El régimen de los ayatolás iraníes trata de sobrevivir el aplastante ataque norteamericano-israelí en una etapa que acostumbra a ser crucial para los sistemas totalitarios: alrededor de su cuarta década se han de someter a un examen que muchos no superan, aunque frecuentemente este límite obedece simplemente a las leyes naturales de la expectativa de vida de sus dictadores.

En el caso de Teherán, la supervivencia ha sido más larga pues ronda ya las cinco décadas y han pasado 47 años desde que la dictadura religiosa sustituyó al gobierno del Sha Reza Pahlavi.

Pero también los ayatolás han de pasar cuentas y han empezado a hacerlo de forma cruenta, con el fuerte despliegue de los armamentos abundantes y superiores de Estados Unidos que el presidente Donald Trump ha ido amasando desde hace meses junto al Irán.

Nada menos que cuarenta mil soldados de diversas ramas militares norteamericanas se hallan desplegados en la zona donde alcanzaron su primer objetivo a las pocas horas de empezar el ataque conjunto con las fuerzas israelíes, cuando eliminaron la cúpula del gobierno iraní al matar aproximadamente a 40 de sus dirigentes, entre ellos el “supremo líder” y jefe de gobierno ayatolá Ali Jamenei. Trump anunció el ataque en la madrugada del sábado, cuando las operaciones militares estaban ya en marcha y lo justificó por los riesgos que el armamentismo iraní significa para la paz mundial y la seguridad de Estados Unidos y sus aliados.

De lo que Trump no habló es del resentimiento acumulado durante 47 años, desde que la revolución islámica puso al frente del gobierno iraní a las brigadas islamistas que, el 4 de noviembre de 1979, tomaron como rehenes a 56 diplomáticos y otros funcionarios norteamericanos en la embajada de Estados Unidos en Teherán. Estuvieron retenidos en Irán por 444 días y no pudieron regresar a Estados Unidos hasta el 20 de enero de 1981, en que Ronald Reagan juró su cargo como presidente.

Si no habló de rencor ni venganza, Trump sí recordó este secuestro, al igual que el bombardeo de los cuarteles de la infantería de marina norteamericana en Beirut dos años más tarde y que costó la vida a 283 personas. El intento de aniquilar a los ayatolás puede entenderse en parte como una venganza por las víctimas y las décadas de humillación de la gran superpotencia norteamericana a manos de un régimen inestable política y económicamente.

Mientras las luchas continúan, en Washington Trump se enfrenta también a las protestas políticas porque la oposición del Partido Demócrata condena que el ataque se realizara sin aprobación del Congreso, como ya ocurrió con la destrucción de instalaciones nucleares en el Irán hace tan solo ocho meses. Los demócratas tienen ahora tan pocas probabilidades de éxito como el año pasado.

A pesar de la superioridad norteamericanoisraelí, todavía es pronto para anunciar la victoria de sus tropas, pero todo parece indicar que, incluso con resultados positivos, Trump no desea mantener una presencia militar durante mucho tiempo.

Lo que sí quiere es retirarse con una victoria militar y otra política de mayor envergadura y que pondría el gobierno del Irán en manos de políticos amigos que no solamente abandonarían las pretensiones de convertir al país en una potencia atómica, sino que colaborarían con la política de Estados Unidos.

Si es algo que Washington desea en general, probablemente le importa aún más en una zona estratégica próxima al Canal de Suez y en un continente con dos superpotencias como China y Rusia, a las que quiere sumarse la India, convertida hoy en el país más populoso del mundo.