Se ha escrito mucho sobre el aumento del precio de los huevos o de la carne, dos productos básicos de nuestra despensa. Lo que cualquier persona normal que hace la compra se ha dado cuenta es que la alimentación es cada vez cara. Algún estudio lo cifra en un 40% más desde la pandemia. Esta realidad que sufrimos los consumidores convive con el enfado creciente de los y las profesionales del primera sector. Estos días les hemos visto al volante de sus tractores manifestánose por distintos lugares de Euskal Herria, denunciando el acuerdo de la Unión Europa con Mercosur, una gota gorda a añadir a un vaso en riesgo de derramarse. Y el desbordamiento del recipiente, más allá de protestas cada vez más intensas a corto plazo, puede tener a futuro el efecto secundario de la desincentivación, del abandono de la actividad y la falta de relevo para recoger el testigo. En Gipuzkoa, donde la agricultura y la ganadería es cierto que representa un porcentaje muy pequeño en su economía, es la del reemplazo al frente de las explotaciones una de las mayores preocupaciones para la pervencia de la actividad. No sé si alguna vez la tuvo, pero hoy día la del primer sector es una actividad poco reconocida socialmente, aunque paradójicamente todos queremos comer sano, rico y barato.
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