadanía con mucha menor inquietud que hace dos años. Ahí queda el ejemplo del apaciguado cambio de cromos en Valencia en medio de la ignominia del despreciable Mazón. Demasiados frentes para rearmar desde el aturdimiento una mínima reacción ilusionante.