Y tiro porque me toca

El horror y el asco

15.11.2020 | 10:30

I.Del horror que no da cámara o apenas nos habla esa imagen de una madre que ha perdido a su bebé en el mar y se revuelca en el fondo de la lancha de salvamento ¿Y? Y nada o muy poca cosa en comparación al drama vivido por esa mujer y esa gente que con ella se echó al mar. Más indiferencia que otra cosa, como la que suscitan las informaciones que llegan del Sáhara Occidental que hablan de ataques armados marroquís a población civil saharaui. Indiferencia, como digo, al drama o lo que es peor, un motivo de ataque político como si no fueran personas los que escapan y no fallecen en el intento. Que sean alojados en donde se puede es un motivo para atacar al gobierno que, está visto, no tiene ni repajolera idea de qué hacer con esa estampida. Se tergiversan las informaciones para dar la imagen que el gobierno trata a los refugiados a cuerpo de rey en hoteles con piscina Están llegando a cientos, y mueren lo mismo en el camino. El mayor drama migratorio desde la II Guerra Mundial, un día da cámara, otro da igual. Lesbos es la prueba. Al principio mucha bulla, al final resbala que se quemen los campamentos o que desparezcan niños en territorios donde el tráfico de órganos no es una leyenda urbana. "¡El horror, el horror!", exclamaba un personaje de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, a la vista de los episodios de esclavitud y crímenes contra la humanidad perpetrados por el rey de los belgas, en ese río Congo en el que pudo haber perdido la vida Javier Reverte. No hay que ir tan lejos para ser testigos directos del horror, está en el cementerio marino del Mediterráneo de los yates de lujo, los barcos basura y los cayucos, está en las medidas gubernamentales inhumanas tomadas contra una inmigración que es estampida migratoria y frente a la que las medidas administrativas son ineficaces el horror está en las trastiendas de esta pandemia, en los morideros donde viven medio abandonados por los suyos ancianos, con o sin recursos, en condiciones nada dignas ¿El horror? Sí, en la puerta de casa, y a menudo, nada exótico.

II. Va para cuatro años que los muchachos de Altsasu fueron detenidos y de inmediato condenados de manera abusiva por medios de comunicación, escritores, periodistas, políticos de profesión y cargos públicos afines al PP y a otras formaciones de la derecha. El juicio no fue sino un mero trámite y una farsa. Poco importaba que los hechos que al final fueron enjuiciados no se ajustaran a la verdad de lo sucedido, importaba el linchamiento y el cruel escarmiento político-judicial que acabaron recibiendo los de Altsasu. La camisa impoluta del guardia es todo un símbolo de hasta dónde pueden llegar las patrañas político-judiciales. Hace falta ser muy malicioso para no reparar en la desproporción de las penas a las que esos muchachos fueron condenados si se las compara con las recibidas por delitos muchísimo más graves por otra gente; pero el conjunto revela una crueldad social muy amiga del linchamiento y poco de lo prescrito en las propias leyes referido a la práctica de las pruebas. Ojalá en Estrasburgo acabe apreciándose este monumental abuso.

Y III. Jorge Fernández Díaz y Martínez, cara a cara haciendo esgrima con los floretes de sus patrañas, Bárcenas, M. Rajoy y Rosalía que entra en prisión mientras su marido no tira de la manta porque ya no tiene, Villarejo, Inda y su OKdiario, financiado vete a saber cómo, Cospedal y toda esa tropa de policías corruptos de segunda y tercera fila que hacen pensar en que es más lo que no se ve que lo que ha salido a la luz, todos ellos, juntos y por separado, encarnan el asco de nunca acabar. Es inútil preguntarse en qué manos estamos o hemos estado, porque lo sabemos y si no lo decimos no sé si es por miedo o para no contagiarnos definitivamente de una mugre espesa, para que el asco no nos pudra del todo en este clima que vivimos de ahogo y agotamiento. Asombra, por decir algo, que la vida política de un país gire en torno a las andanzas de unos malhechores que han hecho y deshecho en asuntos que conciernen al conjunto de la ciudadanía y no solo a los negocios de sus bolsillos, porque todas estas trapisondas delictivas tienen trastiendas de enriquecimiento personal: en el patio de Monipodio la tropa de los que viven de mangarla, se han hecho ricos, mientras los demás nos rasgábamos las vestiduras.