Venezuela como síntoma
Lo ocurrido en Venezuela debe interpretarse más allá de su dimensión estrictamente nacional o regional
Lo ocurrido en Venezuela debe interpretarse más allá de su dimensión estrictamente nacional o regional. La intervención de Estados Unidos forma parte de un movimiento más amplio para reafirmar su poder hegemónico, utilizando métodos que evocan etapas pasadas de la política internacional. No se trata de un hecho aislado ni excepcional, sino de una advertencia: este tipo de práctica puede reproducirse en otros escenarios donde Washington percibe que sus intereses estratégicos, políticos o simbólicos están en juego. El riesgo de nuevos episodios dramáticos es, por lo tanto, real y creciente.
Venezuela es también otro síntoma de un proceso de naturaleza claramente autodestructiva que amenaza con liquidar gran parte del progreso alcanzado a lo largo del siglo XX. Tras dos devastadoras guerras mundiales, la comunidad internacional –liderada fundamentalmente desde Occidente– ha ido construyendo, no sin contradicciones, un orden basado en el derecho, los derechos y la institucionalidad. El multilateralismo, las Naciones Unidas, el derecho internacional, los mecanismos de diálogo y negociación, incluso en un contexto tan tenso como la Guerra Fría, actuaron como baluartes contra importantes retrocesos civilizatorios. Paralelamente, se produjo una importante expansión de los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos, entendidos como condición indispensable para la estabilidad y la paz.
Este equilibrio se sustentaba en dos pilares. Uno, de inspiración marxista, entró en crisis en la década de 1990, arrastrado por el triunfo del neoliberalismo y la creencia en un mercado autorregulado capaz de sustituir a la política. El otro, el pilar liberal-institucional del orden internacional, se derrumba ahora, erosionado desde dentro por la misma potencia que lo impulsó.
En este contexto, Donald Trump actúa como el gran liquidador de dicho orden. Su desprecio por el multilateralismo, los compromisos internacionales y las normas compartidas no es accidental ni retórico, sino estructural. Un día sugiere la recuperación de un G8 que reinstaure a Rusia; otro, coquetea con la idea de un G2 con China como directorio mundial. Al mismo tiempo, parece estar tomando forma una nueva tríada global –Estados Unidos, Rusia y China– basada en la división de esferas de influencia. Sin embargo, esto no representa un paso hacia un orden multipolar ni una gobernanza compartida, sino un retorno a la lógica del poder duro, con acuerdos temporales, frágiles y esencialmente transaccionales.
Los riesgos asociados a este proceso son enormes. Lejos de reducir la confrontación estratégica, este enfoque tiende a acentuarla. Lo que se propone no es una hegemonía compartida ni un equilibrio negociado entre iguales, sino el reconocimiento de centros de poder subordinados a una jerarquía definida por Washington. Trump no acepta que ningún otro país tenga derechos equivalentes a los de Estados Unidos, ni admite la posibilidad de una igualdad soberana efectiva. Su premisa es clara: ningún actor debe volverse demasiado poderoso ni desafiar el dominio estadounidense, ya sea aliado o adversario.
Esta lógica introduce inestabilidad estructural en el sistema internacional. Al debilitar las normas e instituciones comunes, sustituyéndolas por relaciones bilaterales asimétricas y acuerdos de fuerza, aumenta la incertidumbre y se reduce la previsibilidad. Los actores más débiles se ven expuestos a la arbitrariedad, mientras que los más fuertes se ven incitados a comportarse de forma cada vez más agresiva. El caso venezolano ilustra a la perfección esta deriva: la crisis política interna se convierte en el campo de batalla de una estrategia global que ignora los costos asociados.
Finalmente, cabe preguntarse sobre la viabilidad de este modelo. Todo indica que no conducirá a la estabilidad, sino a una inestabilidad duradera. Sin reglas compartidas, sin mecanismos eficaces para la resolución de conflictos y sin un consenso mínimo sobre los límites del poder, el sistema internacional entra en una fase de alta volatilidad. Lo que está en juego no es solo el orden heredado del siglo XX, sino también nuestra propia capacidad colectiva para evitar nuevos retrocesos civilizatorios. Venezuela, en este sentido, no es el final del camino, sino un punto de partida inquietante.