Editorial

Los cimientos de 2050

21.05.2021 | 01:17

Pedro Sánchez ha dibujado un proyecto para asentar 30 años de desarrollo socioeconómico del Estado –y el suyo político inmediato– en el que ha olvidado la realidad territorial descentralizada

El presidente Pedro Sánchez presentó ayer su proyecto de desarrollo socioeconómico para el Estado a tres décadas vista, con la indisimulada voluntad de acallar las acusaciones de la oposición de falta de programa de Gobierno e improvisación. El componente enunciativo del documento España 2050: fundamentos y propuestas para una estrategia nacional de largo plazo es un diagnóstico de retos compartidos de evidente vigencia tanto en los aspectos demográficos y sociales como ambientales o formativos para una mejor capacitación. La parte propositiva obvia –lo que empieza a ser una preocupante costumbre– la realidad territorial y administrativa del Estado, con su estructura de competencias y modelos desiguales de autogobierno y resuelve el necesario consenso con una vaga promesa de diálogo nacional que puede ser una gran oportunidad o un grave error. Sin atisbo del ideal federalista con el que Sánchez se ofrecía a gobernar, esa voluntad de establecer un consenso de Estado está acosada por la tentación de jugar a una nueva transición en la que, de nuevo, los principales poderes políticos, económicos y sociales del Estado, más concentrados que nunca en su capital y manejando sistemáticamente el efecto altavoz que les proporciona, jueguen sus cartas dando la espalda a la periferia y su especificidad social, cultural, política y económica. Por el contrario, la propuesta sería una gran oportunidad de afrontar uno de los principales problemas no resueltos de la España democrática: el autogobierno y la territorialidad. Si Sánchez considerase que entre los retos está la construcción de un modelo equilibrado de convivencia y reconocimiento bilateral de las distintas realidades nacionales del Estado, encontraría una interlocución dispuesta entre las mismas sensibilidades que dan estabilidad a su Gobierno y que son mayoritarias en sus ámbitos territoriales. Sin embargo, el presidente español no hizo mención al conflicto territorial como reto a superar por la vía del diálogo y las únicas reflexiones sobre la especificidad o la necesaria bilateralidad que está vigente en la relación de Euskadi y Navarra con el Estado, por ejemplo, muestran claros rasgos de desconfianza abrazando el discurso de la equiparación interna del Estado y la armonización, que en el pasado han sido argumentos sobre los que se han construido auténticos ataques al autogobierno.

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