Como no hay nada más varonil que montar un mueble de Ikea para luego enseñar el resultado en Instagram, a eso dediqué gran parte del sábado. Cuánto daño ha hecho el “Hágalo usted mismo”. Por no pagar algo más, la factura la costearon mis lumbares. Ojalá me sintiera menos empoderado y, sobre todo, menos dolorido. Entre los problemas del primer mundo con los que me debato en la vida adulta se encuentra el hecho de que dos de los tornillos que venían en la bolsa –los que llevan el código 117327 y que debía usar para fijar los tirantes de la cama, para escuadrarla– no he sido capaz de colocarlos como es debido. Deben unir piezas metálicas, pero el perno no muerde y se acaba quedando a medio camino. No es que tengan defecto de fábrica; es la incapacidad del usuario para sostener en perfecta vertical una pieza tan pequeña. Y es que, en general, suele ser lo diminuto lo que te acaba jodiendo la vida, el trabajo, las amistades y el amor. Y como todo se soluciona, también lo antedicho, mirando a otro lado, terminé montando el catre con la promesa de que pronto pondría solución al desaguisado, con la misma convicción con la que digo que sí, que me voy a hacer deporte. Aunque quizá debería hacerlo, no sea que un día, al echarme, acabe durmiendo en el suelo, lamentando que el tornillo no fuese el guisante del cuento y yo, una princesa.